Domingo 9 de septiembre de 2018. Vigésimo tercer domingo del tiempo ordinario.
Marcos 7,31-37

31 Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis. 32 Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. 33 Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. 34 Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: "Efatá", que significa: "Ábrete". 35 Y en seguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente. 36 Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban 37 y, en el colmo de la admiración, decían: "Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos".
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Traigamos a nustra oración a quienes no pueden hablar ni oír en nuestra sociedad ... a los que no pueden expresarse. A los que no tienen voz.  A quienes están limitados ... Pidámosle al Señor que los libere ... ¿qué podemos hacer para participar de este milagro? ... ¿cómo ser voz de los sin voz?  ... ¿qué debemos transmitirles? … ¿qué necesitan escuchar de nosotros?  …  ¿Qué querrán ellos transmitir al mundo? … ¿Podemos? … ¿queremos?