LECTURAS DOMINICALES

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Lecturas del 14-3-10 (Domingo de la Cuarta Semana de Cuaresma)

 

Lectura del libro de Josué 5, 9a. 10-12

El Señor dijo a Josué: «Hoy he quitado de encima de ustedes el oprobio de Egipto.» Los israelitas acamparon en Guilgal, y el catorce del mes, por la tarde, celebraron la Pascua en la llanura de Jericó. Al día siguiente de la Pascua, comieron de los productos del país -pan sin levadura y granos tostados- ese mismo día. El maná dejó de caer al día siguiente, cuando comieron los productos del país. Ya no hubo más maná para los israelitas, y aquel año comieron los frutos de la tierra de Canaán.

Palabra de Dios.

SALMO Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7 (R.: 9a)

R. ¡Gusten y vean que bueno es el Señor!

Bendeciré al Señor en todo tiempo,

su alabanza estará siempre en mis labios.

Mi alma se gloría en el Señor:

que lo oigan los humildes y se alegren. R.

Glorifiquen conmigo al Señor,

alabemos su Nombre todos juntos.

Busqué al Señor: él me respondió

y me libró de todos mis temores. R.

Miren hacia él y quedarán resplandecientes,

y sus rostros no se avergonzarán.

Este pobre hombre invocó al Señor:

él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R.

Lectura de la 2a. carta a los cristianos de Corinto 5, 17-21

Hermanos: El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente. Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque es Dios el que estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo, no teniendo en cuenta los pecados de los hombres, y confiándonos la palabra de la reconciliación.

Nosotros somos, entonces, embajadores de Cristo, y es Dios el que exhorta a los hombres por intermedio nuestro. Por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: Déjense reconciliar con Dios. A aquel que no conoció el pecado, Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por él.

Palabra de Dios.

XLectura del santo Evangelio según san Lucas 15, 1-3. 11-32

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos.» Jesús les dijo entonces esta parábola:

«Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte de herencia que me corresponde." Y el padre les repartió sus bienes.

Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa.

Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones.

Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.

Entonces recapacitó y dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!" Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: "Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros."

Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.

El joven le dijo: "Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo."

Pero el padre dijo a sus servidores: "Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado." Y comenzó la fiesta.

El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó qué significaba eso.

El le respondió: "Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo."

El se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: "Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!"

Pero el padre le dijo: "Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado."»

Palabra del Señor

 

 

Reflexión

Se ha dicho de esta parábola que constituye un pequeño evangelio dentro del Evangelio. Es exagerado porque no encierra en sí todas las riquezas de la doctrina cristiana.

En todo caso, a través de esta parábola nuestro Señor dirige una emotiva llamada a la conversión, a recomenzar con un nuevo ardor en nuestra vida cristiana.

Arrepentirse, convertirse, recomenzar: tres etapas necesarias y sucesivas en el itinerario de nuestra vida espiritual.

Veamos, para poder estimular nuestro arrepentimiento, lo que la parábola nos enseña, de la desgracia del pecado y de la miseria del pecador.

Hay que reconocer que, si esta parábola no tuviese un significado oculto –que vamos a intentar descubrir-, sería la más inverosímil de las historias.

Comienza diciendo “Un hombre tenía dos hijos” y podemos preguntarnos a cuál de los dos hijos nos gustaría parecernos: uno no había sabido entregar su alma; el otro no había sabido entregar su corazón. Ambos han entristecido a su padre; ambos se han mostrado duros con él; ambos han ignorado su bondad. Uno por su desobediencia y el otro “a pesar” de su obediencia.

¿A cuál nos gustaría parecernos? ¿Al dilapidador? ¿Al calculador?

No hay en la parábola un tercer hijo al que pudiéramos referirnos y, por lo tanto, nos vemos obligados a convenir en que somos el uno o el otro... o tal vez el uno “y” el otro.

Se nos muestran dos hijos muy singulares, pero también un padre singular, un padre al que no preocupa su propia dignidad... Un padre que no hace nada para oponerse al capricho insolente y estúpido de su hijo menor, sin reprocharle nada.

Y el final de la historia no es más edificante que el comienzo. Cuando el hijo mayor se niega a tomar parte en el banquete, es el padre quien tiene que molestarse en rogarle que entre.

¿Qué clase de casa es ésa, en la que son los hijos los que mandan? ¿Cuándo se decidirá de una vez ese padre a decir: “quiero”, “mando”?

Parece realmente que este padre es un padre que no ha sabido educar a sus hijos.

Pero...., no nos encontramos en una casa de la tierra. Ese padre que pide en lugar de mandar, que da y no sabe decir no, que perdona en lugar de castigar... Ese padre que no tiene igual aquí abajo: es nuestro Padre el Cielo. Ese Padre de quien San Juan nos ha dado a conocer el nombre: “Dios es amor”.

Es fácil reconocerlo en la parábola. Ese Dios que calla y desaparece, ese Dios que da y que perdona... nos ha puesto una sola ley: amarás.

El amor, es la única ley en la casa del Padre.

Pero el amor tiene por condición la libertad. No hay ser humano que pueda ser obligado a amar. La libertad es condición del amor. Dios, que nos ama y porque nos ama, y porque espera de nosotros amor y no quiere de nosotros más que amor; ha corrido el gran riesgo del amor; y para nosotros el gran riesgo de la libertad.

Tenemos –quizás por desgracia -, ese prodigioso y triste poder de negarle o regatearle a Dios nuestro amor. Es la historia de esos dos hijos de la parábola: la historia del pecado. Nuestra propia historia.

El hijo menor abandonó a su padre, no porque deseara llevar una vida disoluta, sino porque no quería seguir obedeciendo a su padre; quería ocupar el puesto de su padre.

Su pecado comenzó el día en que dejó de amar a su padre por encima de todo y más que a sí mismo. El pecado estuvo antes en su espíritu. Ahí es donde siempre hay que descubrir el pecado. El pecado es la rebelión del “yo” contra Dios.

Después del pecado del rebelde, del infiel;... viene el pecado discreto, insospechado, el pecado de la mayor parte de nosotros, el pecado del hijo mayor, pues él era exteriormente el modelo de obediencia.

Ese hijo no ha desobedecido nunca, justo al revés que el hijo menor. Se le podría citar como ejemplo; y seguramente que los vecinos lo hicieron cuando buscaban la manera de consolar al padre en su desgracia. Y no tendríamos más que elogios para él... si no fuera por aquel incidente imprevisto que iba a poner su corazón al desnudo.

Asimismo pasa con nosotros. Quizás nos toman por mejores que los demás. Nosotros mismos pensamos con naturalidad que, cuando se habla de pecadores, se trata de los demás. Y he aquí que se presenta la ocasión, inesperada, sorprendente, que nos convence de que también nosotros pertenecemos a la familia de los pecadores.

Los santos, sabían muy bien que eran pecadores y lo decían con frecuencia porque eran conscientes de que así es.

Sin embargo, para que los que nos cegamos con nuestros propios méritos, la Providencia se complace en suscitar inopinadamente la ocasión de desengañarnos, como le sucedió al hijo mayor.

Detrás de ese exterior suyo virtuoso, se muestran de repente los malos sentimientos. En un instante, ese modelo de obediencia va a revelarse como ambicioso, envidioso, avaro, malvado, duro.

Todos somos egoístas, todos somos pecadores. Habría motivos para desesperarse, si nuestro Señor no hubiera venido a llamar a los pecadores y no a los justos.

Por eso esta parábola, que en lugar de llamarse “El hijo pródigo”, debería llamarse la parábola del “Padre misericordioso”, nos deja una enseñanza y es que nuestro Padre, siempre nos espera, la vuelta a Dios es siempre posible, por disparatados que hayan sido nuestros caminos en el pasado.

Pidamos al Señor hoy, la gracia de una sincera conversión que nos haga capaces de volver a Dios, desde el lugar en que estemos hoy.

 

(Extractado del Servicio Unos Momentos)

 

 

 Comentario teológico    

 

La primera lectura, del libro de Josué, nos presenta un elemento fundamental para la liturgia, que es la celebración de la Pascua en el desierto. El texto presenta una serie de elementos que pueden discutirse desde una perspectiva “histórica”: el nombre Guilgal seguramente no se remite a lo que dice aquí el texto sino a un “círculo” de piedras que puede haber dado origen a un sitio que hoy no conocemos con seguridad (hay diferentes locaciones posibles). Pero no es esto lo importante, sino que algo importante ha terminado. Esto es presentado como “el oprobio” de Egipto. Dado que el término oprobio se usa en Gn 34,17 para hablar de la circuncisión se ha pensado en que se refiere a haber estado bajo el dominio de “incircuncisos”. Esto ha sido cuestionado porque los egipcios se sometían a la circuncisión, pero no es a la “sola circuncisión” que debemos referirnos, no se ha de olvidar que esta es signo de la alianza de Dios con su pueblo (Gn 17,2.11) y ciertamente los egipcios no participan de esta alianza. Por otra parte, el v.9 pertenece de hecho a la unidad anterior (5,1-9) donde la circuncisión es el tema fundamental. Haber estado dominados por un pueblo “incircunciso” constituye un verdadero oprobio, pero el fin del éxodo (que de eso se trata esta unidad) marca también el fin de esta etapa.

 

En los vv.10-12 se trata de otra temática estrechamente ligada a lo anterior: el fin del maná, que es el símbolo de la peregrinación por el desierto. Egipto y desierto han llegado a su fin, ahora se está en la tierra que nos alimenta y donde debemos ser fieles a la alianza expresada en la circuncisión, alianza que ha hecho que dejen de ser “gentiles” (goy) para pasar a ser “pueblo” (‘am). La temática de la alimentación (“comer”, “pascua”, “maná”) marca esta unidad. Es interesante que el éxodo comienza con una pascua y finaliza con otra, como la peregrinación está marcada por la aparición del maná y clausurada por su culminación.

 

No interesa, en este comentario, la parte histórica de notar que todavía no se han unido en la fiesta pascual la comida del cordero y la comida de los panes sin levadura., Esto parece haber ocurrido en tiempos de Josías (622 a.e.c.; 2Re 23,21-23: ¿Josué = Josías?), lo importante es que la celebración no sólo marca la culminación de un período sino el comienzo de uno nuevo, y este período está marcado por la memoria de los acontecimientos salvadores de Dios en el éxodo y el desierto. Es interesante notar la importancia que da esta unidad a los tiempos: “catorce del mes”, “día siguiente”, “ese mismo día”, “al día siguiente”, “aquel año”, un tiempo nuevo ha comenzado, y la celebración de la pascua es signo de ello.

 

El Salmo 34 (33) es un salmo “acróstico”, es decir, un salmo “alfabético”, donde cada verso comienza con una letra del “alfabeto” ordenadamente. La liturgia finaliza en el v.7 con lo que sólo tenemos hoy la primera parte del texto. Como muchos salmos de este tipo, la necesidad de encontrar palabras y llenar espacios los torna a veces monótonos, a veces poco creativos en lo literario. Veamos algunos elementos:

 

El que reza es un individuo que está ante la comunidad. En todo momento es él quien alaba a Dios. Expresamente nos dice que su oración es de “alabanza”, un himno (de aquí toma su nombre el Salterio, “libro de himnos”) y que quiere repetirlo constantemente (la idea de “totalidad” es frecuente en el salmo, vv.5.7.18.20.21).

 

Su motivo de gloria es Dios mismo, algo que repetirá con alguna frecuencia el AT (ver Jr 9,22s) y que Pablo resume con la idea “el que se gloría, que se gloríe en el Señor” (1 Cor 1,31; 2 Cor 10,17). Si el que reza afirma que los pobres (‘anawîm) se alegran, es porque él está dentro de esa categoría (ver v.7: “cuando el pobre [‘ani] grita...”). La humildad, o abajamiento contrasta con el engrandecer y ensalzar a Dios (v.4).

 

La distancia entre el orante y Dios no le impide la búsqueda (muchas veces en los salmos es sinónimo de ir al Templo), sabiendo que responde y eso tranquiliza.

 

En v.6 hay un contraste entre “refulgir” y “opacarse”. En Is 60,5 se dice que la ciudad que está en lo alto “brilla”, “refulge” en medio de la oscuridad al salir el sol, en tanto que la luna se opaca en un eclipse (Is 24,23; ver Jer 15,9); esto se dice de la nueva Sión en Is 54,4 y 60,5. Este triple elemento mirar - brillar - no opacarse, recuerda a Moisés y su encuentro con Dios del que salía con el rostro resplandeciente hasta el punto que el pueblo no puede mirarlo sin que use un velo (Ex 34,29-35). La oración humilde y confiada nos pone como Moisés ante Dios y el orante saldrá radiante del encuentro, el privilegio que era de Moisés se extiende ahora a toda la comunidad.

 

A lo largo del Salmo encontraremos otros elementos característicos del Éxodo y Moisés (en v.8, “acampar”; v.10, “santos”; “enseñanza”; v.21: “romper los huesos”) con lo que la comunidad en oración sabe que alabando a Dios vuelve a vivir los momentos originarios y puede encontrarse con el Señor que escucha y salva de los peligros a los pobres (hay momentos del salmo de clara influencia en el Magnificat, ver v.11 y Lc 1,53).

 

En el texto de la 2º carta a los Corintios, Pablo nos ha dicho cómo se ve él ante Dios. Ahora señala que todo esto es obra de Cristo. Estamos ante una de las unidades más cristológicas de la carta. Un nuevo juego de opuestos (que volveremos a encontrar en Rom 5,12-21) entre uno y todos da sentido a la muerte de Cristo. Es una muerte de uno por (hyper), palabra que se repite seis veces en esta unidad y parece provenir de la lectura cristológica del canto del Siervo de Is 53 y señala la acción en favor de todos nosotros (cf. Rom 5,6.8). El efecto de esta muerte es la reconciliación (también en Rom 5,6.8) . Y porque estamos reconciliados -se reconcilia el mundo, cf. v.19, se nos confía, a los ministros de la palabra, el ministerio de la reconciliación. La misión del apóstol parece claramente hacer realidad (imperativo) lo que ya ocurre (indicativo) por obra de Cristo: estamos reconciliados, ¡reconciliémonos! Y lo que nos debe mover (a todos nosotros) es el amor, que nos apremia, nos oprime y compele (a anunciarlo a todos) por eso el efecto reconciliador busca que los que viven no vivan para sí, sino para el Señor. Solidarios con la muerte de Cristo, como su muerte es solidaria con nosotros, no debe preocuparnos que se desmorone el hombre exterior; por el contrario, eso significa una muerte a ese hombre y la irrupción de la novedad de Cristo, novedad que es presentada como nueva creación. Una nueva paradoja: pecado-justicia se revela en esta ‘solidaridad por’. Jesús fue hecho pecado por nosotros (se supone: hecho por Dios, es un “pasivo divino”) y en él venimos a ser justicia, así como en él somos nueva creación.

 

Estar en Cristo, muestra una in-corporación, entrar en un cuerpo, fundirse en la realidad que es Cristo, lo que se logra por el bautismo. La preposición en, en este caso, está cargada de sentido. Por eso puede decir algo tan terminante, aplicado a los cristianos lo que no ha de entenderse de un modo individualista: si alguno (está) en Cristo, (es) nueva creación. Así lo primero, lo viejo, lo anterior a Cristo y según la carne, ya pasó (aoristo, ¿refiere al bautismo?), y ya estamos (y seguimos estando, tiempo perfecto) en el nuevo tiempo.

 

Siguiendo en el mismo contexto, ahora Pablo pasa a desarrollar algo nuevo: cinco veces usa el término reconciliar/reconciliación en esta unidad, pero siempre la iniciativa parte de Dios y la reconciliación es con él. No se entiende que Dios se reconcilie con nosotros, sino nosotros con él. Como se ve en esta perícopa (y también en Rom 5,10-11) la reconciliación con Dios es el fruto por excelencia de la muerte y resurrección de Cristo (5,15), y por lo tanto es el contenido principal de la predicación apostólica; el ministerio de la reconciliación es aquí sobre, acerca de, la reconciliación predicada como efecto de la Pascua. Los apóstoles deben ser ministros, deben comunicar esta novedad comenzada y que ya podemos conocer. Sumergiéndonos en Cristo ya viviremos para él y seremos justicia de Dios.

 

El acento está puesto en la obra de Dios, obra siempre caracterizada por la gratuidad, por eso no cuenta los delitos. Con el lenguaje económico se contrasta nuevamente por un lado, la gratuidad de Dios -que no saca cuentas-, y que Pablo quiere imitar, y por otro la explotación o paga que pretenden los adversarios. Reconcíliense está en aoristo, lo que supone una urgencia; sin embargo los corintios ya estaban reconciliados - convertidos. ¿Entiende Pablo que los adversarios han deshecho la obra de Dios y deben renovar la reconciliación? El uso del término embajadores parece que debe entenderse como un reclamo de status, seguramente en comparación con el que la comunidad da a los otros; y pretende también tener en cuenta el lugar que debe ocupar el mensaje, la liturgia y beneficencia, que debe transmitir el embajador de parte del Emperador (embajadores de Cristo). Lo evidente es la instancia mediadora entre Cristo y los corintios.

 

Es extraña la frase que indica que fue hecho pecado. Conocer el pecado es un semitismo por experimentarlo en la vida. Es un tema frecuente en el Nuevo Testamento la afirmación de que Jesús no pecó (cf. Jn 9,16.31; Rom 6,10; Heb 4,15; 1 Pe 2,22; 1 Jn 3,5), mientras que manifiesta solidaridad con el pecador. La frase, sin embargo, no parece remarcar esta solidaridad sino que fue hecho pecado; la voz pasiva -como es frecuente- remite a Dios (pasivo divino). Este tipo de paradojas son habituales en Pablo para señalar los frutos reconciliadores de la obra de Cristo (ver también 8,9; Gal 3,13; Rom 8,3-4; el tiempo pasado en hecho pecado parece remitirnos a la Pascua). Preposiciones como para (hina) y también por (hyper) apuntan a dar un sentido a la muerte de Jesús que no ha perdido su dimensión de escándalo. El mismo Pablo en la carta a los romanos nos da una clave de lectura: Dios ha “enviado a su propio Hijo de modo semejante a la carne de pecado (sarkòs hamartías) y con respecto al pecado, condenó el pecado en la carne” (Rom 8,3). Es un “hecho carne” en el sentido de “solidario con” la carne de pecado, es representante de todos los pecadores. En este sentido es semejante a murió por todos - todos pecaron de v. 14 y forma inclusión literaria con ellos enmarcando el relato.

 

Sabemos el lugar central que da el evangelio de Lucas a la “misericordia”. Se ha de ser misericordioso como lo es el Padre (6,36), y -como el “buen samaritano”- el oyente debe “hacer lo mismo”. En el capítulo 15, después de una presentación de la situación que causa escándalo: “recibe a los pecadores y come con ellos” Jesús pone 3 parábolas. La idea es la misma en las tres, aunque en la última se incorpora un nuevo elemento en el debate. La idea principal es la de una cosa querida que es perdida, buscada y encontrada. El acento recae en la alegría que causa el encuentro de la cosa perdida, sea esta una oveja, una moneda, o un hijo. Las dos primeras, como es frecuente en Lucas, presenta un par donde se integran un varón y una mujer: el pastor y la mujer (recordar el profeta y la profetisa de Lc 2,25-38, o las parábolas de la mostaza y la levadura en 13,18-21). La liturgia de hoy ha omitido este “par mixto” y se ha detenido -luego de la introducción, que le da el marco a la parábola- en la así llamada “del hijo pródigo”.

 

Veamos brevemente el marco redaccional de los vv. 1-2. Se aproximan a Jesús para oirlo “todos” los publicanos y pecadores. No hace falta demasiada imaginación para saber que se trata de una construcción artificial. “Todos” deberían ser mucha gente, pero el acento está puesto en destacar que estos grupos de rechazados escuchan de boca de Jesús una predicación en la que no se encuentran excluidos. Muchas veces se hace referencia en el Tercer Evangelio a grupos que “oyen” a Jesús, pero es evidente que esto no basta, es necesario “ponerlo en práctica” (6,47-49; ver 8,11-15; 11,28) para ser como una casa edificada sobre roca y no sobre arena. Quedarse sólo en las parábolas no sirve, ya que es oír y no entender (8,10), “quedarse en la cáscara” sin ir al nudo , a diferencia de “la madre y los hermanos” que escuchan la palabra y la cumplen (8,21). Pero escuchar es la actitud primera, es signo de reconocerlo como profeta semejante a Moisés (9,35); luego se trasladará a los suyos: quien los escucha, escucha al Hijo (10,16). Oír es la actitud del discípulo que elige la mejor parte, la única importante (10,39), y por eso los buenos judíos deben “oír" a Moisés y los profetas (16,29.31). El rico no sigue a Jesús al oír sus exigencias y no estar dispuesto a “vender todo” (18,23). Los adversarios no pueden deshacerse públicamente de Jesús porque el pueblo lo oye atento (19,48; ver 20,45; 21,38). Podemos decir, entonces, que “oír” es el primer paso del discipulado, y en esta etapa están “todos los cobradores de impuestos y pecadores”.

 

Por otra parte encontramos a fariseos y escribas (5,21.30; 6,7; 11,53), siempre los encontramos mirando “de afuera” a Jesús y confrontando con sus opiniones y actitudes. Los escribas, por otra parte, cuando los encontramos con los sacerdotes ya es para conspirar contra Jesús buscando matarlo. Son expresión de lo que en cierta manera podríamos llamar “ortodoxia” judía, los fieles a la ley y las tradiciones, y por ello cuestionan lo “heterodoxo”, lo que no corresponde, como “recibir” a los pecadores. Como es frecuente en Lc, los fariseos se escandalizan de las actitudes de Jesús frente a los pecadores, y murmuran (diagong_zô). El término vuelve a aparecer en 19,7 por única vez en Lc y todo el NT, Jesús se hospeda en lo de Zaqueo y “murmuran”: ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador”; también lo encontramos como murmurar (gong_zô) en 5,7 (8 veces en el NT, Mt 1 Lc 1 Jn 4 Pablo 2): “comen y beben con publicanos y pecadores”. El término es frecuente en las tradiciones del desierto (en ese sentido también en Jn y Pablo) donde el pueblo “murmura” contra Dios y Moisés (Ex 16,7; 17,3; Num 11,1; 14,27-29) y en caso de Jesús, van en aumento. La acusación es que Jesús prosdéjetai: acepta favorablemente, recibe, espera a los pecadores, y -seguramente lo más grave- “come con ellos”.

 

El tema de las comidas de Jesús es sumamente interesante e importante. La actitud de synesthíô (literalmente “comer con”) marca una actitud. Es la única vez que lo encontramos en los Evangelios, y se repite otras dos veces en Hechos y otras dos en Pablo; los apóstoles se presentan como los que “comieron y bebieron con el resucitado” (Hch 10,41) y Pedro recibe una reprimenda de “los apóstoles y hermanos de Judea” porque “has entrado en casa de incircuncisos y comido con ellos” (11,3), como se ve, en este caso el marco es semejante al de los Evangelios. 1 Cor 5,11 habla de no comer con los que se llaman hermanos y viven como paganos, y Ga 2,12 recuerda a los cristianos de Antioquía que comían juntos, pero cuando llegaron “los de Santiago”, los judíos se separaron de la mesa... Como se ve, la imagen es que sólo se puede comer con los que son puros, y la comida con impuros nos vuelve impuros también a nosotros. La comida de Jesús con pecadores es una expresión evidente de que no vino “a llamar a los justos sino a los pecadores” (5,32); es su costumbre contraria a la religiosidad “tradicional” la que está en cuestión; Jesús quiere cambiar el rostro de Dios como se ha dicho más de una vez, quiere reemplazar el Dios de la pureza por el Dios de la misericordia, sus comidas reflejan ese Dios que Jesús propone, uno que recibe a pecadores, a “todos”. Este marco de las comidas de Jesús que revela un nuevo rostro de Dios es el que el Señor quiere ahora mostrar en la parábola.

 

No vamos a desarrollar un comentario a toda la parábola sino a detenernos en lo fundamental. El movimiento de la parábola es sencillo: presentación de los personajes (vv.11-12), actitud del hijo menor (vv.13-20a), actitud del padre frente al hijo perdido (vv.20b-24), actitud del hijo mayor frente al hijo perdido (vv.25-32). Como se ve, las tres primeras escenas son paralelas a las actitudes del pastor y la mujer ante el objeto perdido, la novedad viene dada por la actitud del hijo mayor. Ciertamente este refleja la actitud de los fariseos y escribas ante los pecadores. No deja de ser interesante el lenguaje de la comida en la parábola, lo que nos recuerda el contexto: “hubo hambre” (v.14), deseaba comer las algarrobas (v.16), los jornaleros del padre “tiene pan en abundancia” (v.17), el padre manda “matar el novillo engordado, comamos y celebremos una fiesta” (v.23), “nunca me diste un cabrito para una fiesta con mis amigos” se queja el mayor (v.29) y aclara “ese hijo tuyo que devoró tus bienes con prostitutas” (v.30); además, en vv.23.24.29.32 utiliza eufrainô que como vimos es festejar en un banquete...

 

Como se ve, el contraste es entre dos personajes con respecto a una misma situación: el hijo/hermano menor. Como otras parábolas de dos personajes, quizá el título debería reflejar estas dos actitudes más que remitir al “hijo pródigo”.

 

Por una parte, se ocupa de mostrar qué bajo cayó el hijo menor con una serie de elementos muy críticos para cualquier judío: “país lejano”, “vida libertina/prostitutas”, “pasar necesidad”, “cuidar cerdos”, no le dan ni siquiera algarrobas, que es comida preferentemente de animales (¿las debe robar?), hasta el punto que pretende volver “a su padre” como un asalariado. Hay que prestar atención a palabras como “no merezco” (vv.19.21) y “es bueno/conviene” (v.32), a las que volveremos. Descubriendo su miseria el hijo parte “hacia su padre” (no dice a su casa, aunque se supone “pros”; vv.18.20), el hijo mayor es quien no entra “en la casa” (v.25). El movimiento de partida y regreso del hijo es semejante al perder-encontrar, y más aún a la muerte-resurrección (con este paralelismo termina la intervención del padre y vuelve a repetirse al intervenir el hijo mayor).

 

El hijo ha preparado un discurso, pero el padre no le permite terminarlo, no se le gana en generosidad e iniciativa: no sólo -contra las costumbres orientales- “corre” al encuentro del hijo al que ve de lejos, sino que le devuelve la filiación que había “perdido”: eso significan el anillo (sello), las sandalias y el mejor vestido, digno de un huésped de honor. La alegría del padre queda reflejada, además, en la fiesta por “este hijo mío”.

 

El hermano mayor, que viene de cumplir con sus responsabilidades de hijo no quiere ingresar a la casa y participar de la fiesta. Nuevamente el padre sale al encuentro de un hijo y debe escuchar los reproches. El mayor se niega a reconocerlo como hermano (“ese hijo tuyo”) cosa que el padre le recuerda (“tu hermano”). El padre no le niega razón a que el hijo mayor “jamás desobedeció una orden”, es un “siempre fiel”, uno que “está siempre con el padre” y todo lo suyo le pertenece, pero el padre quiere ir más allá de la dinámica de la justicia: el menor “no merece”, pero “es bueno” festejar. La misericordia supone un salir hacia los otros, los pecadores que -por serlo- no merecen, pero el amor es siempre gratuito y va más allá de los merecimientos, mira al caído. Los fariseos y escribas son modelos de grupos “siempre fieles”, pero su negativa a recibir a los hermanos que estaban muertos y vuelven a la vida los puede dejar fuera de la casa y de la fiesta. Los mayores también pueden irse de la casa si no imitan la actitud del padre, o pueden ingresar y festejar si son capaces de recibir a los pecadores y comer con ellos.

 

Comentario

 

En nuestra vida cristiana solemos movernos con caricaturas de Dios; sea por lo que creemos, por lo que mostramos, o por lo que nos enseñaron. Sea un Dios bonachón, un cascarrabias eterno que espera nuestra equivocación para quebrarnos, un distraído y olvidado de las cosas de los humanos a los que creó “hace tanto tiempo", un "padre" autoritario y caprichoso que decide arbitrariamente y no permite discusiones en la realización de su voluntad... ¿Cómo es nuestro Dios?

 

Es importante saber cómo es el Dios en el que creemos, pero más importante es saber cómo es el Dios en el que creyó Jesús, cómo es el Dios que Él nos reveló. Como siempre, Jesús nos hablaba de Dios no sólo con palabras, sino también con lo que hacía. Haciendo, Jesús nos mostraba al Padre Dios, ¡al verdadero! Hoy Jesús nos cuenta una parábola, una parábola que nos habla de Dios, pero una parábola que nace de una actitud de Jesús, y él nos dice que frente a los hermanos despreciados, podemos obrar de dos maneras diferentes, como Dios -que es también como obra Jesús- o también como los judíos religiosos, los “separados” del resto, los puros.

 

El pecado es el no-amor-dado, y el amor no-dado, y por eso nos aleja de Dios, que es amor; nos separa de su casa paterna. Pero con su amor, que se sigue derramando, y de un modo preferencial por los pecadores, Dios sigue tendiendo constantemente su mano amiga, a la espera de la vuelta de sus hijos. Nosotros, en una frecuente caricatura de Dios, solemos rechazar, juzgar y condenar a los que creemos pecadores. Nosotros, al igual que Jesús, también mostramos con nuestras actitudes al Dios en el que creemos; pero, a diferencia de Jesús, mostramos un Dios que en nada se asemeja al Eterno Buscador de Hijos Perdidos.

 

El Jesús que ama y prefiere a los pecadores, y come con ellos, no hace otra cosa que conocer la voluntad del Padre y realizarla concretamente, sus mesas compartidas y sus comidas nos hablan de Dios, ¡claramente! En el comportamiento de Jesús se manifiesta el comportamiento de Dios, Jesús mismo es parábola viviente de Dios: su acción es entonces una revelación. ¿Qué Dios, qué Iglesia, qué ser humano revelamos con nuestra vida? Con frecuencia, como hermanos mayores estamos tan orgullosos de no haber abandonado la casa del padre, que creemos saber más que Él mismo: “Dios es injusto”, para nuestras justicias; Dios es "de poco carácter" para nuestra inmensa sabiduría. Quizá, Dios ya esté viejo, para dedicarse a su tarea y debería jubilarse y dejarnos a nosotros...

 

Frente a tanta gente que rechaza la Iglesia ("creo en Dios, no en la Iglesia"), a veces decimos "pero Dios sí quiere la Iglesia", ¿no debemos preguntarnos constantemente qué Iglesia es la que Él quiere? ¿No debemos preguntarnos, en nuestras actitudes, qué Iglesia mostramos? Esta Iglesia, la que yo-nosotros mostramos, ¿es como Dios la quiere? Jesús, con su vida, y hasta con sus comidas, muestra el rostro verdadero de Dios, muestra la comunidad de mesa en la que él participa; hasta comiendo Él revela al verdadero Dios. Quizá debamos, de una buena vez, dejar nuestra actitud de hijo mayor, y ya que nos sale tan mal el papel de Dios, debamos asumir el papel de hijo menor; debemos volver a Dios para llenarlo de alegría, para participar de su fiesta; y, participando de su alegría empecemos a mostrar el rostro de la misericordia de este Dios de puertas abiertas.

 

La misma cena eucarística es expresión de la universalidad del amor de Dios: es comida para el perdón de los pecados. El Dios de la misericordia, no quiere excluir a nadie de su mesa; es más, quiere invitar especialmente a todos aquellos que son excluidos de las mesas de los hombres por su situación social, por su pobreza, por su sexo o por cualquier otro motivo; y va más allá, no ve con buenos ojos que crean participar de su cena quienes no esperan a sus hermanos excluidos de la mesa por ser pobres. El Dios que no hace distinción de personas, ama dilectamente a los menos amados. Sin embargo, muchas veces tomamos la actitud del hermano mayor. ¿Cuándo nos sentaremos en la mesa de los pobres, y abandonaremos nuestra tradicional postura soberbia y sectaria de "buenos cristianos"? ¿Cuándo nos decidiremos a participar de la fiesta de Dios reconociéndonos hermanos de los rechazados y despreciados? Jesús nos invita a su comida, una comida en la que mostramos -como en una parábola- cómo es el Dios, como es la fraternidad en la que creemos. Y nos mostraremos cómo somos hermanos, cómo somos hijos en la medida de participar de la alegría del padre y del reencuentro de los hermanos.

 

 

 

 

Para la revisión de vida

   ¿Qué hay en mi corazón de hijo pródigo… huidizo respecto al Padre, dilapidador de la herencia gratuitamente recibida? ¿Qué hay en mí de hijo mayor que se cree mejor, con más derechos, irreprochable, despectivo hacia los demás hermanos? ¿Qué hay en mí que evoque la misericordia paciente y madura del Padre?

 

Para la reunión de grupo

-   Ver quiénes son los actores de la parábola y ordenarlos de mayor a menor protagonismo.

-   Esta parábola del evangelio de hoy era conocida hasta hace poco como "del hijo pródigo"; nuestro comentario la llama de otra manera... ¿Qué pensar de ese cambio?

-   Calificar el significado de cada actor. ¿Qué actitudes actuales podrían representar estos actores?

 

Para la oración de los fieles

-   Por todos los que padecen hambre en este mundo en el que sin embargo el problema no es de producción sino de distribución; para que seamos capaces de llevar a la práctica la confesión teórica de que somos hermanos por ser hijos de Dios, roguemos al Señor.

-   Por las relaciones familiares entre padres e hijos, para que estén presididas por las “entrañas de misericordia” que Dios tiene para con todos nosotros...

-   Para que caigamos en la cuenta de que Dios es tanto Padre como Madre; para que poco a poco vaya calando en nuestra iglesia una conciencia crítica respecto a la masculinización que hemos proyectado sobre la imagen de Dios...

-   Para que tengamos un corazón amplio que se alegra por el bien de los demás y nunca tiene celos de las alegrías ajenas...

-   Para que “nos dejemos reconciliar con Dios”, que de tantas y tan suaves maneras nos llama a la conversión en este tiempo cuaresmal...

 

Oración comunitaria

   Dios nuestro, a quien podemos llamar verdaderamente Padre y Madre, lleno de entrañas de misericordia, dispuesto siempre a la acogida y al perdón, a pesar de nuestra ingratitud o infidelidad; danos imitarte en ese tu amor, para que podamos llamarnos honradamente y ser en verdad “hijos tuyos” y “hermanos unos de otros”. Te lo pedimos en el nombre de Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro.

(Extractado parcialmente del Servicio “Koinonia”)

 

 

 


 

Este es un servicio de la Comunidad de Vida Cristiana de Chile: CVX