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DESAFÍOS QUE NOS PLANTEA LA PANDEMIA

Pedro Trigo sj
Teólogo, miembro del Centro Gumilla y del Consejo de Redacción de la Revista SIC, Caracas-Venezuela

Texto original

El desafío más obvio y elemental es cuidarnos del contagio. Pero también lo es no obsesionarnos con la salud. El desafío de fondo es enfrentar la pandemia desde lo mejor y más genuino de nosotros mismos: como estos hijos específicos de Dios y estos hermanos de todos que somos cada uno. Esto no puede reducirse a una declaración de principios, sino que es una actitud que debe ser actuada a fondo.

Ante todo, tenemos que calibrar adecuadamente la situación, sin magnificarla ni disminuirla sino interpretándola en lo que es y en lo que ha puesto al descubierto. Y esto, con miras a actuar como corresponde desde nuestra condición de hijos de Dios y hermanos.

Es una situación inédita que expresa la globalización y la forma específica que ésta ha tomado hasta ahora: globalización de capitales, mercancías y personas del primer mundo hasta todo el mun-do; pero no de personas del tercero al primer mundo. Hace algunos años hubo infecciones mortífe-ras en algunos países de África y se contagiaron países limítrofes, pero no pasó de ahí. Como ahora, en cambio, comenzó en China, se propagó a todo el mundo, pero principalmente al primer mundo. Hemos corroborado que es cierto que las fronteras no aíslan de ningún modo. Bueno, lo que hemos dicho: aíslan a los países del primer mundo respecto de los pueblos del tercer mundo; pero para los del primer mundo o para los ricos del tercer mundo no hay fronteras, por eso se propagó tan rápidamente el virus y los pobres no fueron los primeros afectados.

Ahora bien, como la figura dominante de este mundo es el mercado, los que tienen cómo pagar o, más generalmente, los que estaban dentro del estatus han sido integralmente atendidos en su 15 enfermedad y los sanos han podido atenderse ellos mismos en la cuarentena. Los que estaban abajo o, más aún, fuera, o no han sido atendidos y ni siquiera han sido retirados los cadáveres, como pasó en Guayaquil y en no pocas residencias de ancianos en el tercero y también en el primer mundo, o han sido poco atendidos en su enfermedad y no pueden atenderse en la cuarentena porque vivían al día; y ahora que no pueden salir a ganarse el sustento están con hambre, que puede llegar y está llegando a la inanición.

Los gobiernos están intentando hacerse cargo, pero la inmensa mayoría de ellos sólo llega a una minoría. La mayoría de los de abajo sigue abandonada a su suerte. La pandemia ha puesto al descubierto lo que la falsa normalidad encubría: que la mayoría de la humanidad no cuenta. Está echada fuera, se prescinde de ella. Como insiste el papa Francisco, son los descartados, que cada día son más. Esta normalidad es falsa, porque, por su inhumanidad, no puede convertirse legítimamente en norma. Lo que quiere decir que lo que estábamos viviendo, aunque en el mejor de los casos fuera legal, no era justo ni legítimo. Menos lo es ahora. Y por tanto no podemos volver a ella. Si nos resignamos a la normalidad vigente, dejamos de ser humanos porque hemos renunciado radicalmente a ser hermanos de todos. No regresaremos a la normalidad sino a un sistema fetichista porque vive matando, indirecta, pero inflexible y masivamente, como insiste el papa Francisco.

Ahora bien, en lo que más se echa de ver que estamos en un totalitarismo de mercado es en que a nadie se le ha ocurrido proponer que las grandes fortunas, los grandes inversionistas, contribuyan sustancial-mente con algún tipo de impuesto. Ellos son los que mandan y no se les puede tocar ni con el pétalo de una rosa. No sólo eso, la pandemia es para ellos, como todo, una oportunidad de enriquecerse. Por eso no es la Organización Mundial de la Salud, apoyada por los gobiernos y los laboratorios médicos la que está liderando la investigación para obtener una vacuna. Por el contrario. Trump ha dejado de dar su contribución para apoyar a los laboratorios privados de su país. Hay una lucha contra el tiempo para obtener y patentar la vacuna y así ganar a costa de la vida de los demás. Hay que aprovechar la ocasión. La ganancia privada es lo único absoluto e intangible.

Esta epidemia ha puesto al descubierto que el mercado no puede ser la figura de la sociedad. Tiene un lugar, ciertamente, pero no puede aspirar a darle su impronta a todo, que era el camino que llevábamos. El mercado es únicamente para lo útil; no, de ningún modo, para lo valioso. Y el mercado que tiene sentido únicamente es el mercado libre, no, como está hoy, absolutamente cartelizado. Vivimos, como denuncia constantemente el papa Francisco, en un totalitarismo de mercado, mucho más anónimo y cruel que el político, que ya es decir.

No podemos regresar a esta supremacía absoluta del dinero sobre el ser humano. Y, sin embargo, nadie habla de esto. Todos dan por asentado que así seguirá siendo y que hay que dejarlo de este tamaño porque tiene tanto poder que no se lo puede tocar. Nadie ha-bla, por ejemplo, en contra de la propiedad intelectual, que no tiene ninguna justificación, más allá de la retribución por lo que costó conseguir el hallazgo y el premio de unos poquísimos años por haberlo con-seguido. Ahora, cuando se trata de la vida, ni eso. Y, sin embargo, el capital, que es el dios de este mundo, se va a seguir saliendo con la suya. Nadie habla de eso.

Si nosotros, como cristianos, no lo hacemos y no nos empeñamos en que cambie, es que el cristianismo no es lo que nos define; nos define nuestra inserción en este orden establecido anticristiano, deshumanizador. Somos cristianos hasta donde lo consienta el orden establecido, que no conoce el amor ni la justicia ni la solidaridad, lo más grueso del cristianismo, ni, por supuesto, la democracia, más allá de lo procedimental y ni eso.

Por eso, si somos cristianos, lo que no podemos de-jar de hacer desde ya es abandonar el imaginario del mercado: no podemos vivir para ganar y consumir. Sí tenemos que asumir los bienes civilizatorios y cultura-les de esta figura histórica y cultivarlos incesantemen-te, pero no su dirección dominante. Lo más eficaz que podemos hacer los cristianos es consumir únicamente lo necesario y, todo lo más, lo conveniente; pero nada más, y guardar el tiempo y las energías sobrantes para salvaguardar la naturaleza y para edificar una convivencia lo más humanizadora posible. Ahora bien, tenemos que llegar a no consumir no por sacrificio (eso puede tener sentido al principio, cuando nos estamos desintoxicando) sino porque no necesitamos, porque nuestra vida está en otro lado y eso no nos interesa. Si eso cunde, la sociedad marchará por otros derroteros y las grandes corporaciones y financistas no llevarán ya la voz cantante. Cualquier otra medida que se tome a nivel político, si no está cimentada en esta libertad respecto del consumo, será ineficaz. En esto se tiene que notar que somos cristianos, si el cristianismo es algo sustantivo y no apenas una adscripción religiosa.

Ahora bien, esto no es todo. La pandemia también ha puesto al descubierto las grandes dosis de solidaridad que existen, aunque no se hacen publicidad. Ante todo, la solidaridad horizontal de los pobres entre sí. Sin ella se hubieran muerto muchísimos. Pero también, la solidaridad de muchos que comparten con otros lo que tienen, muchos de los cuales se asocian en redes de solidaridad. Si la situación, tan dramática, no es todavía trágica, es por tantas personas que comparten. No pertenecen a la dirección dominante de esta figura histórica y hacen ver que existen otras posibilidades, que no estamos condenados a la inhumanidad del (des)orden establecido. No sólo dan cosas, también muchos dan de sí y se dan a sí mismos y por eso con-tribuyen decisivamente a que esta situación, tan apretada, no deshumanice a los que la sufren y crean microambientes liberados en los que reina la humanidad.

Sin embargo, este tipo de solidaridad no basta. Si no nos comprometemos a desolidarizarnos con la dirección dominante de esta figura histórica y no trabajamos denodadamente por pasar a otra en la que no reine el dinero, aunque tenga, obviamente, su lugar, le estamos haciendo el juego a los que comandan y usufructúan esta situación, porque resolvemos las con-secuencias más desastrosas del sistema y así contribuimos a su estabilidad.

Buena es la solidaridad, pero debe comprometerse con la denuncia de la injusticia estructural y el trabajo para modificarla a fondo. No puede contentarse con paliar sus efectos más perversos, los que más ponen al descubierto su inhumanidad. Porque además es invia-ble. La pérdida del equilibrio ecológico lo advierte clamorosamente: conduce al humanicidio y al deterioro irreversible de la vida en el planeta.

Ahora bien, la política es una superestructura: no puede imponerse desde sí misma. Dicho de un modo plástico, en contra de lo que ha creído siempre la izquierda, “tomar el Ejecutivo no es tomar el poder”. El Ejecutivo siempre estará en

poder del capital, si no existe un cuerpo social tan denso que le imponga al Estado el bien común y, desde él, pueda obligar al capital a componerse con otros intereses y, ante todo, con la vida del planeta, con la vida humana y su calidad de huma-na.

Pero lo social no puede alcanzar esta densidad si no está conformado por personas con tremenda densidad humana, que obren desde lo más genuino de sí mismos, que es el primer desafío que pusimos al comienzo.

Así pues, como cristianos, ante todo tenemos que cultivar nuestra individualidad: tenemos que aceptar y desarrollar los dones que Dios nos ha dado a cada uno para contribuir con ellos al bien de todos; tenemos que conocernos y aceptarnos; tenemos que querernos para poder querer a los demás y para poder hacer el esfuerzo sostenido deponernos a la altura del tiempo, en el sentido específico de sus bienes civilizatorios y culturales.

Tenemos que responsabilizarnos, como sujetos humanos adultos, de nosotros mismos, de nuestra condición de hijos y hermanos. Tenemos, por tanto, que vivir abiertos, tanto a Papadios, como a los hermanos y a la situación para poner en común nuestros haberes y que tenga consistencia, tanto lo comunitario, “nosotros” personalizados como lo social, lo que es de todos y de nadie en particular.

Lo fundamental del cristianismo no se juega en las iglesias ni en la institución eclesiástica. Se juega en este ejercicio de la fraternidad en relaciones horizontales, gratuitas y abiertas, de entrega de sí, tanto en el cara a cara, en la convivialidad, como en la constitución

denodada de cuerpos sociales para desarrollar sostenidamente diversas áreas de la vida, para defender los

derechos humanos, para gestionar la vida económica de modo que se una la ganancia y el servicio, y para que el Estado sea expresión responsable y dinámica del bien común. No podemos delegar nada de esto.



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