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Domingo 5 de septiembre de 2010

 

Lectura del libro de la Sabiduría 9, 13-18

 «¿Qué hombre puede conocer los designios de Dios o hacerse una idea de lo que quiere el Señor? Los pensamientos de los mortales son indecisos y sus reflexiones, precarias, porque un cuerpo corruptible pesa sobre el alma y esta morada de arcilla oprime a la mente con muchas preocupaciones.
 Nos cuesta conjeturar lo que hay sobre la tierra, y lo que está a nuestro alcance lo descubrimos con esfuerzo; pero ¿quién ha explorado lo que está en el cielo?
 ¿Y quién habría conocido tu voluntad si tú mismo no hubieras dado la Sabiduría y enviado desde lo alto tu santo espíritu?
 Así se enderezaron los caminos de los que están sobre la tierra, así aprendieron los hombres lo que te agrada y, por la Sabiduría, fueron salvados.»

Palabra de Dios.

 

SALMO Sal 89, 3-4. 5-6. 14 y 17 (R.: 1)

 

R. Señor, tú has sido nuestro refugio
 a lo largo de las generaciones.

 

 Tú haces que los hombres vuelvan
 al polvo,
 con sólo decirles: «Vuelvan,
 seres humanos.»
 Porque mil años son ante tus ojos
 como el día de ayer, que ya pasó,
 como una vigilia de la noche. 
R.

 

 Tú los arrebatas, y son como un sueño,
 como la hierba que brota de mañana:
 por la mañana brota y florece,
 y por la tarde se seca y se marchita. 
R.

 

 Sácianos en seguida con tu amor,
 y cantaremos felices toda
nuestra vida.
 Que descienda hasta nosotros la
 bondad del Señor;
 que el Señor, nuestro Dios,
 haga prosperar la obra de nuestras manos. 
R.

 


 

 Lectura de la carta del apóstol san Pablo a Filemón 9b-10. 12-17

 

 Queridos hermanos:
 Yo, Pablo, ya anciano y ahora prisionero a causa de Cristo Jesús, te suplico en favor de mi hijo Onésimo, al que engendré en la prisión.
 Te lo envío como si fuera yo mismo. Con gusto lo hubiera retenido a mi lado, para que me sirviera en tu nombre mientras estoy prisionero a causa del Evangelio. Pero no he querido realizar nada sin tu consentimiento, para que el beneficio que me haces no sea forzado, sino voluntario.
 Tal vez, él se apartó de ti por un instante, a fin de que lo recuperes para siempre, no ya como un esclavo, sino como algo mucho mejor, como un hermano querido. Si es tan querido para mí, cuánto más lo será para ti, que estás unido a él por lazos humanos y en el Señor.
 Por eso, si me consideras un amigo, recíbelo como a mí mismo.

 

Palabra de Dios.

 

 

X Lectura del santo Evangelio según san Lucas 14, 25-33

 

 Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo: «Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.
 ¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: "Este comenzó a edificar y no pudo terminar."
 ¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz. De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.»

 

Palabra del Señor.

La llamada de Jesús es exigente. … ¿Qué cosas, personas o situaciones me alejan de Dios y me cuesta dejarlas? …  ¿Dónde mis afectos me llevan a apegarme a cosas, personas o situaciones?  … ¿Cuáles son esas cosas, esas personas o situaciones que se acercan más a los valores de este mundo que a los valores de Jesús?.  …  ¿El dinero? … ¿la fama?  … ¿los honores? … ¿A qué tengo que renunciar para seguir más efectivamente a Jesús?  

 

 

Reflexión

Nos puede parecer que ser discípulo de Jesús no es algo difícil de ser deseado. La figura de Jesús se nos presenta atrayente por su santidad, su bondad. Tan humana y tan divina que no puede menos que impulsar el deseo de seguirlo.

Vemos hoy como incluso mucha gente que no es cristiana, en todos los lugares del mundo se muestra seducida  por la personalidad de Jesús y la ha propuesto como ideal.

Pero al verdadero discípulo de Jesús, tal como El nos lo exige en el Evangelio , se le pide mucho más que una simple admiración a Jesús o un reconocimiento de sus cualidades y de sus virtudes. Jesús nos dice en el Evangelio: El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.

No se trata de profesar por el Señor una afición como la que tantas veces los jóvenes tienen por un cantante o un deportista. No basta tener un póster con la imagen de Cristo, una estampita del Sagrado Corazón en la billetera, o usar una remera con la figura de Jesús. Seguir a Cristo de veras y de cerca, supone mucho. Por encima de todo debe estar el amor a Dios. En el Evangelio nos dice que debe superar el amor a nuestra familia e incluso a nosotros mismos. Y que si alguien o algo se opone a Cristo y nos separa del camino hacia El, debemos optar por el Señor.

No es que  se nos plantee la disyuntiva entre querer a Jesús y a nadie más. Simplemente el Señor nos pide que no amemos a otro en mayor medida que a El. No es esa pregunta infantil que a todos en broma alguna vez nos han hecho: ¿A quién quieres más, a tu papá o a tu mamá?. Aquí no se trata de oponer diciendo ¿a quién quieres más? ¿A Jesús o a tu madre?. ¿A Jesús o a tu padre? ¿A Jesús o a tu marido/mujer? ¿A Jesús o a tus hijos?

Debemos amar a Jesús y a nuestro prójimo, empezando por el que tenemos más cerca, como son nuestros padres, nuestros maridos/mujeres y nuestros hijos. Pero el amor a Dios es un amor distinto a los amores humanos, que precisamente se basan en el amor a Dios. No estamos entre la espada y la pared, para elegir entre amar a Jesús y amar a los demás. Tenemos que amar primero a Jesús, y también a nuestro prójimo. Este Evangelio nos pide sencillamente que antepongamos el amor a Jesús a cualquier otro amor.

Porque Jesús es lo más importante. Quien tiene a Jesús lo tiene todo. Quién ama a Jesús, ama a todos. Pero eso sí, que ningún “amor” nos separe de su amor, que es la clave de su vida.

Jesús nos habla de analizar nuestros propios recursos, nuestras ventajas y nuestras limitaciones, para tomar decisiones sobre lo que debemos hacer o dejar de hacer.

En esta parábola compara la actitud que tiene que adoptar aquel que va a encarar una construcción, o una batalla.

Pero si puede ser importante en la vida el resultado de una construcción o una guerra, mucho más importante para cada uno de nosotros es tener éxito en ser discípulos fieles de Cristo.

Y para esta misión, que es común para todos los cristianos, resulta necesario examinarnos interiormente para descubrir que aspectos tenemos que corregir o mejorar para seguir más de cerca al Señor.

San Juan de la Cruz decía que el conocimiento de uno mismo es el primer paso que tiene que dar el alma para llegar al conocimiento de Dios. 

Los buenos comerciantes hacen un balance cada día del estado de sus negocios. ¿Cuánto vendí hoy, cuánto gasté, que ganancia tuve? Tratan de descubrir donde pueden mejorar, cual es la causa de haber perdido un negocio. Hasta un mendigo revisa dónde le conviene pedir, y a qué hora, para poder obtener de la gente mayor ayuda.

Nuestro gran negocio de cada día es la correspondencia a la llamada del Señor. No existe nada que tenga tanto valor como el acercarnos cada día un poco más a Cristo.

Y el examen de conciencia que podemos hacer en forma diaria, es para el alma, como ese balance que hacemos para conocer la situación de las cosas materiales. En él se confronta nuestra vida con lo que Dios espera de nosotros y con la respuesta que damos a su llamada.

El examen nos permite descubrir nuestras faltas con el Señor, pedir perdón y recomenzar. Porque no se trata de una simple reflexión sobre nuestro comportamiento. Es el diálogo entre el alma y Dios

Pidamos a María que nos ayude a ser constantes en nuestro examen diario, y firmes en nuestros propósitos, para desprendernos de todo lo nos separa del Señor.

Pidámosle que nos fortalezca en nuestra decisión de cargar con nuestra cruz de todos los días y seguir de cerca a Jesús

(Extractado del Servicio “Unos Momentos”)

 

Comentario

 

Para ser cristiano, la Iglesia exige en realidad muy poco. Se bautiza a los niños recién nacidos y apenas se exige nada a sus padres; todo lo más, la asistencia a unas charlas preparatorias del acto del bautismo y un vago compromiso de actuar en cristiano educando al niño según la ley de Dios y los mandamientos de la Iglesia. Sin embargo, esto no era así al principio. Para ser discípulo, Jesús ponía unas duras condiciones, que llevaban a quien quería serlo a pensárselo seriamente. Pocos seríamos cristianos, si para ello tuviéramos que cumplir las tres condiciones que, llegado el caso, Jesús exige a sus discípulos. Y digo llegado el caso, porque estas tres formulaciones del evangelio de hoy que vamos a comentar son “formulaciones extremas”; representan la meta utópica que no debemos perder de vista, estando dispuestos a alcanzarla en el seguimiento de Jesús.

 

Por la primera (Si uno quiere venirse conmigo y no me prefiere a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a sí mismo, no puede ser discípulo mío), el discípulo debe estar dispuesto a subordinarlo todo a la adhesión al maestro. Si en el propósito de instaurar el reinado de Dios, evangelio y familia entran en conflicto, de modo que ésta impida la implantación de aquél, la adhesión a Jesús tiene la preferencia. Jesús y su plan de crear una sociedad alternativa al sistema mundano están por encima de los lazos de familia.

 

Por la segunda (Quien no carga con su cruz y se viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío) no se trata de hacer sacrificios o mortificarse, que se decía antes, sino de aceptar y asumir que la adhesión a Jesús conlleva la persecución por parte de la sociedad, persecución que hay que aceptar y sobrellevar como consecuencia del seguimiento. Por eso no es necesario precipitarse, no sea que prometamos hacer más de lo que podemos cumplir. El ejemplo de la construcción de la torre que exige hacer una buena planificación para calcular los materiales de que disponemos o del rey que planea la batalla precipitadamente, sin sentarse a estudiar sus posibilidades frente al enemigo, es suficientemente ilustrativo.

 

La tercera condición (todo aquel de ustedesque no renuncia a todo lo que tiene no puede ser discípulo mío) nos parece excesiva. Por si fuera poco dar la preferencia absoluta al plan de Jesús y estar dispuesto a sufrir persecución por ello, Jesús exige algo que parece esta por encima de nuestras fuerzas: renunciar a todo lo que se tiene, Se trata, sin duda, de una formulación extrema que hay que entender. El discípulo debe estar dispuesto incluso a renunciar a todo lo que tiene, si esto es obstáculo para poner fin a una sociedad injusta en la que unos acaparan en sus manos los bienes de la tierra que otros necesitan para sobrevivir. El otro tiene siempre la preferencia. Lo propio deja de ser de uno, cuando otro lo necesita. Sólo desde el desprendimiento se puede hablar de justicia, sólo desde la pobreza se puede luchar contra ella. Sólo desde ahí se puede construir la nueva sociedad, el reino de Dios, erradicando la injusticia de la tierra.

 

Para quienes quitamos con frecuencia el aguijón al evangelio y nos gustaría que las palabras y actitudes de Jesús fuesen menos radicales, leer este texto resulta duro, pues el Maestro nazareno es tremendamente exigente.

 

No en vano el libro de la Sabiduría formula hoy a modo de interrogante la dificultad que tiene conocer el designio de Dios y comprender lo que Dios quiere. Será necesario para ello recibir de Dios sabiduría y Espíritu Santo desde el cielo para adecuar nuestra vida a la voluntad de Dios manifestada por Jesús. Necesitamos ciertamente esa ayuda del cielo para ir contra corriente y tener la capacidad de renuncia total que pide el evangelio y a la que debemos estar dispuestos, llegado el caso. Pero esto que en el evangelio se nos propone como exigencias radicales de Jesús hoy no es tanto el comienzo del camino, sino la meta a la que debemos aspirar, aquello a lo que debemos tender, si queremos seguir a Jesús. Tal vez no lleguemos nunca a vivir con esa radicalidad las exigencias de Jesús, pero no debemos renunciar a ello, por más que nos encontremos a años luz de esa utopía.

 

 

Para la revisión de vida

         En mi seguimiento de Jesús ¿cómo ha sido mi discernimiento para asumir los valores del Reino? ¿He aceptado fielmente las exigencias de Jesús para seguirlo?

 

Para la reunión de grupo

  1. Jesús sigue llamando a seguirlo, con algunas condiciones y exigencias. ¿Cuáles serán esas exigencias para nuestro tiempo? ¿Qué significará desprenderse de los vínculos familiares? ¿Cómo asumimos los cristianos ese cargar con su propia cruz?
  2. Ante un sistema mundial al que no le importa excluir a los pobres en aras de un crecimiento económico para unos pocos, ¿no valdrá la pena tomar el ejemplo del Evangelio de ponerse a pensar y programar, para después actuar en favor de la Vida? ¿Cómo podríamos organizarnos en contra de la exclusión actual?

 

Para la oración de los fieles

  1. Para que los hombres y mujeres se comprometan a vivir ya desde ahora los valores del Reino, roguemos al Señor...
  2. Por todas las organizaciones populares que buscan la vida de sus comunidades, para que en este esfuerzo logren superar los conflictos que esto conlleva...
  3. Para que nuestra comunidad cristiana acepte desde el discernimiento las exigencias del seguimiento de Jesús...

 

Oración comunitaria

         Dios Padre nuestro que en Jesús te has acercado a nosotros y nos lo has propuesto como modelo y Camino: ayúdanos a escuchar su invitación a seguirle, y danos coraje y amor para dejarlo todo por su Causa y seguirlo efectivamente, por el mismo Jesucristo nuestro Señor.

 

(Extractado del Servicio “Koinonía”)

 

 

 

 


 

Este es un servicio de la Comunidad de Vida Cristiana de Chile: CVX