EVANGELIO DE SAN MARCOS

Contenidos

  1. 1 CAPITULO 1.
    1. 1.1 Juan el Bautista
    2. 1.2 Bautismo de Jesús
    3. 1.3 Jesús puesto a prueba
    4. 1.4 En Galilea
    5. 1.5 Llama a los primeros discípulos
    6. 1.6 El endemoniado de Cafarnaún
    7. 1.7 Sanaciones
    8. 1.8 La oración de Jesús
    9. 1.9 Sana a un leproso
  2. 2 CAPITULO 2.
    1. 2.1 Sana a un paralítico
    2. 2.2 Llama a Leví: comparte la mesa con pecadores
    3. 2.3 Sobre el ayuno
    4. 2.4 El sábado
  3. 3 CAPITULO 3.
    1. 3.1 El hombre de la mano paralizada
    2. 3.2 La muchedumbre sigue a Jesús
    3. 3.3 Los doce apóstoles
    4. 3.4 Sus parientes lo buscan
    5. 3.5 Jesús y Satanás
    6. 3.6 La madre y los hermanos de Jesús
  4. 4 CAPITULO 4.
    1. 4.1 Parábola del sembrador
    2. 4.2 Otras parábolas y comparaciones
    3. 4.3 La tempestad calmada
  5. 5 CAPITULO 5.
    1. 5.1 El endemoniado de Gerasa
    2. 5.2 Dos sanaciones de mujeres
  6. 6 CAPITULO 6.
    1. 6.1 En la sinagoga de Nazaret
    2. 6.2 Misión de los doce apóstoles
    3. 6.3 Muerte de Juan el Bautista
    4. 6.4 Da de comer a cinco mil
    5. 6.5 Camina sobre el agua
    6. 6.6 Sanaciones en Genesaret
  7. 7 CAPITULO 7.
    1. 7.1 La tradición
    2. 7.2 La verdadera pureza
    3. 7.3 La mujer cananea
    4. 7.4 El sordomudo
  8. 8 CAPITULO 8
    1. 8.1 Da de comer a cuatro mil
    2. 8.2 Una señal celeste
    3. 8.3 Ceguera de los discípulos
    4. 8.4 El ciego de Betsaida
    5. 8.5 Confesión de Pedro
    6. 8.6 Primer anuncio de la pasión y resurrección
  9. 9 CAPITULO 9.
    1. 9.1 Transfiguración de Jesús
    2. 9.2 El niño epiléptico
    3. 9.3 Segundo anuncio de la pasión y resurrección
    4. 9.4 Instrucción comunitaria
  10. 10 CAPITULO 10.
    1. 10.1 Sobre el divorcio
    2. 10.2 Bendice a unos niños
    3. 10.3 El joven rico
    4. 10.4 Tercer anuncio de la pasión y resurrección
    5. 10.5 Contra la ambición
  11. 11 CAPITULO 11.
    1. 11.1 Entrada triunfal en Jerusalén
    2. 11.2 Maldice la higuera
    3. 11.3 Purifica el Templo
    4. 11.4 La higuera seca
    5. 11.5 La autoridad de Jesús
  12. 12 CAPITULO 12.
    1. 12.1 Los viñadores malvados
    2. 12.2 El tributo al César
    3. 12.3 Sobre la resurrección
    4. 12.4 El precepto más importante
    5. 12.5 El Mesías y David
    6. 12.6 Invectiva contra los letrados
    7. 12.7 La ofrenda de la viuda
  13. 13 CAPITULO 13.
    1. 13.1 Discurso escatológico: destrucción del Templo
    2. 13.2 La gran tribulación
    3. 13.3 Parábola de los servidores fieles
  14. 14 CAPITULO 14.
    1. 14.1 Complot para matar a Jesús
    2. 14.2 Unción en Betania
    3. 14.3 Traición de Judas
    4. 14.4 Pascua y Eucaristía
    5. 14.5 Anuncio del abandono
    6. 14.6 Oración en el huerto
    7. 14.7 Arresto de Jesús
    8. 14.8 Jesús ante el Consejo
    9. 14.9 Negaciones de Pedro
  15. 15 CAPITULO 15.
    1. 15.1 Jesús ante Pilato
    2. 15.2 La burla de los soldados
    3. 15.3 Muerte de Jesús
    4. 15.4 Sepultura de Jesús
  16. 16 CAPITULO 16.
    1. 16.1 Resurrección de Jesús
    2. 16.2 Epílogo
    3. 16.3 Misión de los discípulos


Contexto histórico. La obra de Marcos nos sitúa en la segunda generación cristiana. El Evangelio ya ha traspasado las fronteras religiosas del mundo judío y se ha abierto también a los paganos, llegando hasta el mismo centro geográfico, económico y político del poder imperial romano: la ciudad de Roma. Allí el cristianismo muy pronto es catalogado como movimiento sospechoso y es duramente perseguido y castigado. En este contexto, probablemente Marcos escribe su evangelio: «la Buena Noticia de Jesús, Mesías. Hijo de Dios» (1,1).

Destinatarios. Una tradición muy antigua los identifica con la comunidad perseguida de Roma en tiempos de Nerón (año 64). Se trataría de una comunidad mayoritariamente de origen pagano, pobre y en crisis, que estaría llamada a dar razón de su fe e identidad tal como la dio su Maestro y Señor en la cruz.
Autor, fecha y lugar de composición. Desde siempre se le ha llamado «según san Marcos», atribuyendo la autoría a un discípulo de Pedro: el mismo Juan Marcos que se nombra en el libro de los Hechos (Hch 12,12.25; 13,13; 15,37.39) y que envía saludos en Col 4,10; Flm 24 y 1 Pe 5,13. Aunque tal atribución no es absolutamente cierta, no hay razones suficientes ni convincentes para negarla. En cuanto a la fecha de su composición, según la tradición, Marcos escribió su evangelio después de la muerte de Pedro (año 64); y según las pistas que nos ofrece su evangelio, antes de la destrucción de Jerusalén en la guerra judío-romana (año 70); por eso, muchos biblistas sugieren como fecha probable los años entre el 65 y 70. En cuanto al lugar de composición, Roma es la hipótesis más aceptada, no sólo porque así lo avala la tradición, sino también por ciertas referencias del mismo evangelio, como la explicación de palabras arameas, las alusiones al sufrimiento y a la persecución, y la relativa frecuencia de palabras y locuciones latinizadas.
    
Un evangelio por mucho tiempo desconocido… y hoy de sorprendente actualidad. Hasta finales del s. XIX apenas se prestó atención al evangelio de Marcos. La tradición de la Iglesia lo había relegado a un segundo plano en comparación con los demás sinópticos, ya sea por su estilo parco:  pobre de vocabulario, monótono y repetitivo; o porque apenas ofrecía nada nuevo que no se encontrase mejor elaborado en Mateo o Lucas. O quizás, porque la misma Iglesia aún no estaba preparada para captar en toda su grandeza descarnada su mensaje inconformista. 
Todo comenzó a cambiar cuando a finales del s. XIX, y sobre todo durante el s. XX, la crítica histórica lo descubrió como el primer y más genuino testimonio escrito sobre el Jesús histórico, en el que se inspiraron tanto Mateo como Lucas. El interés ha ido en aumento hasta nuestros días, al irse desvelando poco a poco la finalidad que perseguía: confrontar a sus lectores con el sorprendente misterio de la identidad de Jesús de Nazaret, un misterio que sigue fascinando al hombre y a la mujer de hoy, tanto como hace 2.000 años.
 
¿Quién es Jesús de Nazaret para Marcos? El tema de su evangelio es la persona de Jesús y la reacción de la gente a su paso. Marcos escribe su evangelio a la luz de la resurrección, pero no abusa de ella; al contrario, pone énfasis en presentar a Jesús crucificado más que resucitado, y a la gente cegada y deslumbrada más que iluminada. 
Ya al principio de su obra declara que Jesús es ante todo «Hijo de Dios» y que el relato de su vida es una «Buena Noticia» (1,1). Complementa esto con una declaración solemne del Padre (1,11), un impulso del Espíritu (1,12), una victoria fulgurante sobre Satanás y una pacificación cósmica –con las fieras– (1,13). Es entonces cuando presenta a Jesús anunciando la inminente llegada del reino de Dios, pero su anuncio provoca una confrontación dramática. A Jesús no lo comprende su familia (3,21) ni sus paisanos (6,1-6), tampoco sus discípulos (4,41; 6,51s). Los fariseos –poder religioso– y los herodianos –poder político– deciden eliminarlo (3,6). Con todo, algunos paganos reconocen su poder (5,18-20; 7,24-30). Los discípulos están ciegos, no comprenden el anuncio de su pasión; pero Jesús, que puede sanar a los ciegos (8,22-26), también puede sanar a sus discípulos. No sería una aberración decir que en este evangelio Jesús no facilita la comprensión de su persona. Manifiesta su poder milagroso, pero a la vez impone silencio; se aleja de los suyos, pero siempre está pendiente de ellos; revela su gloria en la transfiguración, pero impone reserva hasta su resurrección. Marcos evoca una figura desconcertante ante un auditorio desconcertado. 

¿Quién es el seguidor de Jesús para Marcos? Paralelamente al desconcertante misterio de la identidad de Jesús, Marcos desarrolla en su evangelio la no menos desconcertante condición del discípulo; parece como si el primer plano de su narración lo ocupara dicha relación, que se desarrolla como una catequesis progresiva. Siempre están juntos, pues para eso los eligió: «para que convivieran con él» (3,14). Todo lo hace en presencia de ellos. Estos discípulos, en la intención de Marcos, simbolizan a los destinatarios, de aquel entonces y de ahora, a quienes dirige su evangelio. Es esta relación la que estructura el plan de su obra. En la primera parte (1,1–8,30), Jesús va implacablemente desmantelando todas las ideas preconcebidas que tenían de Dios y del Mesías prometido. El trabajo es arduo. No entienden sus parábolas (4,13); tienen miedo ante su poder (4,41); tampoco entienden sus milagros (6,52; 7,37). Parece como si todas sus instrucciones cayeran en saco roto (8,17-21). La sanación del ciego de Betsaida (8,22-26) introduce el comienzo de la sanación de la ceguera de los discípulos, dramatizada en la confesión de Pedro (8,27-30). Ambas escenas ocupan el quicio del evangelio. A partir de entonces, la catequesis de Jesús se centra en la condición sufriente del Mesías, una cruz que debe cargar el discípulo que quiera seguirle (8,34). Les anuncia tres veces su próxima pasión, muerte y resurrección. Ellos siguen sin comprender, pero el camino está ya despejado para que sea su misma muerte silenciosa en la cruz la que desvele definitivamente el misterio de su identidad. Así llega Marcos al punto culminante de su relato, afirmando por boca del centurión: «realmente este hombre era hijo de Dios» (15,39). Su confesión es como la respuesta a la voz del Padre con la que comenzó su evangelio: «Tú eres mi Hijo querido, mi predilecto» (1,11). El centurión representa a Roma, el poder pagano de aquel entonces, que por la cruz alcanza su fe. Pero también representa a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos a quienes Jesús sale a su encuentro, y son invitados a descubrirlo y conocerlo como Hijo de Dios y Salvador del mundo en situaciones de cruz, de muerte y de desesperanza. Para ellos y ellas escribió Marcos su evangelio.

Sinopsis. Inicia el evangelio con una pequeña introducción que prepara a Jesús para su ministerio (1,1-13). Sigue a esta introducción la actividad que realiza en Galilea (1,14–7,23). Tras un intermedio en Fenicia y Cesarea (7,24–8,26), sucede el cambio decisivo, con la confesión de Pedro, la transfiguración, el anuncio de la pasión, y el camino hacia Jerusalén (8,27–10,52). En Jerusalén, Jesús es presentado como profeta y Mesías (11–13), cuyos contenidos y características se desarrollan en el relato de la pasión y resurrección (14,1–16,8). Hasta aquí la obra de Marcos. Posteriormente, alguien le añadió un apéndice (16,9-20) para paliar un poco el final desconcertante del autor.

CAPITULO 1.

Juan el Bautista

(Mt 3,1-12; Lc 3,1-18; cfr. Jn 1,19-28)

1 1 Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías. [Hijo de Dios.]
2 Tal como está escrito en la profecía de Isaías: 
Mira, yo envío por delante 
a mi mensajero 
para que te prepare el camino. 
3  Una voz grita en el desierto: 
Preparen el camino al Señor, 
enderecen sus senderos. 
4 Se presentó Juan en el desierto, bautizando y predicando un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados. 5 Toda la población de Judea y de Jerusalén acudía a él, y se hacía bautizar en el río Jordán, confesando sus pecados. 
6 Juan llevaba un manto hecho de pelo de camello, con un cinturón de cuero en la cintura, y comía saltamontes y miel silvestre. 7 Y predicaba así:
–Detrás de mí viene uno con más autoridad que yo, y yo no soy digno de agacharme para soltarle la correa de sus sandalias. 8 Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con Espíritu Santo.

Bautismo de Jesús

(Mt 3,13-17; Lc 3,21s; cfr. Jn 1,29-34)

9 En aquel tiempo vino Jesús de Nazaret de Galilea y se hizo bautizar por Juan en el Jordán. 10 En cuanto salió del agua, vio el cielo abierto y al Espíritu bajando sobre él como una paloma. 11 Se oyó una voz del cielo que dijo: 
–Tú eres mi Hijo querido, mi predilecto.

Jesús puesto a prueba

(Mt 4,1-11; Lc 4,1-13)

12 Inmediatamente el Espíritu lo llevó al desierto, 13 donde pasó cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía con las fieras y los ángeles le servían.

En Galilea

(Mt 4,12.17; Lc 4,14s)

14 Cuando arrestaron a Juan, Jesús se dirigió a Galilea a proclamar la Buena Noticia de Dios 15 diciendo:
–Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios: arrepiéntanse y crean en la Buena Noticia.

Llama a los primeros discípulos

(Mt 4,18-22; Lc 5,1-11; cfr. Jn 1,35-51)

16 Caminando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés que echaban una red al agua, pues eran pescadores. 17 Jesús les dijo:
–Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres.
18 Inmediatamente, dejando las redes, le siguieron. 
19 Un trecho más adelante vio a Santiago de Zebedeo y a su hermano Juan, que arreglaban las redes en la barca. 20 Los llamó. Ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron con él.

El endemoniado de Cafarnaún

(Lc 4,31-37)

21 Llegaron a Cafarnaún y el sábado siguiente entró en la sinagoga a enseñar. 22 La gente se asombraba de su enseñanza porque les enseñaba con autoridad, no como los letrados. 23 En aquella sinagoga había un hombre poseído por un espíritu inmundo, que gritó:
24 –¿Qué tienes que ver con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres: ¡el Consagrado de Dios!
25 Jesús le increpó:
–¡Calla y sal de él!
26 El espíritu inmundo lo sacudió, dio un fuerte grito y salió de él.
27 Todos se llenaron de estupor y se preguntaban:
–¿Qué significa esto? Es una enseñanza nueva, con autoridad. Hasta a los espíritus inmundos les da órdenes y le obedecen.
28 Su fama se divulgó rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea.

Sanaciones

(Mt 8,14-16; Lc 4,38-41)

29 Después salió de la sinagoga y con Santiago y Juan se dirigió a casa de Simón y Andrés. 30 La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo comunicaron inmediatamente. 31 Él se acercó, la tomó de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. 
32 Al atardecer, cuando se puso el sol, le llevaron toda clase de enfermos y endemoniados. 33 Toda la población se agolpaba a la puerta. 34 Él sanó a muchos enfermos de dolencias diversas y expulsó muchos demonios, pero a éstos no les permitía hablar, porque sabían quién era él.

La oración de Jesús

(Lc 4,42-44)

35 Muy de madrugada se levantó, salió y se dirigió a un lugar despoblado, donde estuvo orando. 36 Simón y sus compañeros salieron tras él 37 y cuando lo alcanzaron, le dijeron:
–Todos te están buscando.
38 Les respondió:
–Vámonos de aquí a los pueblos vecinos, para predicar también allí, pues a eso he venido.
39 Y fue predicando en las sinagogas de toda Galilea y expulsando demonios.

Sana a un leproso

(Mt 8,1-4; Lc 5,12-16)

40 Se le acerca un leproso y [arrodillándose] le suplica:
–Si quieres, puedes sanarme.
41 Él se compadeció, extendió la mano, lo tocó y le dijo:
–Lo quiero, queda sano.
42 Al instante se le fue la lepra y quedó sano. 43 Después lo despidió advirtiéndole enérgicamente:
44 –Cuidado con decírselo a nadie. Ve a presentarte al sacerdote y, para que le conste, lleva la ofrenda de tu sanación establecida por Moisés.
45 Pero él salió y se puso a proclamar y divulgar el hecho, de modo que Jesús no podía presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares despoblados. Y de todas partes acudían a él.

CAPITULO 2.

Sana a un paralítico

(Mt 9,1-8; Lc 5,17-26; cfr. Jn 5,1-18)

2 1 Luego de unos días volvió a Cafarnaún y se corrió la voz de que estaba en casa. 2 Se reunieron tantos, que no quedaba espacio ni siquiera junto a la puerta. Y él les anunciaba la palabra. 3 Llegaron unos llevando un paralítico entre cuatro; 4 y, como no lograban acercárselo por el gentío, levantaron el techo encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla en que yacía el paralítico. 5 Viendo Jesús su fe, dice al paralítico:
–Hijo, tus pecados te son perdonados.
6 Había allí sentados unos letrados que discurrían en su interior:
7 –¿Cómo puede éste hablar así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?
8 Jesús, adivinando lo que pensaban, les dice:
–¿Por qué están pensando eso? 9 ¿Qué es más fácil? ¿Decir al paralítico que se le perdonan sus pecados o decirle que cargue con su camilla y comience a caminar? 10 Pero para que sepan que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados –dice al paralítico–: 11 yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.
12 Se levantó de inmediato, tomó su camilla y salió delante de todos. De modo que todos se asombraron y glorificaban a Dios diciendo: Nunca vimos cosa semejante.

Llama a Leví: 
comparte la mesa con pecadores

(Mt 9,9-13; Lc 5,27-32)

13 Salió de nuevo a la orilla del lago. Toda la gente acudía a él y él les enseñaba. 14 Al pasar vio a Leví de Alfeo, sentado junto a la mesa de recaudación de los impuestos, y le dice:
–Sígueme.
Él se levantó y le siguió.
15 Mientras estaba comiendo en su casa, muchos recaudadores de impuestos y pecadores estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos –porque muchos eran seguidores suyos–. 16 Los letrados del partido fariseo, viéndolo comer con pecadores y recaudadores de impuestos, dijeron a los discípulos:
–¿Por qué come con recaudadores de impuestos y pecadores?
17 Lo oyó Jesús y respondió:
–No tienen necesidad del médico los sanos, sino los enfermos. No vine a llamar a justos, sino a pecadores.

Sobre el ayuno

(Mt 9,14-17; Lc 5,33-39)

18 Un día que los discípulos de Juan y los fariseos estaban de ayuno fueron a decirle a Jesús:
–¿Por qué los discípulos de Juan y de los fariseos ayunan y tus discípulos no ayunan?
19 Jesús les respondió:
–¿Pueden los invitados a la boda ayunar mientras el novio está con ellos? Mientras tienen al novio con ellos no pueden ayunar. 20 Llegará un día en que el novio les será quitado, y aquel día ayunarán. 21 Nadie usa un trozo de tela nueva para remendar un vestido viejo; porque lo añadido tira del vestido viejo, lo nuevo de lo viejo, y la rotura se hace más grande. 22 Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres y se echan a perder odres y vino. A vino nuevo, odres nuevos.

El sábado

(Mt 12,1-8; Lc 6,1-5)

23 Un sábado mientras atravesaba unos campos de trigo, los discípulos se pusieron a arrancar espigas. 24 Los fariseos le dijeron:
–Mira lo que hacen en sábado: ¡Algo prohibido!
Jesús les responde:
25 –¿No han leído lo que hizo David cuando él y sus compañeros pasaban necesidad y estaban hambrientos? 26 Entró en la casa de Dios, siendo sumo sacerdote Abiatar, y comió los panes consagrados, que pueden comer sólo los sacerdotes, y los compartió con sus compañeros.
27 Y añadió:
–El sábado se hizo para el hombre, no el hombre para el sábado. 28 De manera que el Hijo del Hombre es Señor también del sábado.

CAPITULO 3.

El hombre de la mano paralizada

(Mt 12,9-16; Lc 6,6-11)

3 1 Entró otra vez en la sinagoga, donde había un hombre que tenía la mano paralizada. 2 Los fariseos lo vigilaban para ver si lo sanaba en sábado, con intención de acusarlo. 3 Dijo Jesús al hombre de la mano paralizada:
–Ponte en medio.
4 Y les preguntó a ellos:
–¿Qué está permitido en sábado? ¿Hacer el bien o el mal? ¿Salvar la vida o dar muerte?
Ellos callaban. 5 Entonces Jesús los miró indignado, aunque entristecido por la dureza de sus corazones y dijo al hombre:
–Extiende la mano.
El hombre la extendió y la mano quedó sanada. 6 Los fariseos salieron inmediatamente y deliberaron con los herodianos cómo acabar con él.

La muchedumbre sigue a Jesús

(Mt 4,23-25; Lc 6,17-19)

7 Jesús se retiró con sus discípulos junto al lago. Le seguía una multitud desde Galilea, Judea, 8 Jerusalén, Idumea, Transjordania y del territorio de Tiro y Sidón. Una multitud, al oír lo que hacía, acudía a él. 9 Entonces dijo a los discípulos que le tuvieran preparada una barca, para que el gentío no lo apretujase. 10 Ya que, como sanaba a muchos, los que sufrían achaques se le tiraban encima para tocarlo. 11 Los espíritus inmundos al verlo caían a sus pies gritando: ¡Tú eres el Hijo de Dios! 12 Y los reprendía severamente para que no lo descubrieran.

Los doce apóstoles

(Mt 10,2-4; Lc 6,12-16; cfr. Hch 1,13)

13 Subió a la montaña, fue llamando a los que él quiso y se fueron con él. 14 Nombró a doce [a quienes llamó apóstoles] para que convivieran con él y para enviarlos a predicar 15 con poder para expulsar demonios.
16 [Nombró, pues, a los Doce]. A Simón lo llamó Pedro; 17 a Santiago de Zebedeo y a su hermano Juan, a quienes llamó Boanerges –que significa hijos del trueno–; 18 Andrés y Felipe; Bartolomé y Mateo; Tomás, Santiago de Alfeo y Tadeo; Simón el cananeo 19 y Judas Iscariote, el que también le traicionó.

Sus parientes lo buscan


20 Entró en la casa, y se reunió tal gentío que no podían ni comer.
21 Sus familiares, que lo oyeron, salieron a calmarlo, porque decían que estaba fuera de sí.

Jesús y Satanás

(Mt 12,22-32; Lc 11,14-23; 12,10)

22 Los letrados que habían bajado de Jerusalén decían:
–Lleva dentro a Belcebú y expulsa los demonios con el poder del jefe de los demonios.
23 Él los llamó y por medio de comparaciones les explicó:
–¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? 24 Un reino dividido internamente no puede subsistir. 25 Una casa dividida internamente no puede mantenerse. 26 Si Satanás se levanta contra sí mismo y se divide, no puede subsistir, más bien va camino de su fin. 27 Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y llevarse sus cosas si primero no lo ata. Después podrá saquear la casa. 
28 Les aseguro que a los hombres se les pueden perdonar todos los pecados y las blasfemias que pronuncien. 29 Pero el que blasfeme contra el Espíritu jamás tendrá perdón; será culpable para siempre.
30 Jesús dijo esto porque ellos decían que tenía dentro un espíritu inmundo.

La madre y los hermanos de Jesús

(Mt 12,46-50; Lc 8,19-21)

31 Fueron su madre y sus hermanos, se detuvieron fuera y lo mandaron a llamar. 32 La gente estaba sentada en torno a él y le dijeron:
–Mira, tu madre y tus hermanos [y hermanas] están fuera y te buscan.
33 Él les respondió:
–¿Quién es mi madre y mis hermanos?
34 Y mirando a los que estaban sentados en círculo alrededor de él, dice:
–Miren, éstos son mi madre y mis hermanos. 35 Porque el que haga la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.

CAPITULO 4.

Parábola del sembrador

(Mt 13,1-23; Lc 8,4-15)

4 1 En otra ocasión se puso a enseñar a orillas del lago. Se reunió junto a él tal gentío que tuvo que subirse a una barca que estaba en el agua; se sentó mientras la gente estaba en tierra junto al lago. 2 Les enseñaba muchas cosas con parábolas, esto es lo que les decía:
–3 ¡Escuchen con atención! Salió un sembrador a sembrar. 4 Al sembrar, unas semillas cayeron junto al camino; vinieron las aves y se las comieron. 5 Otras cayeron en terreno pedregoso con poca tierra. Al faltarles profundidad brotaron enseguida; 6 pero, al salir el sol se marchitaron, y como no tenían raíces se secaron. 7 Otras cayeron entre espinos: crecieron los espinos y las ahogaron, y no dieron fruto. 8 Otras cayeron en tierra fértil: brotaron, crecieron y dieron fruto; produjeron: unas treinta, otras sesenta, otras cien. 9 Y añadió: El que tenga oídos para oír que escuche.
10 Cuando se quedó a solas, los que le seguían junto con los Doce le preguntaron acerca de las parábolas. 11 Él les decía:
–A ustedes se les comunica el secreto del reino de Dios; pero a los de fuera todo se les propone en parábolas 12 de modo que:
por más que miren, no vean; 
por más que escuchen, 
no comprendan; 
no sea que se conviertan 
y sean perdonados.
13 Y les añadió:
–Si no entienden esta parábola, ¿cómo van a entender las restantes?
14 El que siembra, siembra la palabra. 15 Unos son los que están junto al camino donde se siembra la palabra; en cuanto la escuchan, llega Satanás y se lleva la palabra sembrada. 
16 Otros son como lo sembrado en terreno pedregoso: cuando escuchan la palabra, la reciben con gozo; 17 pero no tienen raíces, son inconstantes. Llega una tribulación o persecución por causa de la palabra, e inmediatamente fallan. 
18 Otros son como la semilla que cae entre espinos: escuchan la palabra, 19 pero las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y los demás deseos ahogan la palabra y no la dejan dar fruto. 
20 Y otros son lo sembrado en tierra fértil: escuchan la palabra, la reciben y dan fruto al treinta o sesenta o ciento por uno.

Otras parábolas y comparaciones

(Mt 5,15; Lc 8,16s; 11,33)

21 Les decía:
–¿Se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón o debajo de la cama? ¿No se coloca en el candelero? 22 Nada hay oculto que no se descubra, nada encubierto que no se divulgue. 23 El que tenga oídos para oír que escuche.

(Mt 7,2; 13,12; Lc 8,18)

24 Les decía también:
–Tengan cuidado con lo que oyen: la medida con que midan la usarán con ustedes, y aún más. 25 Porque al que tiene se le dará; pero al que no tiene se le quitará aun lo que tiene.
26 Les decía:
–El reino de Dios es como un hombre que sembró un campo: 27 de noche se acuesta, de día se levanta, y la semilla germina y crece sin que él sepa cómo. 28 La tierra por sí misma produce fruto: primero el tallo, luego la espiga, y después el grano en la espiga. 29 En cuanto el grano madura, mete la hoz, porque ha llegado la cosecha.

(Mt 13,31s; Lc 13,18s)

30 Decía también:
–¿Con qué compararemos el reino de Dios? ¿Con qué parábola lo explicaremos? 31 Con una semilla de mostaza: cuando se siembra en tierra es la más pequeña de las semillas; 32 después de sembrada crece y se hace más alta que las demás hortalizas, y echa ramas tan grandes que las aves pueden anidar a su sombra.

(Mt 13,34)
33 Con muchas parábolas semejantes les exponía la palabra adaptándola a la capacidad de sus oyentes. 34 Sin parábolas no les exponía nada; pero aparte, a sus discípulos les explicaba todo.

La tempestad calmada

(Mt 8,23-27; Lc 8,22-25)

35 Aquel día al atardecer les dijo:
–Pasemos a la otra orilla.
36 Ellos despidieron a la gente y lo recogieron en la barca tal como estaba; otras barcas lo acompañaban. 37 Se levantó un viento huracanado, las olas rompían contra la barca que se estaba llenando de agua. 38 Él dormía en la popa sobre un cojín. Lo despiertan y le dicen:
–Maestro, ¿no te importa que naufraguemos?
39 Él se levantó, increpó al viento y ordenó al lago:
–¡Calla, enmudece!
El viento cesó y sobrevino una gran calma. 40 Y les dijo:
–¿Por qué son tan cobardes? ¿Aún no tienen fe?
41 Llenos de temor se decían unos a otros:
–¿Quién es éste, que hasta el viento y el lago le obedecen?


CAPITULO 5.

El endemoniado de Gerasa

(Mt 8,28-34; Lc 8,26-39)

5 1 Pasaron a la otra orilla del lago, al territorio de los gerasenos. 2 Al desembarcar, le salió al encuentro desde un cementerio, un hombre poseído por un espíritu inmundo. 3 Habitaba en los sepulcros. Nadie podía sujetarlo, ni con cadenas; 4 en muchas ocasiones lo habían sujetado con cadenas y grillos y él los había roto. Y nadie podía con él. 5 Se pasaba las noches y los días en los sepulcros o por los montes, dando gritos y golpeándose con piedras.
6 Al ver de lejos a Jesús, se puso a correr, se postró ante él y, 7 dando un fuerte grito, dijo:
–¿Qué tienes conmigo, Hijo del Dios Altísimo? ¡Por Dios te conjuro que no me atormentes! 8 –Porque Jesús le había dicho: ¡Espíritu inmundo, sal de este hombre!–.
9 Luego le preguntó:
–¿Cómo te llamas?
Contestó:
–Me llamo Legión, porque somos muchos.
10 Y le suplicaba con insistencia que no los echase de la región. 11 Había allí una gran piara de cerdos pastando en la ladera del monte.
12 Le suplicaron:
–Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos.
13 Jesús se lo concedió. Entonces los espíritus inmundos salieron y se metieron en los cerdos. La piara, unos dos mil, se lanzó por un acantilado al lago y se ahogaron en el agua.
14 Los pastores huyeron, y lo contaron en la ciudad y en los campos; y la gente fue a ver lo que había sucedido. 15 Se acercaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido dentro una legión, sentado, vestido y en su sano juicio; y se asustaron. 16 Los testigos les explicaban lo que había pasado con el endemoniado y los cerdos. 17 Y empezaron a suplicarle que se marchase de su territorio.
18 Cuando se embarcaba, el hombre que había tenido el espíritu impuro le pidió que le permitiese acompañarlo. 19 Pero Jesús no se lo permitió, sino que le dijo:
–Vete a tu casa y a los tuyos y cuéntales todo lo que el Señor, por su misericordia, ha hecho contigo.
20 Se fue y se puso a proclamar por la región de Decápolis lo que Jesús había hecho con él, y todos se maravillaban.

Dos sanaciones de mujeres

(Mt 9,18-26; Lc 8,40-56)

21 Jesús atravesó, de nuevo [en barca], a la otra orilla, y se reunió junto a él un gran gentío. Estando a la orilla del lago, 22 llega un jefe de la sinagoga llamado Jairo, y al verlo se postra a sus pies 23 y le suplica insistentemente:
–Mi hijita está agonizando. Ven y pon las manos sobre ella para que sane y conserve la vida.
24 Se fue con él. Le seguía un gran gentío que lo apretaba por todos lados.
25 Había una mujer que llevaba doce años padeciendo hemorragias; 26 había sufrido mucho en manos de médicos, se había gastado su fortuna sin mejorar, y al contrario había empeorado. 27 Oyendo hablar de Jesús, se mezcló en el gentío, y por detrás le tocó el manto. 28 Porque pensaba: Con sólo tocar su manto, quedaré sana. 29 Al instante desapareció la hemorragia, y sintió en su cuerpo que había quedado sana. 30 Jesús, consciente de que una fuerza había salido de él, se volvió entre la gente y preguntó:
–¿Quién me ha tocado el manto?
31 Los discípulos le decían:
–Ves que la gente te está apretujando, y preguntas ¿quién te ha tocado?
32 Él miraba alrededor para descubrir quién lo había tocado.
33 La mujer, asustada y temblando, porque sabía lo que le había pasado, se acercó, se postró ante él y le confesó toda la verdad.
34 Él le dijo:
–Hija, tu fe te ha sanado. Vete en paz y sigue sana de tu dolencia.
35 Aún estaba hablando cuando llegan los enviados del jefe de la sinagoga para decirle:
–Tu hija ha muerto. No sigas molestando al Maestro.
36 Jesús, escuchando lo que hablaban, dijo al jefe de la sinagoga:
–No temas, basta que tengas fe.
37 No permitió que lo acompañase nadie, salvo Pedro, Santiago y su hermano Juan. 38 Llegan a casa del jefe de la sinagoga, ve el alboroto y a los que lloraban y gritaban sin parar. 39 Entra y les dice:
–¿A qué viene este alboroto y esos llantos? La muchacha no está muerta, sino dormida.
40 Se reían de él. Pero él, echando afuera a todos, tomó al padre, a la madre y a sus compañeros y entró adonde estaba la muchacha. 41 Agarrando a la muchacha de la mano, le dice:
Talitha qum –que significa: Chiquilla, te lo digo a ti, ¡levántate!–. 
42 Al instante la muchacha se levantó y se puso a caminar –tenía doce años–. Ellos quedaron fuera de sí del asombro. 43 Entonces les encargó encarecidamente que nadie lo supiese. Después dijo que le dieran de comer.


CAPITULO 6.

En la sinagoga de Nazaret

(Mt 13,53-58; Lc 4,16.22-30)

6 1 Saliendo de allí, se dirigió a su ciudad acompañado de sus discípulos. 2 Un sábado se puso a enseñar en la sinagoga y la multitud que lo escuchaba comentaba asombrada:
–¿De dónde saca éste todo eso? ¿Qué clase de sabiduría se le ha dado, que tamaños milagros realiza con sus manos? 3 ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago y José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas?
Y esto era para ellos un obstáculo. 4 Jesús les decía:
–A un profeta sólo lo desprecian en su patria, entre sus parientes y en su casa.
5 Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de sanar a unos pocos enfermos a quienes impuso las manos. 6 Y se asombraba de su incredulidad. Después recorría los pueblos vecinos enseñando.

Misión de los doce apóstoles

(Mt 10,1.7-15; Lc 9,1-6; 10,4-12)

7 Llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. 8 Les encargó que no llevaran más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero en la faja, 9 que fueran calzados con sandalias pero que no llevaran para el camino dos túnicas.
10 Les decía:
–Cuando entren en una casa, quédense allí hasta que se marchen. 11 Si en un lugar no los reciben ni los escuchan, salgan de allí y sacudan el polvo de los pies como protesta contra ellos.
12 Se fueron y predicaban que se arrepintieran; 13 expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los sanaban.

Muerte de Juan el Bautista

(Mt 14,1s; Lc 9,7-9)

14 El rey Herodes se enteró, porque la fama de Jesús se divulgaba, y pensaba que Juan el Bautista había resucitado de entre los muertos y por eso tenía poderes milagrosos. 15 Pero otros decían que era Elías y otros que era un profeta como los clásicos.
16 Herodes lo oyó y dijo:
–Juan, a quien yo hice decapitar, ha resucitado.

(Mt 14,3-5; Lc 3,19s)

17 Herodes había mandado arrestar a Juan y lo había encarcelado, por instigación de Herodías, esposa de su hermano Felipe, con la que se había casado. 18 Juan le decía a Herodes que no le era lícito tener a la mujer de su hermano. 19 Herodías le tenía rencor y quería darle muerte; pero no podía, 20 porque Herodes respetaba a Juan; sabiendo que era hombre honrado y santo, lo protegía; hacía muchas cosas aconsejado por él y lo escuchaba con agrado.

(Mt 14,6-12) 

21 Llegó la oportunidad cuando, para su cumpleaños, Herodes ofreció un banquete a sus dignatarios, sus comandantes y a la gente principal de Galilea. 22 Entró la hija de Herodías, bailó y gustó a Herodes y a los convidados. El rey dijo a la muchacha:
–Pídeme lo que quieras, que te lo daré.
23 Y juró:
–Aunque me pidas la mitad de mi reino, te lo daré.
24 Ella salió y preguntó a su madre:
–¿Qué le pido?
Le respondió:
–La cabeza de Juan el Bautista.
25 Entró enseguida, se acercó al rey y le pidió:
–Quiero que me des inmediatamente, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.
26 El rey se puso muy triste; pero, por el juramento y por los convidados, no quiso contrariarla.
27 Y despachó inmediatamente a un verdugo con orden de traer la cabeza de Juan. El verdugo fue y lo decapitó en la prisión, 28 trajo en una bandeja la cabeza y se la entregó a la muchacha; ella se la entregó a su madre. 29 Sus discípulos, al enterarse, fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.

Da de comer a cinco mil

(Mt 14,13-22; Lc 9,10-17; cfr. Jn 6,1-15)

30 Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. 31 Él les dice:
–Vengan ustedes solos, a un paraje despoblado, a descansar un rato. Porque los que iban y venían eran tantos, que no les quedaba tiempo ni para comer. 32 Así que se fueron solos en barca a un paraje despoblado. 33 Pero muchos los vieron marcharse y se dieron cuenta. De todos los poblados fueron corriendo a pie hasta allá y se les adelantaron. 34 Al desembarcar, vio un gran gentío y sintió lástima, porque eran como ovejas sin pastor. Y se puso a enseñarles muchas cosas. 35 Como se hacía tarde, los discípulos fueron a decirle:
–El lugar es despoblado y ya es muy tarde; 36 despídelos para que vayan a los campos y a los pueblos vecinos a comprar algo para comer.
37 Él les respondió:
–Denle ustedes de comer.
Ellos respondieron:
–Tendríamos que comprar pan por doscientos denarios para darles de comer.
38 Les contestó:
–¿Cuántos panes tienen? Vayan a ver.
Lo averiguaron y le dijeron:
–Cinco panes y dos pescados.
39 Ordenó que los hicieran recostarse en grupos sobre la hierba verde. 40 Se sentaron en grupos de cien y de cincuenta. 41 Tomó los cinco panes y los dos pescados, alzó la vista al cielo, bendijo los panes y los partió y se los fue dando a los discípulos para que los sirvieran; y repartió los pescados entre todos. 42 Comieron todos y quedaron satisfechos. 43 Recogieron las sobras de los panes y los pescados y llenaron doce canastas. 44 Los que comieron [los panes] eran cinco mil hombres. 
45 Enseguida obligó a sus discípulos a que se embarcaran y lo precedieran a la otra orilla, a Betsaida, mientras él despedía a la gente.

Camina sobre el agua

(Mt 14,23-33; cfr. Jn 6,16-21)

46 Después de despedirse, subió al monte a orar. 47 Anochecía y la barca estaba en medio del lago y él solo en la costa. 48 Viéndolos fatigados de remar, porque tenían viento contrario, hacia la madrugada se acerca a ellos caminando sobre el agua, intentando adelantarlos. 49 Al verlo caminar sobre el lago, creyeron que era un fantasma y dieron un grito, 50 porque todos lo habían visto y estaban asustados. Pero él inmediatamente les habló y les dijo:
–¡Tranquilícense! Soy yo, no teman.
51 Subió a la barca con ellos y el viento cesó. Ellos estaban [absolutamente] asombrados; 52 ya que no habían entendido lo de los panes, porque tenían la mente cerrada.

Sanaciones en Genesaret

(Mt 14,34-36)

53 Terminada la travesía, tocaron tierra en Genesaret y atracaron.
54 Cuando desembarcaron, la gente lo reconoció. 55 Recorriendo toda la región, le fueron llevando en camillas todos los enfermos, hasta el lugar donde habían oído que se encontraba. 56 En cualquier pueblo o ciudad por donde pasaba, colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejara tocar al menos el borde de su manto, y los que lo tocaban se sanaban.

CAPITULO 7.

La tradición

(Mt 15,1-9)

7 1 Se reunieron junto a él los fariseos y algunos letrados venidos de Jerusalén. 2 Vieron que algunos de sus discípulos tomaban alimentos con manos impuras, es decir, sin lavárselas. 3  –Es que los fariseos y los judíos, en general, no comen sin antes lavarse cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de los mayores; 4 cuando vuelven del mercado, no comen sin antes lavarse; y observan otras muchas reglas tradicionales, como el lavado de copas, jarras y ollas–. 5 De modo que los fariseos y los letrados le preguntaron:
–¿Por qué no siguen tus discípulos la tradición de los mayores, sino que comen con manos impuras?
6 Les respondió:
–Qué bien profetizó Isaías de la hipocresía de ustedes cuando escribió: 
Este pueblo 
me honra con los labios, 
pero su corazón está lejos de mí; 
7  el culto que me dan es inútil, 
ya que la doctrina que enseñan 
son preceptos humanos.
8 Ustedes descuidan el mandato de Dios y mantienen la tradición de los hombres. 9 Y añadió:
–Dejan de lado el mandato de Dios para mantener su propia tradición. 10 Pues Moisés dijo: Sustenta a tu padre y a tu madre, y también: El que abandona a su padre o su madre debe ser condenado a muerte. 11 Ustedes en cambio dicen: Si uno comunica a su padre o su madre que la ayuda que debía darles es qorbán –es decir, ofrenda sagrada–, 12 entonces le está permitido no ayudarlos. 13 Y así invalidan el precepto de Dios en nombre de su tradición. Y como ésas hacen muchas otras cosas.

La verdadera pureza

(Mt 15,10-20)

14 Llamando de nuevo a la gente, les decía:
–Escuchen todos y entiendan. 15 No hay nada afuera del hombre que, al entrar en él, pueda contaminarlo. Lo que lo hace impuro, es lo que sale de él. 16  [[El que tenga oídos para oír que escuche.]]
17 Cuando se apartó de la gente y entró en casa, le preguntaban los discípulos el sentido de la comparación. 18 Y él les dice:
–¿Conque también ustedes siguen sin entender? ¿No comprenden que lo que entra en el hombre desde afuera no puede contaminarlo, 19 porque no le entra en el corazón, sino en el vientre y después es expulsado del cuerpo? –Con lo cual declaraba puros todos los alimentos–. 20 Y les añadía:
–Lo que sale del hombre es lo que contamina al hombre. 21 De dentro, del corazón del hombre salen los malos pensamientos, fornicación, robos, asesinatos, 22 adulterios, codicia, malicia, fraude, desenfreno, envidia, blasfemia, arrogancia, desatino. 23 Todas esas maldades salen de dentro y contaminan al hombre.

La mujer cananea

(Mt 15,21-28)

24 Desde allí se puso en camino y se dirigió a la región de Tiro. Entró en una casa con intención de pasar inadvertido pero no logró ocultarse. 25 Una mujer que tenía a su hija poseída por un espíritu inmundo se enteró de su llegada, acudió y se postró a sus pies. 26 La mujer era pagana, natural de la Fenicia siria. Le pedía que expulsase de su hija al demonio. 27 Jesús le respondió:
–Deja que primero se sacien los hijos. No está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos.
28 Ella replicó:
–Señor, también los perritos, debajo de la mesa, comen de las migas que dejan caer los niños.
29 Le dijo:
–Por eso que has dicho, puedes irte, que el demonio ha salido de tu hija.
30 Se volvió a su casa y encontró a la hija acostada en la cama; el demonio había salido.

El sordomudo


31 Después salió de la región de Tiro, pasó por Sidón y se dirigió al lago de Galilea atravesando los montes de Decápolis. 32 Le llevaron un hombre sordo y tartamudo y le suplicaban que pusiera las manos sobre él. 33 Lo tomó, lo apartó de la gente y, a solas, le metió los dedos en los oídos; después le tocó la lengua con saliva; 34 levantó la vista al cielo, suspiró y le dijo:
–Effatá –que significa ábrete–.
35 [Al momento] se le abrieron los oídos, se le soltó el impedimento de la lengua y hablaba normalmente. 36 Les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más insistía, más lo pregonaban. 37 Estaban llenos de admiración y comentaban: Todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

CAPITULO 8

Da de comer a cuatro mil

(Mt 15,32-39)

8 1 En aquellos días se reunió otra vez mucha gente y no tenían qué comer. Llama a los discípulos y les dice:
2 –Me da lástima esta gente, ya llevan tres días junto a mí y no tienen qué comer. 3 Si los despido a casa en ayunas, desfallecerán por el camino; y algunos han venido de lejos.
4 Le contestaron los discípulos:
–Aquí, en este despoblado, ¿de dónde sacaríamos panes para alimentar a éstos?
5 Les pregunta:
–¿Cuántos panes tienen?
Respondieron:
–Siete.
6 Ordenó a la gente que se sentara en el suelo. Tomó los siete panes, dio gracias, los partió y se los dio a los discípulos para que los sirvieran. Ellos los sirvieron a la gente. 7 Tenían también unos pocos pescaditos. Los bendijo y mandó que los sirvieran. 8 Comieron hasta quedar satisfechos, y recogieron las sobras en siete canastas. 9 Eran unos cuatro mil.
Los despidió 10 y enseguida embarcó con los discípulos y se dirigió al territorio de Dalmanuta.

Una señal celeste

(Mt 16,1-4; Lc 12,54-56)

11 Salieron los fariseos y se pusieron a discutir con él, pidiéndole, para ponerlo a prueba, una señal del cielo. 12 Suspiró profundamente y dijo:
–¿Para qué pide una señal esta generación? Les aseguro que a esta generación no se le dará una señal.

Ceguera de los discípulos

(Mt 16,5-12)

13 Dejándolos, se embarcó de nuevo y pasó a la otra orilla. 14 Se habían olvidado de llevar pan y sólo tenían un pan en la barca. 15 Él les daba esta recomendación:
–¡Estén atentos! Cuídense de la levadura de los fariseos y de la de Herodes.
16 Ellos discutían porque no tenían pan.
17 Cayendo en la cuenta, Jesús les dice:
–¿Por qué discuten que no tienen pan? ¿Todavía no entienden ni comprenden? ¿Tienen acaso la mente cerrada? 18 Tienen ojos, ¿ y no ven?; tienen oídos, ¿y no oyen? ¿No se acuerdan? 19 Cuando repartí los cinco panes entre los cinco mil, ¿cuántas canastas llenas de sobras recogieron?
Le contestan:
–Doce.
20 –Y cuando repartí los siete panes entre cuatro mil, ¿cuántos canastos de sobras recogieron?
Responden:
–Siete.
21 Entonces les dijo:
–¿Todavía no comprenden?

El ciego de Betsaida


22 Cuando llegaron a Betsaida, le llevaron un ciego y le pidieron que lo tocase. 23 Tomando al ciego de la mano, lo sacó a las afueras del pueblo, luego de ponerle saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó:
–¿Ves algo?
24 El ciego que iba recobrando la vista dijo:
–Veo hombres; los veo como árboles, pero caminando.
25 De nuevo le impuso las manos a los ojos. Él afinó la mirada, fue sanado y distinguía todo de lejos perfectamente. 26 Jesús lo envió a casa y le dijo:
–¡No se te ocurra entrar en el pueblo!

Confesión de Pedro

(Mt 16,13-20; Lc 9,18-21; cfr. Jn 6,67-71)

27 Jesús emprendió el viaje con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Felipe. Por el camino preguntó a los discípulos:
–¿Quién dicen los hombres que soy yo?
28 Le respondieron:
–Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que uno de los profetas.
29 Él les preguntó a ellos:
–Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?
Respondió Pedro:
–Tú eres el Mesías.
30 Entonces les ordenó que a nadie hablasen de ello.

Primer anuncio 
de la pasión y resurrección

(Mt 16,21-28; Lc 9,22-27)

31 Y empezó a explicarles que el Hijo del Hombre tenía que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los letrados, sufrir la muerte y luego de tres días resucitar. 32 Les hablaba con franqueza. Pedro se lo llevó aparte y se puso a reprenderlo. 33 Pero él se volvió y, viendo a los discípulos, dice a Pedro:
–¡Retírate, Satanás! Tus pensamientos son los de los hombres, no los de Dios.
34 Y llamando a la gente con los discípulos, les dijo:
–El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. 35 El que quiera salvar su vida, la perderá; quien la pierda por mí y por la Buena Noticia, la salvará. 36 ¿De qué le vale al hombre ganar todo el mundo si pierde su vida?, 37 ¿qué precio pagará el hombre por su vida?
38 Si uno se avergüenza de mí y de mis palabras ante esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre y acompañado de sus santos ángeles.

CAPITULO 9.

9 1 Y les añadió:
–Les aseguro que algunos de los que están aquí presentes no sufrirán la muerte antes de ver llegar el reino de Dios con poder.

Transfiguración de Jesús

(Mt 17,1-13; Lc 9,28-36)

2 Seis días más tarde tomó Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan y se los llevó aparte a una montaña elevada. Delante de ellos se transfiguró: 3 su ropa se volvió de una blancura resplandeciente, tan blanca como nadie en el mundo sería capaz de blanquearla. 4 Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús. 5 Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús:
–Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a armar tres carpas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías 6 –No sabía lo que decía, porque estaban llenos de miedo–. 
7 Entonces vino una nube que les hizo sombra, y salió de ella una voz:
–Éste es mi Hijo querido. Escúchenlo.
8 De pronto miraron a su alrededor y no vieron más que a Jesús solo con ellos. 9 Mientras bajaban de la montaña les encargó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. 10 Ellos cumplieron aquel encargo pero se preguntaban qué significaría resucitar de entre los muertos.
11 Y le preguntaron:
–¿Por qué dicen los letrados que primero tiene que venir Elías?
12 Él les respondió:
–Elías vendrá primero y restaurará todo. Pero, ¿por qué está escrito que el Hijo del Hombre ha de padecer mucho y ser despreciado? 13 Yo les digo que Elías ya vino y lo trataron a su antojo, tal como está escrito.

El niño epiléptico

(Mt 17,14-21; Lc 9,37-43)

14 Cuando volvieron adonde estaban los discípulos, vieron un gran gentío y unos letrados discutiendo con ellos. 15 En cuanto la gente lo vio, quedaron sorprendidos y corrieron a saludarlo. 16 Él les preguntó: 
–¿De qué están discutiendo?
17 Uno de la gente le contestó:
–Maestro, te he traído a mi hijo, poseído por un espíritu que lo deja mudo. 18 Cada vez que lo ataca, lo tira al suelo; él echa espuma por la boca, rechina los dientes y se queda rígido. Dije a tus discípulos que lo expulsaran y no han podido.
19 Él les contestó:
–¡Qué generación incrédula! ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganmelo.
20 Se lo llevaron; y, en cuanto el espíritu lo vio, sacudió al muchacho que cayó a tierra y se revolcaba echando espuma por la boca. 21 Jesús preguntó al padre:
–¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto?
Contestó:
–Desde niño. 22 Y muchas veces lo tira al agua o al fuego para acabar con él. Por eso, si puedes hacer algo, ten piedad de nosotros y ayúdanos.
23 Jesús le respondió:
–¿Que si puedo? Todo es posible para quien cree.
24 Inmediatamente el padre del muchacho exclamó:
–Creo; pero ayuda mi falta de fe.
25 Viendo Jesús que la gente se agolpaba sobre ellos, reprendió al espíritu inmundo:
–Espíritu sordo y mudo, yo te lo ordeno, sal de él y no vuelvas a entrar en él.
26 Dando un grito y sacudiéndolo, salió.
El muchacho quedó como un cadáver, tanto que muchos decían que estaba muerto. 27 Pero Jesús, tomándolo de la mano, lo levantó y el muchacho se puso en pie. 
28 Cuando Jesús entró en casa, los discípulos le preguntaban aparte:
–¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?
29 Respondió:
–Esa clase sólo sale a fuerza de oración.

Segundo anuncio 
de la pasión y resurrección

(Mt 17,22s; Lc 9,44s)

30 Desde allí fueron recorriendo Galilea, y no quería que nadie lo supiese. 31 A los discípulos les explicaba:
–El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de hombres que le darán muerte; después de morir, pasando tres días, resucitará.
32 Ellos, aunque no entendían el asunto, no se atrevían a hacerle preguntas.

Instrucción comunitaria

(Mt 18,1-5; Lc 9,46-48)

33 Llegaron a Cafarnaún y, ya en casa, les preguntó:
–¿De qué hablaban por el camino?
34 Se quedaron callados, porque por el camino habían estado discutiendo quién era el más grande. 35 Se sentó, llamó a los Doce, y les dijo:
–El que quiera ser el primero, que se haga el último y el servidor de todos.
36 Después llamó a un niño, lo colocó en medio de ellos, lo acarició y les dijo:
37 –Quien reciba a uno de estos niños en mi nombre, a mí me recibe. Quien me recibe a mí, no es a mí a quién recibe, sino al que me envió.

(Lc 9,49s)

38 Juan le dijo:
–Maestro, vimos a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo, porque no nos sigue. 39 Jesús respondió:
–No se lo impidan. Aquel que haga un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. 40 Quien no está contra nosotros, está a nuestro favor.

(Mt 10,42)

41 Quien les dé a beber un vaso de agua en atención a que ustedes pertenecen al Mesías les aseguro que no quedará sin recompensa.

(Mt 18,6-9; Lc 17,1s)

42 Si alguien escandaliza a uno de estos pequeños que creen [en mí], más le valdría que le atasen una piedra de molino en el cuello y lo arrojaran al mar. 
43 Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtatela. Más te vale entrar manco en la vida que con las dos manos ir a parar al infierno, al fuego inextinguible. 44  [[Donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.]] 45 Si tu pie es para ti ocasión de pecado, córtatelo. Más te vale entrar cojo en la vida que con los dos pies ser arrojado al infierno. 46  [[Donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.]] 47 Si tu ojo es para ti ocasión de pecado, sácatelo. Más te vale entrar con un solo ojo en el reino de Dios que con los dos ojos ser arrojado al infierno, 48 donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.

(Mt 5,13; Lc 14,34s).

49 Todos serán sazonados al fuego. 50 La sal es buena; pero si la sal pierde el sabor, ¿con qué la sazonarán? Ustedes tengan sal y estén en paz con los demás.

CAPITULO 10.

Sobre el divorcio

(Mt 19,1-12)

10 1 Desde allí se encaminó al territorio de Judea, al otro lado del Jordán. De nuevo se acercó a él una multitud y, según su costumbre, les enseñaba. 2 Llegaron unos fariseos y, para ponerlo a prueba, le preguntaron:
–¿Puede un hombre separarse de su mujer?
3 Les contestó:
–¿Qué les mandó Moisés?
4 Respondieron:
–Moisés permitió escribir el acta de divorcio y separarse.
5 Jesús les dijo:
–Porque son duros de corazón escribió Moisés semejante precepto. 6 Pero al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer, 7 y por eso abandona un hombre a su padre y a su madre, [se une a su mujer] 8 y los dos se hacen una sola carne. De suerte que ya no son dos, sino una sola carne. 9 Así pues, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.
10 Una vez en la casa, los discípulos le preguntaron de nuevo acerca de aquello. 11 Él les dijo:
–El que se divorcia de su mujer y se casa con otra comete adulterio contra la primera. 12 Si ella se divorcia del marido y se casa con otro, comete adulterio.

Bendice a unos niños

(Mt 19,13-15; Lc 18,15-17)

13 Le traían niños para que los tocase, y los discípulos los reprendían. 14 Jesús, al verlo, se enojó y dijo:
–Dejen que los niños se acerquen a mí; no se lo impidan, porque el reino de Dios pertenece a los que son como ellos. 15 Se los aseguro, el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él.
16 Y los acariciaba y bendecía imponiendo las manos sobre ellos.

El joven rico

(Mt 19,16-30; Lc 18,18-30)

17 Cuando se puso en camino, llegó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó:
–Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar vida eterna?
18 Jesús le respondió:
–¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno fuera de Dios. 19 Conoces los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no jurarás en falso, no defraudarás; honra a tu padre y a tu madre.
20 Él le contestó:
–Maestro, todo eso lo he cumplido desde la adolescencia.
21 Jesús lo miró con cariño y le dijo:
–Una cosa te falta: ve, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; después sígueme.
22 Ante estas palabras, se llenó de pena y se marchó triste; porque era muy rico. 
23 Jesús mirando alrededor dijo a sus discípulos:
–Difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas.
24 Los discípulos se asombraron de lo que decía. Pero Jesús insistió:
–¡Qué difícil es entrar en el reino de Dios! 25 Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de Dios.
26 Ellos llenos de asombro y temor se decían:
–Entonces, ¿quién puede salvarse?
27 Jesús los quedó mirando y les dijo:
–Para los hombres es imposible, pero no para Dios; porque para Dios todo es posible.
28 Pedro entonces le dijo:
–Mira, nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido.
29 Jesús le contestó:
–Todo el que deje casa o hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o campos por mí y por la Buena Noticia 30 ha de recibir en esta vida cien veces más en casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y campos, en medio de las persecuciones, y en el mundo futuro la vida eterna. 31 Porque muchos primeros serán los últimos y muchos últimos serán los primeros.

Tercer anuncio 
de la pasión y resurrección

(Mt 20,17-19; Lc 18,31-34)

32 Iban de camino, subiendo hacia Jerusalén. Jesús se les adelantó, ellos estaban sorprendidos y los que le seguían iban con miedo. Él reunió otra vez a los Doce y se puso a anunciarles lo que le iba a suceder:
33 –Miren, estamos subiendo a Jerusalén: el Hijo del Hombre será entregado a los sumos sacerdotes y los letrados, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos, 34 que se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y le darán muerte, y luego de tres días resucitará.

Contra la ambición

(Mt 20,20-28)

35 Se le acercaron los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron:
–Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir.
36 Les preguntó:
–¿Qué quieren de mí?
37 Le respondieron:
–Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.
38 Jesús replicó:
–No saben lo que piden. ¿Son capaces de beber la copa que yo he de beber o recibir el bautismo que yo voy a recibir?
39 Ellos respondieron:
–Podemos.
Jesús les dijo:
–La copa que yo voy a beber también la beberán ustedes, el bautismo que yo voy a recibir también lo recibirán ustedes; 40 pero sentarse a mi derecha y a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado.
41 Cuando los otros lo oyeron, se enojaron con Santiago y Juan. 
42 Pero Jesús los llamó y les dijo:
–Saben que entre los paganos los que son tenidos por gobernantes dominan a las naciones como si fueran sus dueños y los poderosos imponen su autoridad. 43 No será así entre ustedes; más bien, quien entre ustedes quiera llegar a ser grande que se haga servidor de los demás; 44 y quien quiera ser el primero que se haga sirviente de todos. 45 Porque el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.

El ciego de Jericó
(Mt 20,29-34; Lc 18,35-43)

46 Llegaron a Jericó. Y cuando Jesús salía de allí con sus discípulos y un gentío considerable, Bartimeo –hijo de Timeo–, un mendigo ciego, estaba sentado al costado del camino. 47 Al oír que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar:
–¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!
48 Muchos lo reprendían para que se callase. Pero él gritaba más fuerte:
–¡Hijo de David, ten piedad de mí!
49 Jesús se detuvo y dijo:
–Llámenlo.
Llamaron al ciego diciéndole:
–¡Ánimo, levántate, que te llama!
50 Él dejó el manto, se puso en pie y se acercó a Jesús. 51 Jesús le dirigió la palabra:
–¿Qué quieres de mí?
Contestó el ciego:
–Maestro, que recobre la vista.
52 Jesús le dijo:
–Vete, tu fe te ha salvado.
Al instante recobró la vista y le seguía por el camino.

CAPITULO 11.

Entrada triunfal en Jerusalén

(Mt 21,1-11; Lc 19,29-40; cfr. Jn 12,12-19)

11 1 Cuando se acercaban a Jerusalén, por Betfagé y Betania, junto al monte de los Olivos, envió a dos discípulos 2 diciéndoles:
–Vayan al pueblo de enfrente y, al entrar, encontrarán un burrito atado, que aún nadie ha montado. Desátenlo y tráiganlo. 3 Y si alguien les pregunta por qué hacen eso, le dirán que le hace falta al Señor y que se lo devolverá muy pronto.
4 Fueron y encontraron el burrito atado junto a una puerta, por fuera, contra el portón. Lo soltaron. 5 Algunos de los allí presentes les dijeron:
–¿Por qué sueltan el burrito?
6 Contestaron como les había encargado Jesús, y los dejaron.
7 Llevaron el burrito a Jesús, le echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. 8 Muchos alfombraban con sus mantos el camino, otros con ramos cortados en el campo. 9 Los que iban delante y detrás gritaban:
– ¡Hosana! Bendito el que viene
en nombre del Señor. 
10 Bendito el reino 
de nuestro padre David que llega. 
¡Hosana en las alturas!
11 Entró en Jerusalén y se dirigió al templo. Después de inspeccionarlo todo, como era tarde, volvió con los Doce a Betania.

Maldice la higuera

(Mt 21,18s)

12 Al día siguiente, cuando salían de Betania, sintió hambre. 13 Al ver de lejos una higuera frondosa, se acercó para ver si encontraba algo; pero no encontró más que hojas, pues no era la estación de higos. 14 Entonces le dijo:
–Nunca jamás nadie coma frutos tuyos.
Los discípulos lo estaban oyendo.

Purifica el Templo

(Mt 21,12-17; Lc 19,45-48; cfr. Jn 2,13-16)

15 Llegaron a Jerusalén y, entrando en el templo, se puso a echar a los que vendían y compraban en el templo, volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas, 16 y no dejaba a nadie transportar objetos por el templo. 17 Y les explicó:
–Está escrito: 
Mi casa será casa de oración para todas las naciones, mientras que ustedes la han convertido en cueva de asaltantes.
18 Lo oyeron los sumos sacerdotes y los letrados y buscaban la forma de acabar con él; pero le tenían miedo, porque toda la gente admiraba su enseñanza. 19 Cuando anocheció, salió de la ciudad.

La higuera seca

(Mt 21,20-22)

20 Por la mañana, pasando junto a la higuera, observó que se había secado de raíz. 21 Pedro se acordó y le dice:
–Maestro, mira: la higuera que maldijiste se ha secado.
22 Jesús le respondió:
–Tengan fe en Dios. 23 Les aseguro que si uno, sin dudar en su corazón, sino creyendo que se cumplirá lo que dice, manda a ese monte que se quite de ahí y se tire al mar, sucederá. 24 Por tanto les digo que, cuando oren pidiendo algo, 25 crean que se les concederá, y así sucederá. 

(Mt 6,14)

26 [[Cuando se pongan a orar, perdonen lo que tengan contra otros, y el Padre del cielo perdonará sus culpas.]]

La autoridad de Jesús

(Mt 21,23-27; Lc 20,1-8)

27 Volvieron a Jerusalén y, mientras paseaba por el templo, se le acercan los sumos sacerdotes, los letrados y los ancianos 28 y le dicen:
–¿Con qué autoridad haces eso? ¿Quién te ha dado tal autoridad para hacerlo?
29 Jesús respondió:
–Les haré una pregunta, si ustedes me responden yo les diré con qué autoridad lo hago: 30 El bautismo de Juan, ¿procedía del cielo o de los hombres? Respóndanme.
31 Ellos discutían entre sí: Si afirmamos que del cielo, nos dirá que, por qué no le creímos. 32 ¿Vamos a decir que de los hombres? –Tenían miedo a la gente, porque todos consideraban a Juan un profeta auténtico–. 33 Así que respondieron:
–No sabemos.
Y Jesús les dice:
–Entonces yo tampoco les digo con qué autoridad lo hago.

CAPITULO 12.

Los viñadores malvados

(Mt 21,33-46; Lc 20,9-19)

12 1 Se puso a hablarles con parábolas: Un hombre plantó una viña, la rodeó con una tapia, cavó un lagar y construyó una torre; se la arrendó a unos viñadores y se marchó. 2 A su debido tiempo, envió un sirviente a los viñadores para cobrar su parte del fruto de la viña. 3 Ellos lo agarraron, lo apalearon y lo despidieron con las manos vacías. 4 Les envió un segundo sirviente; y ellos lo maltrataron y lo injuriaron. 5 Envió un tercero, y lo mataron; y a otros muchos: a unos los apalearon, a otros los mataron. 6 Le quedaba uno, su hijo querido, y lo envió en último término, pensando que respetarían a su hijo. 7 Pero los viñadores se dijeron: Es el heredero. Lo matamos y la herencia será nuestra. 8 Así que lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña. 9 Ahora bien, ¿qué hará el dueño de la viña? Irá, acabará con los viñadores y entregará la viña a otros. 10 ¿No han leído aquel texto de la Escritura: 
La piedra 
que desecharon los arquitectos 
es ahora la piedra angular; 
11 es el Señor quien lo ha hecho
y nos parece un milagro?
12 Intentaron arrestarlo, porque comprendieron que la parábola era para ellos. Pero, como tenían miedo a la gente, lo dejaron y se fueron.

El tributo al César

(Mt 22,15-22; Lc 20,20-26)

13 Después le enviaron unos fariseos y herodianos para ponerle una trampa con las palabras. 14 Se acercan y le dicen:
–Maestro, nos consta que eres sincero y que no te importa la categoría de la gente porque no miras la condición de las personas, sino que enseñas con fidelidad el camino de Dios. ¿Es lícito pagar tributo al César o no? ¿Lo pagamos o no?
15 Adivinando su hipocresía, les dijo:
–¿Por qué me tientan? Tráiganme un denario, que lo vea.
16 Se lo llevaron y les pregunta:
–¿De quién es esta imagen y esta inscripción?
Le contestan:
–Del César.
17 Y Jesús replicó:
–Entonces den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. 
Y quedaron sorprendidos de su respuesta.

Sobre la resurrección

(Mt 22,23-33; Lc 20,27-40)

18 Se acercaron unos saduceos –que niegan la resurrección– y le dijeron:
19 –Maestro, Moisés nos dejó escrito que cuando uno muera sin hijos, su hermano se case con la viuda para dar descendencia al hermano difunto. 20 Eran siete hermanos: el primero se casó y murió sin descendencia; 21 el segundo tomó a la viuda y murió sin descendencia; lo mismo el tercero. 22 Ninguno de los siete dejó descendencia. Después de todos murió la mujer. 23 En la resurrección, [cuando resuciten,] ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete estuvieron casados con ella.
24 Jesús les respondió:
–¿No están equivocados por esto, por no conocer la Escritura ni el poder de Dios? 25 Cuando resuciten de entre los muertos, los hombres y las mujeres no se casarán, sino que serán como ángeles en el cielo. 26 Y a propósito de que los muertos resucitarán, ¿no han leído en el libro de Moisés el episodio de la zarza? Dios le dice: 
Yo soy el Dios de Abrahán, 
el Dios de Isaac, 
el Dios de Jacob. 
27 No es un Dios de muertos, sino de vivos. Ustedes están muy equivocados.

El precepto más importante

(Mt 22,34-40; Lc 10,25-28)

28 Un letrado que oyó la discusión y al ver lo acertado de la respuesta, se acercó y le preguntó:
–¿Cuál es el precepto más importante?
29 Jesús respondió:
–El más importante es: 
Escucha, Israel, 
el Señor nuestro Dios es uno solo. 
30 Amarás al Señor tu Dios 
con todo tu corazón, 
con toda tu alma, 
con toda tu mente, 
con todas tus fuerzas. 
31 El segundo es: 
Amarás al prójimo 
como a ti mismo. 
No hay mandamiento mayor que éstos.
32 El letrado le respondió:
–Muy bien, maestro; es verdad lo que dices: el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él. 33 Que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.
34 Viendo Jesús que había respondido acertadamente, le dijo:
–No estás lejos del reino de Dios.
Y nadie se atrevió a dirigirle más preguntas.

El Mesías y David

(Mt 22,41-46; Lc 20,41-44)

35 Cuando enseñaba en el templo, Jesús tomó la palabra y dijo:
–¿Por qué dicen los letrados que el Mesías es Hijo de David? 36 Si el mismo David, inspirado por el Espíritu Santo, dijo:
Dijo el Señor a mi Señor: 
Siéntate a mi derecha, 
hasta que ponga a tus enemigos 
debajo de tus pies.
37 David mismo lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?
La gente escuchaba a Jesús con gusto. 

Invectiva contra los letrados

(Lc 20,45-47)

38 Y él, instruyéndolos, dijo:
–Cuídense de los letrados. Les gusta pasear con largas túnicas, que los saluden por la calle, 39 buscan los primeros asientos en las sinagogas y los mejores puestos en los banquetes. 40 Con pretexto de largas oraciones, devoran los bienes de las viudas. Ellos recibirán una sentencia más severa.

La ofrenda de la viuda

(Lc 21,1-4)

41 Sentado frente a las alcancías del templo, observaba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. 42 Llegó una viuda pobre y echó unas moneditas de muy poco valor.
43 Jesús llamó a los discípulos y les dijo:
–Les aseguro que esa pobre viuda ha dado más que todos los otros. 44 Porque todos han dado de lo que les sobra; pero ésta, en su indigencia, ha dado cuanto tenía para vivir.

CAPITULO 13.

Discurso escatológico: 
destrucción del Templo

(Mt 24,1-14; Lc 21,5-19)

13 1 Cuando salía del templo, le dice uno de sus discípulos:
–Maestro, mira qué piedras y qué construcciones.
2 Jesús le contestó:
–¿Ven esos grandes edificios? Pues se derrumbarán sin que quede piedra sobre piedra.
3 Estaba sentado en el monte de los Olivos, enfrente del templo. Pedro y Santiago, Juan y Andrés le preguntaron aparte:
4 –¿Cuándo sucederá todo eso? ¿Cuál es la señal de que todo está para acabarse?
5 Jesús empezó a decirles:
–¡Cuidado, que nadie los engañe! 6 Se presentarán muchos en mi nombre diciendo: Soy yo, y engañarán a muchos. 7 Cuando oigan ruido de guerras y noticias de guerras, no se alarmen. Todo eso ha de suceder, pero todavía no es el final. 8 Porque se alzará pueblo contra pueblo, reino contra reino. Habrá terremotos en diversos lugares, habrá carestías. Es el comienzo de los dolores de parto. 
9 Ocúpense de ustedes mismos. Los entregarán a los tribunales, los apalearán en las sinagogas, y por mi causa comparecerán ante magistrados y reyes para dar testimonio ante ellos. 10 Pero antes se ha de anunciar en todas las naciones la Buena Noticia. 11 Cuando los conduzcan para entregarlos, no se preocupen por lo que tendrán que decir; lo que Dios les inspire en aquel momento es lo que dirán. Porque no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu Santo. 12 Un hermano entregará a su hermano a la muerte, un padre a su hijo; se levantarán hijos contra padres y les darán muerte. 13 Serán odiados por todos a causa de mi nombre. Pero el que aguante hasta el final se salvará.

La gran tribulación

(Mt 24,15-28; Lc 21,20-24)

14 Cuando vean el ídolo abominable instalado donde no debe –el lector que lo entienda–, entonces los que viven en Judea que escapen a los montes. 15 El que esté en la azotea no baje ni entre en casa a recoger algo; 16 el que se encuentre en el campo no vuelva a buscar el manto. 17 ¡Ay de las embarazadas y de las que tengan niños de pecho en aquellos días! 18 Recen para que no suceda en invierno. 19 Aquellos días habrá una tribulación tan grande como no la hubo desde que Dios creó el mundo hasta ahora, ni la habrá en el futuro. 20 Y si el Señor no abreviara aquella etapa, no se salvaría ni uno. Pero, acortará esos días a causa de los que quiere salvar.
21 Entonces, si alguien les dice que el Mesías está aquí o allí, no le crean. 22 Porque surgirán falsos mesías y falsos profetas, que harán milagros y prodigios, hasta el punto de engañar, si fuera posible, a los elegidos. 23 Ustedes estén atentos, que yo los he prevenido de todo.

La parusía
(Mt 24,29-31; Lc 21,25-28)

24 En aquellos días, después de esa tribulación el sol se oscurecerá, la luna no irradiará su resplandor, 25 las estrellas caerán del cielo y los ejércitos celestes temblarán. 26 Entonces verán llegar al Hijo del Hombre entre nubes, con gran poder y gloria. 27 En aquel momento enviará a los ángeles y reunirá a los elegidos desde los cuatros vientos, de un extremo de la tierra a un extremo del cielo.

El día y la hora
(Mt 24,32-36; Lc 21,29-33)

28 Aprendan el ejemplo de la higuera: cuando las ramas se ablandan y brotan las hojas, saben que está cerca la primavera. 29 Lo mismo ustedes, cuando vean suceder aquello, sepan que el fin está cerca, a las puertas. 30 Les aseguro que no pasará esta generación antes de que suceda todo eso. 31 El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán. 32 En cuanto al día y la hora, no los conoce nadie, ni los ángeles en el cielo, ni el hijo; sólo los conoce el Padre.

Parábola de los servidores fieles

(cfr. Mt 24,45-51; Lc 12,42-48)

33 ¡Estén atentos y despiertos, porque no conocen el día ni la hora!
34 Será como un hombre que se va de su casa y se la encarga a sus sirvientes, distribuye las tareas, y al portero le encarga que vigile.
35 Así pues, del mismo modo ustedes, estén prevenidos porque no saben cuándo va a llegar el dueño de casa, si al anochecer o a media noche o al canto del gallo o de mañana; 36 que, al llegar de repente, no los sorprenda dormidos.
37 Lo que les digo a ustedes se lo digo a todos: ¡Estén prevenidos!

CAPITULO 14.

Complot para matar a Jesús

(Mt 26,1-5; Lc 22,1s; cfr. Jn 11,47-57)

14 1 Faltaban dos días para la Pascua. Los sumos sacerdotes y los letrados buscaban apoderarse de él mediante un engaño para darle muerte. 2 Pero decían que no debía ser durante las fiestas, para que no se amotinase el pueblo.

Unción en Betania

(Mt 26,6-13; cfr. Lc 7,36-50; Jn 12,1-8)

3 Estando él en Betania, invitado en casa de Simón el Leproso, llegó una mujer con un frasco muy costoso de perfume de nardo puro. Quebró el frasco y se lo derramó en la cabeza. 4 Algunos comentaban indignados:
–¿A qué viene este derroche de perfume? 5 Se podía haber vendido el perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres. Y la reprendían. 6 Pero Jesús dijo:
–Déjenla, ¿por qué la molestan? Ha hecho una obra buena conmigo. 7 A los pobres los tendrán siempre entre ustedes y podrán socorrerlos cuando quieran; pero a mí no siempre me tendrán. 8 Ha hecho lo que podía: se ha adelantado a preparar mi cuerpo para la sepultura. 9 Les aseguro que en cualquier parte del mundo donde se proclame la Buena Noticia, se mencionará también lo que ella ha hecho.

Traición de Judas

(Mt 26,14-16; Lc 22,3-6)

10 Judas Iscariote, uno de los Doce, se dirigió a los sumos sacerdotes para entregárselo. 11 Al oírlo se alegraron y prometieron darle dinero. Y él se puso a buscar una oportunidad para entregarlo.

Pascua y Eucaristía

(Mt 26,17-19; Lc 22,7-13)

12 El primer día de los Ázimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, le dicen los discípulos:
–¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?
13 Él envió a dos discípulos encargándoles:
–Vayan a la ciudad y les saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua. Síganlo 14 y donde entre, digan al dueño de casa: Dice el Maestro, que dónde está la sala en la que va a comer la cena de Pascua con sus discípulos. 15 Él les mostrará un salón en el piso superior, preparado con divanes. Preparen allí la cena.
16 Salieron los discípulos, se dirigieron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. 

(Mt 26,20-25; Lc 22,21-23; cfr. Jn 13,21-30)

17 Al atardecer llegó con los Doce. 18 Se pusieron a la mesa y, mientras comían, dijo Jesús:
–Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar, uno que come conmigo.
19 Entristecidos, empezaron a preguntarle uno por uno:
–¿Soy yo?
20 Respondió:
–Uno de los Doce, que moja el pan conmigo en la fuente. 21 El Hijo del Hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay de aquél por quien el Hijo del Hombre será entregado! Más le valdría a ese hombre no haber nacido.

(Mt 26,26-29; Lc 22,14-20; cfr. Jn 6,51-59; 1 Cor 11,23-25)

22 Mientras cenaban, tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio diciendo:
–Tomen, esto es mi cuerpo.
23 Y tomando la copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y bebieron todos de ella. 24 Les dijo:
–Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos. 25 Les aseguro que no volveré a beber el fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el reino de Dios.

Anuncio del abandono

(Mt 26,30-35; Lc 22,31-34; cfr. Jn 13,36-38)

26 Cantaron los salmos y salieron hacia el monte de los Olivos. 27 Jesús les dice:
–Todos van a fallar, como está escrito: 
Heriré al pastor 
y se dispersarán las ovejas. 
28 Pero, cuando resucite, iré delante de ustedes a Galilea.
29 Pedro le contestó:
–Aunque todos fallen, yo no.
30 Le dice Jesús:
–Te aseguro que tú hoy mismo, esta noche, antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres.
31 Él insistía:
–Aunque tenga que morir contigo, no te negaré.
Lo mismo decían los demás.

Oración en el huerto

(Mt 26,36-46; Lc 22,39-46; cfr. Jn 18,1)

32 Llegados al lugar llamado Getsemaní, dijo a sus discípulos:
–Siéntense aquí mientras yo voy a orar.
33 Llevó con él a Pedro, Santiago y Juan y empezó a sentir tristeza y angustia. 34 Entonces les dijo:
–Siento una tristeza de muerte; quédense aquí y permanezcan despiertos.
35 Se adelantó un poco, se postró en tierra y oraba que, si era posible, se alejase de él aquella hora. 36 Decía:
–Abba –Padre–, tú lo puedes todo, aparta de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.
37 Volvió, y los encontró dormidos. Dice a Pedro:
–Simón, ¿duermes? ¿No has sido capaz de estar despierto una hora? 38 Permanezcan despiertos y oren para no caer en la tentación. El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil.
39 Volvió otra vez y oró repitiendo las mismas palabras. 40 Al volver, los encontró otra vez dormidos, porque los ojos se les cerraban de sueño; y no supieron qué contestar. 41 Volvió por tercera vez y les dice:
–¡Todavía dormidos y descansando! Basta, ha llegado la hora en que el Hijo del Hombre será entregado en poder de los pecadores. 42 Vamos, levántense, se acerca el traidor.

Arresto de Jesús

(Mt 26,47-56; Lc 22,47-53; cfr. Jn 18,2-12)

43 Todavía estaba hablando cuando se presentó Judas, uno de los Doce, y con él gente armada de espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes, los letrados y los ancianos. 44 El traidor les había dado una contraseña: Al que yo bese, ése es; arréstenlo y llévenlo con cuidado. 45 Enseguida, acercándose a Jesús, le dijo: ¡Maestro!, y le dio un beso. 46 Los otros se le tiraron encima y lo arrestaron. 47 Uno de los presentes desenvainó la espada y de un tajo cortó una oreja al sirviente del sumo sacerdote. 48 Jesús se dirigió a ellos:
–Como si se tratara de un asaltante, han salido armados de espadas y palos para capturarme. 49 Diariamente estaba con ustedes enseñando en el templo y no me arrestaron. Pero se ha de cumplir la Escritura. 50 Y todos lo abandonaron y huyeron. 
51 Le seguía, también, un muchacho cubierto sólo por una sábana. Lo agarraron; 52 pero él, soltando la sábana, se les escapó desnudo.

Jesús ante el Consejo

(Mt 26,57-68; Lc 22,54s.63-71; cfr. Jn 18,13s.19-24)

53 Condujeron a Jesús a casa del sumo sacerdote, y se reunieron todos los sumos sacerdotes con los ancianos y los letrados. 54 Pedro le fue siguiendo a distancia hasta entrar en el palacio del sumo sacerdote. Se quedó sentado con los empleados, calentándose junto al fuego. 55 El sumo sacerdote y el Consejo en pleno buscaban un testimonio contra Jesús que permitiera condenarlo a muerte, y no lo encontraban, 56 ya que aunque muchos testimoniaban en falso contra él, sus testimonios no concordaban. 57 Algunos se levantaron y declararon en falso contra él:
58 –Le hemos oído decir: Yo he de destruir este santuario, construido por manos humanas, y en tres días construiré otro, no edificado con manos humanas.
59 Pero tampoco en este punto concordaba su testimonio. 60 Entonces el sumo sacerdote se puso de pie en medio y preguntó a Jesús:
–¿No respondes nada a lo que éstos declaran contra ti?
61 Él seguía callado sin responder nada. De nuevo le preguntó el sumo sacerdote:
–¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?
62 Jesús respondió:
–Yo soy. Verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y llegando entre las nubes del cielo.
63 El sumo sacerdote, rasgándose sus vestiduras, dijo:
–¿Qué falta nos hacen los testigos? 64 Ustedes mismos han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?
Todos sentenciaron que era reo de muerte. 
65 Algunos se pusieron a escupirle, a taparle los ojos y darle bofetadas diciendo:
–¡Adivina quién fue!
También los empleados le daban bofetadas.

Negaciones de Pedro

(Mt 26,69-75; Lc 22,56-62; cfr. Jn 18,15-18.25-27)

66 Estaba Pedro abajo en el patio, cuando una sirvienta del sumo sacerdote, 67 viendo a Pedro que se calentaba, se le queda mirando y le dice:
–También tú estabas con el Nazareno, con Jesús.
68 Él lo negó:
–Ni sé ni entiendo lo que dices.
Salió al vestíbulo [y un gallo cantó]. 69 La sirvienta lo vio y empezó a decir otra vez a los presentes:
–Éste es uno de ellos.
70 De nuevo lo negó. Al poco tiempo también los presentes decían a Pedro:
–Realmente eres de ellos, porque eres galileo.
71 Entonces empezó a echar maldiciones y a jurar que no conocía al hombre del que hablaban. 72 Al instante cantó por segunda vez el gallo. Pedro recordó lo que le había dicho Jesús: Antes que el gallo cante dos veces me habrás negado tres. Y se puso a llorar.

CAPITULO 15.

Jesús ante Pilato

(Mt 27,1s.11-26; Lc 23,1-5.13-25; 
cfr. Jn 18,28–19,1.4-16)

15 1 Ni bien amaneció, el Consejo en pleno, sumos sacerdotes, ancianos y letrados se pusieron a deliberar. Ataron a Jesús, lo condujeron y se lo entregaron a Pilato. 2 Pilato lo interrogó:
–¿Eres tú el rey de los judíos?
Jesús contestó:
–Tú lo dices.
3 Los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. 4 Pilato lo interrogó de nuevo:
–¿No respondes nada? Mira de cuántas cosas te acusan.
5 Pero Jesús no le contestó, con gran admiración de Pilato. 
6 Para la fiesta solía dejarles libre un preso, el que el pueblo pedía. 7 Un tal Barrabás estaba encarcelado con otros amotinados que en una revuelta habían cometido un homicidio. 8 La gente subió y empezó a pedirle el indulto acostumbrado. 9 Pilato les respondió:
–¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?
10 Porque comprendía que los sumos sacerdotes lo habían entregado por envidia. 11 Pero los sumos sacerdotes incitaron a la gente para que pidieran más bien la libertad de Barrabás. 12 Pilato respondió otra vez:
–¿Y qué hago con el [que llaman] rey de los judíos?
13 Gritaron:
–¡Crucifícalo!
14 Pero Pilato dijo:
–Pero, ¿qué mal ha hecho?
Ellos gritaban más fuerte:
–¡Crucifícalo!
15 Pilato, decidido a dejar contenta a la gente, les soltó a Barrabás y a Jesús lo entregó para que lo azotaran y lo crucificaran.

La burla de los soldados

(Mt 27,27-31; cfr. Jn 19,2s)

16 Los soldados se lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron a toda la guardia. 17 Lo vistieron de púrpura, trenzaron una corona de espinas y se la colocaron. 18 Y se pusieron a hacerle una reverencia: ¡Salud, rey de los judíos! 19 Le golpeaban con una caña la cabeza, le escupían y doblando la rodilla le rendían homenaje. 20 Terminada la burla, le quitaron la púrpura, lo vistieron con su ropa y lo sacaron para crucificarlo.

Muerte de Jesús

(Mt 27,32-56; Lc 23,26-49; cfr. Jn 19,17-30)

21 Pasaba por allí de vuelta del campo un tal Simón de Cirene –padre de Alejandro y Rufo–, y lo forzaron a cargar con la cruz. 22 Lo condujeron al Gólgota –que significa Lugar de la Calavera–. 23 Le ofrecieron vino con mirra, pero él no lo tomó. 24 Lo crucificaron y se repartieron su ropa, echando a suertes lo que le tocara a cada uno. 25 Eran las nueve de la mañana cuando lo crucificaron. 
26 La inscripción que indicaba la causa de la condena decía: El rey de los judíos. 27 Con él crucificaron a dos asaltantes, uno a la derecha y otro a la izquierda. 28 [[–Y se cumplió la Escritura que dice: y fue contado entre los pecadores.]] 29 Los que pasaban lo insultaban moviendo la cabeza y decían:
–El que derriba el santuario y lo reconstruye en tres días, 30 que se salve, bajando de la cruz.
31 A su vez los sumos sacerdotes, burlándose, comentaban con los letrados:
–Ha salvado a otros y él no se puede salvar. 32 El Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz para que lo veamos y creamos.
Y también lo insultaban los que estaban crucificados con él.
33 Al mediodía se oscureció todo el territorio hasta media tarde. 34 A esa hora Jesús gritó con voz potente:
–Eloi eloi lema sabaktani –que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?–.
35 Algunos de los presentes, al oírlo, comentaban:
–Está llamando a Elías.
36 Uno empapó una esponja en vinagre, la sujetó a una caña y le ofreció de beber diciendo:
–¡Quietos! A ver si viene Elías a librarlo.
37 Pero Jesús, lanzando un grito, expiró. 
38 El velo del santuario se rasgó en dos de arriba abajo. 39 El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo expiró, dijo:
–Realmente este hombre era Hijo de Dios.
40 Estaban allí mirando a distancia unas mujeres, entre ellas María Magdalena, María, madre de Santiago el Menor y de José, y Salomé, 41 quienes, cuando estaba en Galilea, le habían seguido y servido; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.

Sepultura de Jesús

(Mt 27,57-61; Lc 23,50-56; cfr. Jn 19,38-42)

42 Ya anochecía; y como era el día de la preparación, víspera de sábado, 43 José de Arimatea, consejero respetado, que esperaba el reino de Dios, tuvo la osadía de presentarse a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. 44 Pilato se extrañó que ya hubiera muerto. Llamó al centurión y le preguntó si ya había muerto. 45 Informado por el centurión, le concedió el cuerpo a José. 46 Éste compró una sábana, lo bajó de la cruz, lo envolvió en la sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca. Después hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro. 47 María Magdalena y María de José observaban dónde lo habían puesto.

CAPITULO 16.

Resurrección de Jesús

(Mt 28,1-8; Lc 24,1-12; cfr. Jn 20,1-10)

16 1 Cuando pasó el sábado, María Magdalena, María de Santiago y Salomé compraron perfumes para ir a ungirlo. 2 El primer día de la semana, muy temprano, llegan al sepulcro al salir el sol. 3 Se decían:
–¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?
4 Alzaron la vista y observaron que la piedra estaba corrida. Era muy grande. 5 Al entrar al sepulcro, vieron un joven vestido con un hábito blanco, sentado a la derecha; y quedaron sorprendidas. 6 Les dijo:
–No tengan miedo. Ustedes buscan a Jesús Nazareno, el crucificado. No está aquí, ha resucitado. Miren el lugar donde lo habían puesto. 7 Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de ellos a Galilea. Allí lo verán, como les había dicho.
8 Ellas salieron corriendo del sepulcro, asustadas y fuera de sí. Y de puro miedo, no dijeron nada a nadie.

Epílogo

(cfr. Mt 28,9s; Lc 24,13-35; Jn 20,11-18)

9 [[El primer día de la semana por la mañana resucitó Jesús y se apareció a María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios. 10 Ella fue a contárselo a los suyos, que estaban llorando y haciendo duelo. 11 Ellos, al oír que estaba vivo y se le había aparecido, no le creyeron.
12 Después se apareció con otro aspecto a dos de ellos que iban paseando por el campo. 13 Ellos fueron a contárselo a los demás, pero tampoco a ellos les creyeron. 

Misión de los discípulos

(cfr. Mt 28,16-20; Lc 24,36-53; Jn 20,19-23; Hch 1,7s)

14 Por último se apareció a los Once cuando estaban a la mesa. Les reprendió su incredulidad y obstinación por no haber creído a los que lo habían visto resucitado. 15 Y les dijo:
–Vayan por todo el mundo proclamando la Buena Noticia a toda la humanidad. 16 Quien crea y se bautice se salvará; quien no crea se condenará. 17 A los creyentes acompañarán estas señales: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, 18 agarrarán serpientes; si beben algún veneno, no les hará daño; pondrán las manos sobre los enfermos y se sanarán.
19 El Señor Jesús, después de hablar con ellos, fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. 20 Ellos salieron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba la palabra con las señales que la acompañaban.]]