Coronavirus: signo de los tiempos para madurar nuestra fe

 


Diego Pereira Ríos

Diego Pereira Ríos, Uruguay. Profesor de Filosofía y Religión, Licenciando en Humanidades, maestrando en Teología Latinoamericana en la UCA de El Salvador.

Publicado en Amerindia el 26 de marzo.


Texto original

En este tiempo donde un virus nos ha obligado a estar encerrados en nuestros hogares –al menos aquellos que podemos hacerlo– muchos cristianos católicos se ven enfrentados al problema de no poder recibir la comunión, o sea, no poder participar de la celebración de la Eucaristía y recibir a Jesús en el sacramento del pan o la hostia consagrada. Las posiciones son diversas pues diversa es la Iglesia –gracias a Dios– pero me gustaría detenerme a pensar algunas cuestiones al respecto. La invitación general es, desde todos las instituciones sociales, de “quedarnos en casa” para cuidarnos a todos. Pero en lo que respecta al ambiente católico se hace presente una cierta resistencia a aceptar dicha situación, por parte de clérigos e incluso cardenales, como por parte del pueblo fiel.  

En Uruguay, la Conferencia Episcopal de los obispos, en una carta del 15 de marzo, nos indicaba su resolución de “suspender por dos semanas toda actividad pública con fieles, inclusive la Santa Misa” de modo de acatar y apoyar las decisiones recomendadas del por las autoridades del Ministerio de Salud Pública. Decisión coherente y aceptada por la mayoría de los fieles que, conscientes de nuestra necesidad de recibir la comunión, privilegiamos la vida. Pero, al otro día de la carta, veo en las redes que un sacerdote conocido invitaba a los fieles a acudir a su parroquia a recibir la comunión, organizada en horarios para evitar las aglomeraciones. Esta libertad de acción, que en principio contradice la carta de los obispos, la tienen los sacerdotes de una diócesis si su pastor se lo permite. Esto me fue aclarado por otro sacerdote que en un video en vivo invitaba a lo mismo, explicando que cada obispo, dentro de su diócesis, puede tomar otras decisiones. Por lo tanto, como simple laico que soy, me preguntaba dónde queda mi propia decisión ante el problema que no deja de ser contradictorio, o al menos, confuso.

 Sin duda que el Coronavirus vino en este tiempo de la historia como un signo de los tiempos para cuestionar nuestra fe más profunda. Si estábamos acostumbrados a sostener nuestra fe en la participación de los sacramentos, y viendo que no podremos ir a misa por un largo tiempo, debemos dejarnos interpelar. Pero para poder llegar a eso debemos todavía alcanzar una cierta madurez espiritual que creo que no estamos acostumbrados –ni laicos ni clérigos– a buscar. La invitación: ¡Atrévete a pensar!, de Kant en los inicios de la Ilustración se actualiza hoy en tiempos de una falta de coherencia en los líderes de las instituciones civiles y religiosas. Como cristianos no sólo se trata de atrevernos a pensar para discernir lo que podemos o no podemos hacer, si salir a la calle o no, si ir al templo a rezar y recibir la comunión o no. El problema de fondo es descubrir cómo estamos viviendo maduramente nuestra relación con Dios, cómo es nuestra oración personal, qué lugar ocupa el prójimo en mi vida, qué lugar ocupa la Palabra de Dios en mi día a día. Podríamos exhortar a todo cristiano: ¡Atrévete a creer! ¡Tú eres capaz de experimentar la presencia de Dios!

 La dependencia de los ministros –dispensadores de los sacramentos– sigue generando en los laicos una incapacidad de creerse merecedores de recibir la presencia viva de Jesús resucitado en nuestros corazones. Jesús nos dijo “Si alguien me ama cumplirá mi palabra, mi Padre lo amará, vendremos a él y habitaremos en él” (Jn 14, 23). Este es un tiempo para preguntarnos si realmente le creemos a Jesús, o le creemos solamente a aquellos que hablan en su nombre. Jesús promete su visita por medio del Espíritu y nos dice: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos” (Jn 14,15), y el segundo mandamiento, ¿no es acaso “Amarás al prójimo como a ti mismo” (Mt 22,39)? Quedándonos en casa, amándonos, nos cuidaremos a nosotros mismos y de la misma forma amaremos a los demás cuidándolos. Hacernos tiempo para la lectura orante de la palabra, ayudados de una lectura espiritual, momentos intensos de oración, o rezo de las diversas devociones, contando con tantos recursos que nos proporciona internet, nos da la posibilidad de madurar nuestra fe, de salir de la dependencia del sacramentalismo cultual.

 Justamente es internet que nos posibilita seguir en vivo de la celebración de las Eucaristías que los sacerdotes están celebrando “en privado” y que los fieles pueden participar desde sus casas. Podemos seguir en esto el consejo del Papa que nos dijo “Invito a todos los que están lejos y siguen la Misa por televisión a hacer la comunión espiritual”. Pero aun así hay muchos católicos que les cuesta crecer. En un video de hace unos días, unos fieles en España, poniendo en riesgo sus propias vidas, gritaban con locura “Queremos ir a misa” frente a la negativa de los agentes policiales. Con todo no es solo su culpa pues así los formaron. Por eso digo que estamos en un tiempo propicio de revisión, de cambios que tienen que ver en el modo que estamos viviendo nuestra fe. Como dijo José María Castillo: "Ha tenido que venir el coronavirus, para que la gente caiga en la cuenta de la diferencia entre religión y evangelio". Hoy la religión –como aún se sigue entendiendo– está obstaculizando la conciencia de muchos cristianos que necesitan del sacramento, del templo, para sentirse cerca de Dios. Mientras el Evangelio está inscripto como Buena Nueva en el corazón de quien crea en Jesús y lo invoque.

  Sin duda que asumir este papel en la historia implica valentía y madurez de parte de los fieles, pero que choca con algunos líderes de la Iglesia que se contradicen. El ejemplo del cardenal Burke invitando a los católicos a desobedecer las normas sanitarias y acudir de todas formas a misa, es uno. Junto con ello afirmó: “Así como podemos comprar alimentos y medicinas, mientras cuidamos de no propagar el coronavirus en el proceso, también debemos poder orar en nuestras iglesias y capillas”. ¿No podemos rezar desde nuestras casas? Es una oportunidad de que el hogar sea justamente un lugar de oración y encuentro con Dios. Poner en riesgo la vida de los fieles, llamando a oponerse no sólo al Papa sino a las autoridades civiles competentes, es un signo de incapacidad e irresponsabilidad para un líder de la Iglesia. Este es un tiempo rico para confiar que el Espíritu suscita entre nosotros nuevas posibilidades para redescubrir a Dios en lo cotidiano. Pero, siempre como una paradoja que nos tendrá sin seguridades completas. Como advertía Gesché: “Tenemos que estar tanto más atentos cuanto que el tímido despertar religioso al que asistimos entre nosotros, tan feliz en sí mismo, puede degenerar en ciertas nostalgias”.

 El coronavirus pone en juego nuestra creatividad, pero sobre todo nos coloca ante el Misterio de Dios en medio de esta situación angustiante. Los cristianos podemos rezar y sentirnos escuchados “Porque nosotros somos santuarios del Dios vivo” (2 Cor 6,16a), y “creemos y confiamos en un Espíritu vivificante, Señor y dador de vida. Y esta fe no es una conquista, es un don del Espíritu del Señor, que nos llega a través de la Palabra en la comunidad eclesial”. Y esa comunidad eclesial somos yo, tú y cada uno de nosotros que creemos en Jesús. La Iglesia no es el templo. Hoy el templo está vacío y los sacerdotes en ellos. Los fieles somos Iglesia porque tenemos fe y desde nuestros hogares rezamos y nos unimos a cristianos y a personas de fe de otras religiones para animarnos en la esperanza. En Evangelii Gaudium, el Papa nos advertía del peligro de una evangelización que depende solo de la sacramentalización (EG 63). Ya nadie quiere ser cristiano por recibir el bautismo o tomar la comunión. El desafío es otro.

 Todos somos Iglesia y el Jesús dueño de la historia se hace presente allí donde dos o más nos reunamos en su nombre (Mt 18,20). En el amor al prójimo que hoy nos toca manifestar: sin salir de casa para no ser contagiados y al volver contagiar a los que viven conmigo; al tener que aprender a convivir muchos días con los que están conmigo; o aprender a convivir con una soledad externa que muestra muchas veces la soledad interna a la que escapamos. Es tiempo de quedarse en casa y distinguir Evangelio y religión. No se preocupen por no recibir la comunión, pues “los ritos religiosos son acciones que, debido al rigor de la observancia de las normas, acaban constituyéndose en un fin en sí”. El fin hoy es salvar al ser humano y en esa tarea colaboramos todos. Es el Espíritu de Jesús que podemos invocar como suave brisa del alma que viene a consolarnos. Es el Espíritu que vas mucho más allá de la Iglesia o de la jerarquía, pues se revela “por las redes de comunicación que tejen los cristianos con otros hombres y las aperturas más diversas que le ofrece la conversión infinita de los individuos, pueblos y culturas”. Es tiempo de crecer y madurar.


Preguntas para la reflexión
¿Cómo hemos podido seguir con las celebraciones litúrgicas (misas, retiros, semana santa) por medios virtuales? .. ¿Qué hemos sentido de esa experiencia?
¿Si tuvieramos que explicarle a otro cómo relataríamos la experiencia de Dios en estos días?
¿Qué nos diría Jesús hoy respecto a la necesidad del templo o hacer de los necesitados un templo?... ¿quiénes nos necesitan actualmente? .. ¿a quienes Dios me invita a actuar?

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