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VENID A MÍ LOS QUE ESTÁIS CANSADOS Y AGOBIADOS

Mateo 11, 25 – 30

    25 Entonces Jesús dijo:
    - Yo te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has dado a conocer a los sencillos. 26 Sí, Padre, así te ha parecido mejor. 27 Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y al Padre no lo conoce más que el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar. 28 Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. 29 Cargad con mi yugo y aprended de mí que soy sencillo y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras vidas. 30 Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.




1.    GUÍA DE LECTURA


Tal vez, empezamos a intuir que el recorrido que hemos iniciado nos va a pedir mucho esfuerzo. Y, la verdad, nosotros nos sentimos bastante cansados y hasta agobiados. No estamos ya para grandes cambios. ¿No es todo esto demasiado ambicioso?, ¿no terminaremos una vez más superados por nuestra debilidad e inconstancia? Seguramente necesitamos escuchar a Jesús: «Venid a mí, precisamente, los que estáis cansados y agobiados».



2.    ACERCAMIENTO AL TEXTO EVANGÉLICO


•    La acción de gracias de Jesús. Jesús tenía la costumbre de orar a solas, recogido en algún lugar apartado, ¿por qué esta vez ora ante los demás? ¿Por qué da gracias al Padre? ¿ Te sorprende el motivo? ¿Es habitual entre nosotros agradecer a Dios por estas cosas?

•    Los «entendidos» y los «sencillos». ¿ Es cierto lo que dice Jesús? ¿Suele ocurrir así? ¿Por qué? ¿Por qué esto le puede parecer al Padre lo mejor?

•    El Padre y su Hijo Jesús. ¿Qué le ha entregado el Padre a Jesús? ¿Su vida, su poder, su amor, su pasión por sus hijos e hijas…? ¿Has pensado que en Jesús puedes encontrar todo lo que necesitas saber de Dios? ¿Estás convencido de que Jesús te quiere revelar a ti lo que recibe del Padre? Y tú, ¿lo querrás revelar a otros? 

•    «Venid a mí los cansados y agobiados». ¿Qué sientes al escuchar esta llamada? ¿Nos parece necesario escucharla en nuestros tiempos? ¿Puede Jesús ser un alivio? ¿Cuándo?

•    «Cargad con mi yugo». ¿ Te imaginas a  Jesús cargando un yugo sobre los hombros de las personas? ¿Para qué? ¿Qué es más exigente: seguir a Jesús o vivir esclavo de otros señores? ¿Podemos intuir que Jesús puede exigir más y, al mismo tiempo, hacer la vida más llevadera? ¿Por qué?

•    «Aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón». ¿Qué es un hombre sencillo y humilde de corazón? ¿Lo sientes habitualmente así cuando tratas con Jesús? ¿Qué se aprende de un maestro sencillo y humilde de corazón?




3.    COMENTARIO


ENCONTRAR DESCANSO EN JESÚS

    Jesús no tuvo problemas con las gentes sencillas del pueblo. Sentía que le entendían. Lo que le preocupaba era si algún día llegarían a captar su mensaje los líderes religiosos, los especialistas de la ley, los grandes maestros de Israel. Cada día era más evidente: lo que al pueblo sencillo le llenaba de alegría a ellos los dejaba indiferentes.

    El pueblo “sencillo” que vivía defendiéndose del hambre y de los grandes terratenientes le entendía muy bien: Dios los quería ver dichosos, sin hambre y sin agobios. Los más enfermos y desvalidos se fiaban de él y, animados por su fe, volvían a confiar en el Dios de la vida. Las mujeres que se atrevían a salir de su casa dejando su trabajo para escucharle, intuían que Dios tenía que amar como decía Jesús, con entrañas de madre. La gente sencilla sintonizaba con él. El Dios que Jesús les anunciaba era el que anhelaban y necesitaban.

    La actitud de los «entendidos» era diferente. Caifás y los sacerdotes de Jerusalén lo veían como un peligro. Los maestros de la ley no entendían que se preocupara tanto del sufrimiento de la gente y pareciera olvidarse de las exigencias de la religión. Por eso entre los seguidores más cercanos de Jesús no hubo nunca sacerdotes, escribas o maestros de la ley.

    Un día, Jesús desnudó su corazón y descubrió lo que sentía en su interior al ver lo que estaba ocurriendo. Lleno de alegría, alabó así a Dios delante de todos: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has dado a conocer a los sencillos». A Jesús se le ve contento pues añade: «Sí, Padre, así te ha parecido mejor». Ésa es la forma que tiene Dios de revelar sus «cosas».

    Los «sabios y entendidos» creen saberlo todo, pero no entienden nada. Tienen su propia visión docta de Dios y de la religión. No necesitan aprender nada nuevo de Jesús. Su corazón endurecido les impide abrirse con sencillez y confianza a la revelación del Padre a través de su Hijo. Con esta actitud, nos será difícil hacer un recorrido de conversión. Si ya lo sabemos todo, ¿qué vamos a aprender de Jesús, de su Padre o de su proyecto del reino de Dios?

    La actitud de la gente sencilla es diferente. No tienen acceso a grandes conocimientos religiosos, no asisten a las escuelas de los grandes sabios de la ley, tampoco cuentan mucho en la religión del templo. Su manera de entender y de vivir la vida es más sencilla. Ellos van a lo esencial. Saben lo que es sufrir, sentirse mal, y vivir sin seguridad. Por eso se abren con más facilidad y confianza al Dios que les anuncia Jesús. Están dispuestos a dejarse enseñar por él. El Padre les está revelando su amor a través de sus palabras y de su vida entera. Entienden a Jesús como nadie. ¿No es ésta la actitud que hemos de despertar en nosotros?

    Ciertamente, podemos confiar en Jesús. Sus palabras dan seguridad: «Todo me lo ha entregado mi Padre». Todo lo que hay en el Padre, todo lo que vive y siente por nosotros, lo podemos encontrar en Jesús: su amor, su ternura, su humildad, su cariño hacia todas las criaturas, su pasión por los últimos, su predilección por los sencillos. Poco a poco lo iremos descubriendo en nuestro recorrido.

    El Padre y su Hijo Jesús viven en comunión íntima, en contacto vital. Se conocen mutuamente con un conocimiento pleno, ardiente y total. Nadie comprende al Hijo como lo comprende su Padre, y nadie comprende al Padre como su Hijo Jesús y «aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar».

    Estamos aquí atraídos por el Padre y buscados por Jesús. El Padre quiere revelar sus «cosas» a los sencillos y su Hijo Jesús se alegra en sintonía total con su Padre. También él quiere revelar a los sencillos su experiencia de Dios, lo que contempla en su corazón de Padre, el proyecto que le apasiona, lo que busca para sus hijos e hijas. ¿No nos lo revelará a nosotros?

    Jesús ha terminado ya  su alabanza al Padre, pero sigue pensando en la «gente sencilla». Muchos de ellos viven oprimidos por los poderosos de Séforis y Tiberíades, y no encuentran alivio en la religión del templo. Su vida es dura, y la doctrina que les ofrecen los «sabios y entendidos» la hacen todavía más. Jesús les hace tres llamadas.

    «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados». Es la primera llamada. Está dirigida a todos los que viven la religión como un peso, los que se sienten agobiados por doctrinas complicadas que les impiden captar la alegría de un Dios Amigo y Salvador. Si se encuentran vitalmente con la persona de Jesús, experimentarán un respiro: «Yo os aliviaré».

    «Cargad con mi yugo… porque es llevadero y mi carga ligera». Es la segunda llamada. Hay que cambiar de yugo. Hemos de abandonar el yugo de «los sabios y entendidos» pues es abrumador y lleva a una moral sin alegría, y cargar con el de Jesús que hace la vida más llevadera. No porque Jesús exige menos sino porque propone lo esencial: el amor que libera a las personas y despierta en el corazón humano el deseo de hacer el bien y el gozo de la alegría fraterna.

    «Aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón». Es la tercera llamada. Hemos de aprender a cumplir la ley y vivir la religión como lo hacía Jesús, con su mismo espíritu. Jesús no «complica» la vida, la hace más clara, más sencilla y más humilde. No agobia a nadie. Al contrario, libera lo mejor que hay en nosotros y nos enseña a vivir de manera más digna y humana.

    Ésta es la promesa de Jesús: si venís a mí…, si cargáis con mi yugo…, si aprendéis de mí a vivir de manera diferente, «encontraréis descanso para vuestras vidas». Jesús libera de agobios, no los introduce; hace crecer la libertad, no las servidumbres; atrae hacia el amor, no hacia las leyes; despierta la alegría, nunca la tristeza. ¿Sabremos encontrar en Jesús nuestro descanso?




4.    CONVERSIÓN PERSONAL

1.    ¿Me resulta un peso la religión y la moral tal como se viven entre nosotros? ¿Hay algo que me hace sufrir de manera especial? ¿Qué puedo hacer para vivir con más paz?

2.    Cuando me encuentro agobiado/a por los problemas, cansado/a de seguir luchando, harto/a de ciertas personas, ¿suelo ir a Jesús para encontrar respiro, descanso y aliento nuevo? ¿No necesito aprender a relacionarme con él de otra manera? ¿Cómo?




5. COMPROMISO EN EL PROYECTO DE JESÚS

1.    ¿Sucede hoy en la Iglesia algo de lo que sucedía en tiempos de Jesús? ¿Conocemos a cristianos sencillos, de corazón abierto y creyente? 

2.    ¿Qué hemos de aprender en la Iglesia del Jesús «sencillo y humilde de corazón»? ¿Qué se les escapa hoy a los sectores más doctos y entendidos de nuestra Iglesia? ¿Qué podemos aprender de los sencillos?

3.    ¿Conocemos en nuestro entorno a personas que viven cansadas, agobiadas, al límite de la depresión…? ¿Qué les podemos ofrecer? Sugiere pequeños gestos y compromisos que podemos hacer para introducir en la sociedad más paz, descanso y sosiego interior.



6.    SUGERENCIAS PARA LA ORACIÓN

•    En un clima de silencio y recogimiento, sintonizamos con la alegría de Jesús y damos gracias a Dios por ser tan bueno con la gente más sencilla y modesta. Todos juntos pronunciamos las palabras de Jesús: «Te damos gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido mejor». Luego podemos cada uno dar gracias en voz alta o en silencio por personas sencillas cuya fe nos hace bien.

•    Escuchamos la llamada de Jesús: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré». Luego vamos pidiendo a Jesús por las personas agobiadas, deprimidas, reprimidas…: «Alivia el trabajo de las madres que sufren con sus hijos, los agobios de los inmigrantes sin papeles, el cansancio de los enfermos crónicos…».
•    Escuchamos a Jesús que, en el centro del grupo, nos dice pausadamente: «Aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón». Meditamos cada uno en silencio prolongado lo que más necesito aprender de ese Jesús sencillo y humilde de corazón. Lo contemplamos esperando nuestra respuesta y le pedimos: Yo necesito que me enseñes ...