Marzo 2013

Viernes 1 de marzo

2ª semana de Cuaresma
Cuarenta Mártires de Sebaste (a. 320)


Gn 37,3-28: Ahí viene el de los sueños, vamos a matarlo
Salmo 104: Recordarán ustedes las maravillas que hizo el Señor
Mt 21,33-43.45-46: Éste es el heredero: ¡vengan, matémoslo!



De manera abierta y decisiva Jesús les dice a los jefes del pueblo que “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”. Declara Jesús de este modo, cuál es su origen de quien procede su autoridad. La piedra desechada, el Crucificado, se convierte en piedra angular, en el Resucitado. Aquí está la lógica y la clave desde donde hemos de leer este pasaje evangélico de hoy. En la muerte del Hijo quedan claros dos proyectos que están en lucha permanente: nuestro egoísmo, marcado por la perversidad y por el acaparamiento, y la bondad de Dios, marcada por su amor humanizador e ilimitado. El relato nos presenta cómo se entrelaza nuestra infidelidad con la fidelidad de Dios, y nuestro rechazo mezquino con su encarnación cargada de bondad y generosidad. – En este tiempo de Cuaresma, pensemos seriamente cómo estamos viviendo el seguimiento de Jesús y cómo continuamos su obra. Hemos de reconocer y acoger a Jesús, de manera personal y comunitaria, como la verdadera y definitiva manifestación de Dios en la historia. Pero esta aceptación ha de tocar todas las esferas de nuestra vida: la razón, el corazón, los sentidos, los sentimientos y actitudes, todo nuestro existir.
 

Sábado 2 de marzo

Nicolás de Flue, monje (a. 1487)


Miq 7,14-15.18-20: Arrojará a lo hondo del mar todos nuestros delitos
Salmo 102: El Señor es compasivo y misericordioso
Lc 15,1-3.11-32: Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido



Muchas personas que se han alejado de la fe cristiana-católica terminan siendo más radicalmente creyentes que muchos de nosotros. Ellos rechazaron quizás la idea de un Dios dictador, contrario al ser humano, y una experiencia religiosa rígida, carente de vida y más fiel a las leyes que a la Buena Noticia enseñada por Jesús. Hemos de estar más atentos a las nobles críticas que muchos, desde el exterior de la Iglesia, nos hacen. No queremos movilizarnos, no estamos dispuestos a hacer más ágiles las estructuras eclesiales. Esto nos vuelve muchas veces duros e implacables con los hermanos. Cuando nos acercamos al texto mal llamado del “Hijo Pródigo” (tendría que llamarse del “Padre Misericordioso”), comprendemos que Jesús estaba en la línea más genuina de la tradición religiosa de Israel y sabía de Dios lo que los profetas, los sabios y los santos del pueblo habían proclamado a lo largo de la historia del pueblo. Jesús aclara de manera contundente que su Padre es el Padre de la Misericordia. Jesús, que conoce bien el misterio, sabe que Dios es puro amor. – Que esta Cuaresma nos sirva para regresar a ese buen Dios que sigue siempre esperándonos para el abrazo, lleno de misericordia. 
 

Domingo 3 de marzo

3º de Cuaresma
Emeterio y Celedonio, mártires (s. III) 
Katherine Drexel, virgen (USA, a. 1955)

Éx 3,1-8a.13-15: “Yo soy” me envía a ustedes
Salmo 102: El Señor es compasivo y misericordioso
1 Cor 10,1-6.10-12: Todo sucedió como ejemplo para nosotros
Lc 13,1-9: Si no se arrepienten ustedes, acabarán como ellos



Análisis
El texto del libro del Éxodo nos presenta una versión -la más conocida, seguramente- de la así llamada vocación de Moisés, que es también la “autopresentación” de Yavé.
Las antiguas opiniones sobre diferentes fuentes hablan de dos antiguas tradiciones que se integran en este texto. Según Gen 4,26 Enosh fue el primero en invocar el nombre de Yavé, sin embargo, acá Moisés no lo conoce por lo que Diosa se lo debe revelar. Por otra parte el nombre del monte es Horeb y no Sinaí, y el suegro de Moisés es Jetró mientras que en 2,18 es Reuel. Así se ha hablado de las diferentes tradiciones a las que históricamente se las llamó Elohista y Yahvista, aunque el tema hoy está en discusión (en especial la antigüedad de estas, y la existencia del primero).
Muchos elementos podríamos señalar, pero destaquemos solo algunos:
Moisés es llamado, y como es frecuente en los relatos de vocación de la Biblia se sigue un esquema similar: (1) oración y respuesta, v.7 y v.9; (2) promesa de salvación, v. 8 y v.10; (3) encargo, v.16-17 y v.10; (4) objeción, 4,1 y v.10; (5) signo, 4,1-9 y v.12; (6) nueva objeción, 4,10 y v.13; (7) respuesta final de Dios, 4,13-16 y 4,17. Como se ve, parecería que las dos fuentes entremezcladas tienen el mismo esquema. Que se utilice un “relato de vocación” nos pone en el contexto de los profetas, lo que no es ajeno al texto, ya que Moisés debe ser “escuchado” como uno que habla “en nombre de Dios”.
Otro elemento es lo que causa la intervención de Dios: lo que lo motiva es “el clamor”. El grito de dolor no deja a Dios “fuera” de la historia. Desde el clamor de la sangre de Abel, Dios toma partido por “los-que-claman”, los que sufren la opresión e injusticia (Gn 18,21; 19,13; Ex 11,6; 22,22: “no dejaré de oír su clamor”; 1 Sam 9,16; Is 5,7; Sal 9,13). El clamor de su pueblo no le permite “hacer oídos sordos”, y frente a ese dolor es que elige y envía a su elegido “Moisés”.
Finalmente digamos algo sobre el ”nombre” de Dios. Entre los antiguos semitas, el “nombre” es el sentido, es su misma existencia. Que Dios tenga nombre, y distinto del nombre que recibió hasta ahora indica que algo ha cambiado (cambiamos de Dios); este es un Dios que se muestra a partir de la historia, como un Dios que manda a los que elige para dar respuesta a los clamores que lo conmueven y no lo dejan indiferente. ¿Qué significa el nombre de Dios? Podemos preguntarnos qué significó en su origen, y qué significó para los lectores del Éxodo. No es fácil dar respuesta, lo cierto es que parece incluir el verbo “ser”/“estar”: las opiniones más sólidas hoy son tres: “yo soy el que hace ser”, lo que remite a que Dios es creador, aunque no se entiende a qué viene esta confesión de fe en este momento; además de que el reconocimiento de Dios como creador parece más tardío, como en el 2º Isaías, en tiempos del exilio); “yo soy el que soy” en el sentido de resaltar Dios existe, mientras que los dioses-ídolos no existen (en ese sentido parece usarlo Os 1,9), el marco remite en cierto modo a la alianza y la “duplicación” destaca la soberanía de Dios que “hace misericordia con quien hace misericordia” (Ex 33,19), es decir: siempre; finalmente, “yo soy el que estaré” (con ustedes), es el Dios de la presencia salvadora, el que acompaña la historia. Este último por el contexto, y el anterior por el marco son los que nos parecen más probables: Dios garantiza su presencia y se enfrenta con los dioses de Egipto: el clamor de su pueblo por el sufrimiento no puede quedar impune.

Nos encontramos ante uno de los salmos (el 94) más “cristianos” del AT. La misericordia aparece como la característica fundamental de Dios que, además, es presentado como “padre”, como un Dios que supera la justicia yendo más allá, hasta las fronteras del perdón. Como ocurre con frecuencia en los “himnos” de “acción de gracias”, al comienzo (v.1) y al final (v.22) se repite la misma idea (en este caso literalmente). Quizá debamos señalar que no es este uno de los salmos más creativos literariamente (por ejemplo, no parece muy amante de sinónimos y algunas palabras, como rhm y hsd, ternura y misericordia, se repiten con frecuencia, casi monótonamente), aunque esto no impide que sea muy profundo teológicamente. 
No es fácil saber en qué contexto nació ya que a veces parece individual (alma mía) y otras parece comunitario (no nos trata, Moisés, Israel...), y no hay un contexto histórico aparente (por algunos elementos parece post-exílico, pero no parece importante en este caso): puede ser una persona curada de una enfermedad (vv.3-4), una situación nacional (vv.7.18), o una reflexión religiosa sobre Dios, tanto en lo personal como en lo comunitario (v.8). Todas son posibles.
La liturgia incorpora sólo los vv.1-4.6-8 (con lo que omite la extraña comparación del águila que se “renueva” de v.5) y v.11 (con lo que también omite la actitud de Dios que “no paga conforme a las culpas” sino que las supera en misericordia). En v.11 comienzan varias comparaciones marcando la distancia entre el amor de Dios y el hombre con una serie de imágenes (horizonte, padre, polvo, hierba). En la liturgia de hoy sólo tenemos la primera: la distancia entre el cielo y la tierra.
El orante se invita a sí mismo (alma mía) a bendecir a Dios. Los “beneficios” tienen que ver con la retribución (la raíz gml dice relación a eso), no se alaba la justicia rígida, sino que va más allá de la mirada a los méritos (como vuelve a recordarlo en vv.8-10). Luego lo siguen una serie de participios que se aplican a Dios (vv.3-6): que perdona, que cura, que libra, que corona, que sacia, que renueva. Por el lado negativo nos libra de culpas, enfermedades (que suelen ser vistas como consecuencia de las culpas) y -por tanto- de la muerte; positivamente nos da ternura, misericordia, bienes (hsd, rhm, twb). Ambos elementos, negativos y positivos, tienen como conclusión que nos rejuvenecen.
De allí se pasa a algo más social que personal: la justicia y la liberación con lo que prepara a la referencia -ahora nacional- a Moisés e Israel (v.7). La idea de que Yavé es clemente y compasivo la encontramos en Ex 34,6; Jl 2,13; Jon 4,2; Sal 86,15; 145,8; Neh 9,17 con coloración litúrgica. Esto se expresa por comparaciones que -como vimos- la liturgia sólo incorpora la primera, la diferencia de altura entre cielo y tierra -la más grande imaginable- (ver Sal 36,6; 57,11), que sirve para mostrar cómo es de grande el amor de Dios (“como [min] el cielo es más alto que la tierra...” Is 55,9; ver Jb 11,8; 22,12). El Salmo aparece, entonces, como una presentación de Dios en la historia tanto personal como comunitaria, y su característica principal radica en su ternura (materna) y su paternidad que actúa en esa historia y nos debe llevar (imperativo) a alabarlo constantemente.

La Primera carta de Pablo a los Corintios presenta muchas dificultades cuando pretendemos “ubicarla”. Parece muy desordenada, y no es evidente que todo esté en el lugar que Pablo lo pensó. Sabemos que Pablo contesta preguntas escritas que la comunidad le ha hecho (7,1) y es probable que cada vez que usa “con respecto a” también lo esté haciendo (7,1.25; 8,1; 12,1; 16,1.12). Eso no impide que se hayan introducido en el resto de la carta textos provenientes sea de otras cartas o de nuevas circunstancias que exigieron una reelaboración del escrito por parte del mismo Pablo (esta última es nuestra opinión pero no es el caso destacarla acá). En principio, entonces, el texto de 1 Cor 10,1-13 pertenece al bloque donde Pablo responde acerca de la carne ofrecida a los ídolos. 
Sin embargo, la frase “no quiero que ignoren” destaca que comienza una nueva unidad, como además se ve en el uso de “hermanos”. La referencia evidente a los acontecimientos del desierto nos hace pensar que estamos ante una relectura del A.T., o una breve homilía, en clave evidentemente cristiana: se compara la nube y el paso del mar con el bautismo, el maná y el agua con la eucaristía, y se recuerda que esos acontecimientos ocurren “en figura” (vv. 6.11) y que no deben, los corintios, repetir lo malo que hicieron en el desierto “nuestros padres”. El discurso se mueve de a pares: nube/mar, alimento/bebida espiritual, y pretende que “no hagamos como ellos hicieron” donde se repiten, siempre de a pares, los verbos que caracterizan el comportamiento incorrecto de los israelitas en el desierto y que Pablo pretende que los cristianos eviten: codiciar, fornicar, tentar, murmurar. En el centro encontramos una actitud que también se debe evitar pero no tiene su par, pero -por el contrario- está iluminada por un texto bíblico: “no idolatren”; la referencia es al “becerro de oro”, pero la cita remite a la comida y bebida. Seguramente Pablo podía haber escogido otra cita mejor para aludir a la idolatría, pero esta hace referencia a la comida que es lo que a Pablo le interesa marcar. De allí que pase a la siguiente unidad recordando “huyan de la idolatría” (10,14) para volver a la comida de carne ofrecida a los ídolos, que -como vimos, es el marco de la unidad. El hecho de que “no idolatren” no tenga par (“como ellos idolatraron”) y que sea iluminado con la Escritura revela que para Pablo es el corazón del relato.
La referencia a las figuras (typos) del AT que recuerdan el bautismo y la eucaristía, parecen decir que no se debe creer que por ser partícipes de la comunidad sacramental, no por estar bautizados y tomar parte de la eucaristía tenemos la garantía de no caer (eso sería hacerse un ídolo; ver 11,30). La idolatría es la clave de la unidad (lamentablemente omitida por el texto litúrgico). Los israelitas cayeron, y también nosotros debemos cuidarnos de no caer: “el que crea estar de pie cuide de no caer” es la conclusión y la clave del texto.

El Evangelio se ubica en el “viaje a Jerusalén” donde Lucas presenta muchos textos de su fuente propia, “L”, un poco -aparentemente- desordenados. Sin embargo, el relato presenta una cierta semejanza en la forma con lo que viene diciendo: en 12,51 también había preguntado “creen que...” y su respuesta fue “les aseguro que...” concluyendo con una parábola. En este caso se presenta abruptamente una situación histórica, con una aparente interpretación religiosa. Jesús corrige esa interpretación e incluso presenta otra situación semejante que se prestaría a la misma interpretación. “No, les aseguro” es la corrección que Jesús propone (vv.3.5) para lo cual presenta otra parábola (vv.6-9).
El acontecimiento histórico nos es desconocido. Se han propuesto diferentes hechos, pero ninguno coincide exactamente con este. Es extraño que Flavio Josefo no lo haya narrado siendo, como es, muy poco amigo de Pilato. Pero el debate supone un (o dos) acontecimiento(s) ocurridos realmente. La mezcla de sangre de galileos con la de los sacrificios hace pensar en la fiesta de la Pascua: en esa fecha Pilato y los peregrinos -también los de Galilea- se encuentran en Jerusalén, y los laicos participan de los sacrificios ya que deben llevar a su casa, o lugar de tránsito, el cordero para ser comido en familia. El otro hecho afecta a 18 personas, si el primero es incidental, este es ocasional, en el primero hay un criminal, pero en el segundo hay un hecho casual, lo común de ambos son los muertos y la interpretación que los interlocutores de Jesús hacen del hecho. De la torre de Siloé sabemos de su existencia, y su ampliación. Josefo la narra, pero no cuenta -tampoco- ningún accidente de este tipo. No sabemos si Lc no está pensando o puede estar releyendo la caída de Jerusalén posterior al 70, pero más allá del o los hechos históricos, lo importante es la respuesta a la imagen de Dios que todo esto supone.
La opinión teológica clásica establece una estrecha relación entre culpabilidad y castigo, de allí que los interlocutores piensan que en estas muertes Dios ha castigado sus pecados; estamos cerca de la teología tradicional de la “retribución”, la misma que defienden los amigos de Job. Jesús no cuestiona la culpabilidad de los galileos, pero se niega a presentar un Dios así de cruel, y prefiere mostrar un Dios en diálogo con los hombres, un Dios que dé espacio a la conversión. “Si ustedes no se convierten” pone a los oyentes en el mismo nivel que los galileos y parte de la ideas de que “todos son culpables”. Y nos lleva a mirar el mundo y los acontecimientos no como espectadores sino como actores. En vv. 2 y 4 se pone en paralelo pecadores y deudores; seguramente los lectores griegos de Lucas no entienden “deuda” en un sentido también religioso (ver el Padre nuestro donde Lc dice “pecados” donde la fuente decía “deudas”) pero al estar en paralelo no precisa explicación y se comprende que aquí por “deuda” debe comprenderse “culpa”. Al rechazar esta imagen de Dios, Lc presenta una divinidad menos poderosa y más misericordiosa, presenta un Dios de amor y nos invita a tener presente que nuestra suerte se juega en el perdón de Dios más que en nuestras actitudes.
En este marco, Jesús nos presenta una parábola. Con frecuencia se la ha alegorizado (por ejemplo los 3 años harían referencia a la vida pública de Jesús, dato del que Lc nunca habla y parece desconocer). Sabemos que con muchísima frecuencia Israel es comparado con una vid (el ejemplo más evidente -y es solo uno entre muchos- es Is 5,1ss-, pero también se ha comparado a Israel con una higuera (ver Jer 24,1-10). Es interesante que ambas imágenes se mezclan algunas veces en los profetas (Jer 8,13; Os 9,10; Mi 7,1). No es necesario decir que la vid representa a Israel y la higuera a Jerusalén, probablemente el uso de ambas imágenes tiene como intención simplemente reforzar la idea (ver Mi 4,4) y que quede muy claro de quienes se está hablando, de Israel, y de ese modo mover a la “conversión” (metánoia) que es el centro de toda la unidad. La higuera no sólo no da fruto sino que ocupa un lugar importante. El poseedor repite lo que sabemos, que ha ido a buscar infructuosamente, pero aporta nuevos elementos: que hace tres años que lo hace, y su decisión de cortarla; la destrucción es aquí, imagen del juicio. Lo sorprendente ocurre con la intercesión del viñador (es común en la Biblia que el intercesor sea uno inferior como es en este caso el viñador sobre el dueño de la viña), él se ocupará de dar alimento y bebida a la planta y mueve al dueño a una nueva -y última- esperanza, en este caso un año. Este será la última oportunidad del árbol de dar frutos, sino será cortado. Como otras parábolas, el final permanece “abierto”, no sabemos si la higuera dio o no el fruto esperado, como no sabemos si el hijo mayor entró a la fiesta del padre por el regreso del hijo menor. Como la parábola pretende mover a una actitud, son nuestras actitudes la que darán el final sea negativo o positivo...
Los oyentes, pecadores, tienen también su última oportunidad de dar fruto de conversión para Dios. Los israelitas están invitados, tanto en las desgracias cotidianas, como en la palabra de Jesús, a escuchar la voz de Dios que los invita a la conversión. Y con ellos también nosotros.

Comentario

Jesús nos enseña, en el texto de hoy a aprender a escuchar la voz de Dios en los acontecimientos de la historia. De hecho sus interlocutores también lo hacían, y por eso van a contarle los hechos, pero escuchaban mal, Dios no decía lo que ellos entendían. Es verdad que Dios habla, pero hay que aprender a escucharlo. Dios no nos dice que los muertos de esos acontecimientos drásticos eran pecadores, de hecho todos lo son. Lo que Dios nos dice es que por serlo, debemos convertirnos y dar frutos de conversión. Los frutos son una palabra de Dios para esta etapa de la historia.
La vid y la higuera, representan en la Biblia, frecuentemente, al pueblo de Israel, para que quede claro que se refiere a esto, el pasaje de la parábola nos habla de una higuera plantada en un a viña. Pero en estos casos, el problema, con muchísima frecuencia son los frutos, o para ser precisos, los frutos malos la falta de ellos... ¿De qué sirve una higuera que no da frutos? Si no da frutos reiteradamente, el problema se agrava: no sólo no da fruto sino que ocupa un lugar que se podría aprovechar para otra planta. Dios preparó el terreno, hizo todo lo necesario, se tomó un tiempo prudencial, pero ¿y los frutos? El pueblo que Dios se ha preparado con tanto cariño, ¿cómo responde al cariño de Dios?, el tiempo se acaba y la higuera puede ser cortada. Sólo la intercesión de los trabajadores puede postergar esto un breve tiempo más.
Vivimos en sociedades llamadas cristianas. "Occidental y cristiana" se decía, y los frutos fueron torturas, desapariciones, asesinatos, delaciones, miedo, desesperanza... y más todavía: hambre, desocupación, analfabetismo, falta de salud y vivienda, desesperanza... y "por los frutos se conoce el árbol". Hoy, muchos llamados cristianos siguen viviendo su fe muy lejos de los frutos de amor y justicia que nos pide el Evangelio: participan de mesas de dinero, de la tiranía del mercado, pagan sueldos "estrictamente «justos»” y precisamente bajos, están afiliados a partidos que nada tienen que ver con la Doctrina Social de la Iglesia (¿se puede -por ejemplo- ser cristiano y neo- liberal? ¡ciertamente no!). ¿Y los frutos? Individualismo, hambre, pobreza... Así, por ejemplo, vemos que uno de los problema que tenemos en América Latina para el reconocimiento “oficial” de nuestros mártires es que quienes los han matado “se llaman ellos mismos cristianos!”, y esto desconcierta a muchos.
¡Cuántos se llaman cristianos entre nosotros! ¡Cuántos son "cristianos comprometidos" participantes de misas y movimientos!... Pero también, ¡cuánto es el escándalo!
"Dios mío: quiero pedirte perdón hoy por haberme olvidado de lo más importante: que eres mi Padre; Señor, nunca más quiero tenerte miedo, soy tu hijo y no tu esclavo. Desde hoy en adelante quiero que estés contento conmigo. Quiero demostrarte con hechos, y no con meras palabras, que te quiero... quiero amarte en cada hombre que me salga al encuentro, porque ésa es tu voluntad. Quiero sufrir con mis hermanos que están sin trabajo, quiero sentir como mía la angustia de miles y miles de jubilados... Haz, Señor, que como Tú, pase por la vida desparramando amor" (Carlos Mugica, http://carlosmugica.com.ar). 
No bastan las palabras. De nada sirve una higuera estéril. Una higuera debe dar higos ya que para eso ha sido plantada. Un pueblo redimido por Cristo, debe edificar, con su vida (y con su muerte si fuera necesario) un Reino que dé frutos de verdad, de justicia y de paz, de libertad, de vida y de esperanza.... Estamos lejos, ¡muy lejos! de lograrlo. Es verdad que en decenas de comunidades hay también frutos muy vivos de solidaridad, de paz, de oración, de justicia y de vida, de celebración y de esperanza... y podríamos multiplicar los frutos que vemos en las comunidades; pero todo lo anterior también es cierto. Faltan muchos frutos que dar, falta mucha vida que cosechar y alegría que festejar. El continente de la violencia, de la injusticia y el hambre reclama frutos de los cristianos. Y esos frutos deben darse en la historia. Los acontecimientos cotidianos, de dolor y de muerte, que tan frecuentes vivimos en América Latina nos dan una palabra de Dios, una palabra que debemos aprender a escuchar, que debemos comprender para no creer que Dios dice lo que no está diciendo. Jesús nos enseña la “dinámica del fruto” para aprender a reconocer allí un Dios que sigue hablando y que nos sigue llamando a la conversión. no para una conversión individual y personal, sino que dé frutos para los hermanos, para la historia y para la vida. Y la Cuaresma es tiempo oportuno para empezar a darlos... 

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 86 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. LÓPEZ VIGIL, titulado «La sangre de los galileos». El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: www.untaljesus.net/texesp.php?id=1400086 Puede ser escuchado aquí: www.untaljesus.net/audios/cap86b.mp3  
La serie «Otro Dios es posible», de los mismos autores, tiene un capítulo, el 79, que se titula «¿Madre de Dios?», que puede ser útil para suscitar un diálogo-debate sobre el tema. Su guión y su audio puede recogerse en www.emisoraslatinas.net/entrevista.php?id=170079 Hay varios otros varios guiones con temas relacionados, que se prestan a un debate-catequesis.  

Para la revisión de vida
¿Será que, en mi imaginario religioso, yo creo que el mundo tiene un «segundo piso», el celestial, que maneja lo que pasa en este mundo, y que a su intervención se deben los males y los bienes de lo que nos ocurren? ¿Y que por eso tengo que rezar, o conseguirme de cualquier otra forma el favor del cielo? 
¿Tengo una mentalidad premoderna, mágica? ¿Creo que hay Alguien más arriba (o más abajo) que interviene en mi vida? ¿Considero todavía que Dios es algo/alguien separado del mundo, separado/diferente de la realidad? [Estudiar el tema del teísmo, panenteísmo... ≠ panteísmo].

Para la reunión de grupo
-Solemos tener en nuestra visión inconsciente una imagen de Dios como mecanicista: si nos portamos bien nos han de salir bien las cosas, y si nos salen mal pensamos que se deberá a que algo hemos hecho mal… Como si fuera Dios quien enviase el mal al mundo… ¿Qué tipos de mal podemos encontrar en el mundo, y cuáles serían sus orígenes? (Mal natural, mal cometido por el ser humano, mal provocado por él…)
-Se dice que la escena del Éxodo que hoy leemos es como la primera presentación de Dios en la historia, la primera vez que entra Dios en ella de un modo decidido… ¿Qué características podemos decir que tiene el Dios bíblico, con semejante «tarjeta de visita»? ¿Qué imagen de Dios refleja este texto bíblico?
-Roger LENAERS, jesuita, ha escrito el libro «Otro cristianismo es posible», donde analiza lo frecuente que es que los cristianos seguimos pensando como Platón imaginó el mundo, dividido en dos, con un piso superior donde habita lo divino, que sigue manejando los sucesos de este mundo, por lo que no somos un mundo autónomo, sino “heterónomo”, que depende enteramente de arriba, por lo que debemos estar pendientes de la “revelación” que ese mundo de arriba nos concedió a los humanos, y conducirnos con humildad y sumisión, sin pretender tener una responsabilidad propia y nuestra... Esa división platónica del mundo en dos pisos (el Timeo) nos la han solido presentar como esencial al cristianismo... ¿Es posible otro cristianismo, reconciliado con el pensamiento moderno que reconoce que estamos en un solo mundo, sin dos pisos? 
Se puede organizar un debate sobre estas dos formas de ver el mundo. El libro está accesible en internet: http://cursotpr.adg-n.es/?page_id=3
-Para captar el favor de ese “segundo piso” está la oración de petición, o los sacrificios y otras prácticas religiosas para conseguirnos el favor del cielo... ¿Tiene sentido la oración de petición? ¿Qué sentido tiene? ¿Qué sentido nos parece que ya no puede tener?

Para la oración de los fieles
- Para que tengamos en nuestra fe una imagen de Dios conforme a lo que la Palabra de Dios nos manifiesta: un Dios que interviene en la historia, escucha el clamor de su pueblo y sin quedarse en la pasividad decide entrar en acción, roguemos al Señor.
- Para que también nosotros tengamos una espiritualidad que corresponda al Dios bíblico: abierta a captar los signos de la presencia de Dios en la historia, y principalmente dispuesta a escuchar el clamor de los hermanos que sufren, roguemos al Señor.
- Para que no achaquemos a Dios el mal que nosotros mismos provocamos, roguemos al Señor.
- Para que no decepcionemos una y otra vez al Señor que viene a recoger los frutos que espera de nosotros, sino que con tesón y con esperanza produzcamos frutos de amor comprometido, roguemos al Señor.
- Por la humanidad, para que se haga cada vez más consciente de que tiene que cuidar este mundo, sus riquezas naturales, sus aguas, sus bosques, su capa de ozono… como el hogar que nos ha sido dado y que debemos conservar para las futuras generaciones, en vez de destruirlo simplemente por ambición y afán irracional de lucro, roguemos al Señor.

Oración comunitaria
Oh Dios, misterio inabarcable. Acostumbrados como estamos a atribuir a tu acción todo lo que nosotros no sabemos explicar, sobre todo el mal cuyo sentido no logramos captar. Queremos expresarte nuestra voluntad de ser adultos, de asumir nuestras responsabilidades en el mal, y de preferir maduramente el silencio y la acogida del misterio, a la respuesta fácil de achacarte los sucesos incomprensibles o nuestros límites y deficiencias. Nosotros lo aprendemos esto del ejemplo de Jesús, nuestro hermano, tu hijo bienamado.
 

Lunes 4 de marzo

3ª semana de Cuaresma
Casimiro de Polonia, príncipe (a. 1484)

2 Re 5,1-15ª: Muchos leprosos había en Israel, sin embargo, ninguno de ellos fue curado
Salmo 41: Mi alma tiene sed del Dios vivo: ¿Cuándo veré el rostro de Dios?
Lc 4,24-30: Jesús no ha sido enviado únicamente a los judíos



El rechazo del que Jesús es objeto en su patria chica presagia el rechazo total de que será objeto en Israel. Lucas anticipa también la futura extensión del programa mesiánico de Jesús a todas las naciones paganas: “Les aseguro que ningún profeta es aceptado en su patria”. Los dos ejemplos comparativos, el de la viuda de Sarepta (1 Re 17,7-16) y el de Naamán el Sirio (2 Re 5,1-14), dejan entrever que el alcance de la misión de Jesús no se circunscribe sólo a Israel. El fanatismo religioso de sus compatriotas no se contenta con recriminarle su falta de compromiso político: “Al oírlo, todos en la sinagoga se indignaron... y lo llevaron a un barranco del monte con intención de despeñarlo”. De hecho, al final de su vida lo sacarán fuera de la ciudad de Jerusalén y lo ejecutarán como si fuera un zelota más, crucificándole en medio de dos malhechores. La inscripción INRI es una acusación de que el Maestro se había autoproclamado “rey de los judíos”. Su misma gente se la ingeniará y lo harán callar. Le aplicarán el rigor del egoísmo y por fin le asesinarán. – ¿Hasta qué punto y por qué motivos rechazamos nosotros al Jesús inquietante? 
 

Martes 5 de marzo

José Oriol, sacerdote (a. 1702)


Dn 3,25.34-43: Acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde
Salmo 24: Señor, recuerda tu misericordia
Mt 18,21-35: Si cada cual no perdona a su hermano, tampoco el Padre los perdonará



El fundamento de la relación de un cristiano con su prójimo es extensión de la relación que Dios tiene con él. Lo que Dios ha hecho con una persona, es lo que la persona tiene que hacer con sus semejantes, sus hermanos. Jesús insiste que hay que amarse mutuamente de la misma manera que él nos amó. Pablo nos recuerda que el perdón hay que hacerlo efectivo, ya que el Padre-Dios es el que ha perdonado primero. Esta parábola propia de Mateo, colocada como conclusión del discurso sobre la comunidad, es una verdadera exhortación al perdón. La comunidad vive no porque no cometamos errores o no nos ofendamos, sino porque somos perdonados y perdonamos. El mal, en lugar de dividir y aislar al uno del otro, debe superarse en el perdón reciproco. Precisamente donde hay comunidad huye el mal ¿y de dónde podría huir sino de ella, desde el momento en que toda la ley se compendia en el amor al hermano? El perdón es la victoria constante del amor. – Que durante este tiempo de Cuaresma podamos alejarnos del pecado, que divide y excluye, y pasemos a una experiencia del Espíritu, que une en el perdón, incluye y promueve la vida.  
 

Miércoles 6 de marzo

María de la Providencia, religiosa fundadora (a. 1871)


Dt 4,1.5-9: Pon por obra los mandatos de Dios
Salmo 147: Glorifica al Señor, Jerusalén
Mt 5,17-19: Quien cumpla y enseñe será grande en el Reino



Uno de los puntos débiles del cristianismo católico ha sido la exagerada supremacía de la ley, de la norma, del Derecho Canónico. Muchas veces anteponemos la norma y el canon al mensaje de Jesús. Tal vez una de las causas por las que muchas personas abandonan la Iglesia es por la presentación legalista que se hace de la religión cristiana. Jesús sabía que la voluntad del Padre-Dios es lo mejor que le puede pasar a la humanidad. Jesús sabe que no vino a abolir la ley original del pueblo de Israel. Pero sabemos que Jesús criticó con fuerza y audacia el cúmulo de legislaciones y preceptos que opacaban y escondían el rostro misericordioso de Dios, convirtiéndolo en una especie de tirano, en un ser cruel y mezquino. Cuando Jesús se enfrenta con la Ley, es porque ésta se había vuelto enemiga del ser humano, con el falso pretexto de que el ser humano agradara a Dios; hasta el punto de que la ley fue signo de muerte y exclusión para leprosos, mujeres, niños, extranjeros y pecadores. Más que cumplir leyes por temor, ser cristiano es vivir en fidelidad y lealtad el proyecto de Jesús, aunque esa manera de vivir traiga consigo persecución y muerte. 
 

Jueves 7 de marzo

Perpetua y Felicidad, mártires (a. 203)


Jr 7,23-28: Aquí está la gente que no escuchó la voz del Señor, su Dios
Salmo 94: Ojalá escuchen hoy la voz del Señor 
Lc 11,14-23: Quien no está conmigo está contra mí



Jesús “estaba expulsando un demonio que era mudo”. Desentrañemos los símbolos del relato: El endemoniado representa la parte del pueblo sometida a la institución oficial ideologizada. Es quien ha acogido, sin espíritu crítico, la doctrina oficial proclamada por los letrados y juristas pertenecientes al partido farisaico. Los fariseos, sin embargo, no aparecen aquí para nada. El demonio hace “mudo” al enfermo por haber “escuchado” (acogido) una ideología que contraria al plan de Dios y que le ha dejado sin voz ni voto. Son los fanáticos del sistema quienes han vendido la libertad de expresión (que produce “mudos”) por unas cuantas monedas, quedando incapacitados para para poder escuchar a quien cuestionara su seguridad. La mudez es, en el lenguaje bíblico, signo de cerrazón a la Palabra de Dios. La liberación del hombre mudo desencadena un enfrentamiento abierto. Hay dos clases de adversarios: los que representan a la institución oficial y que acusan a Jesús de endemoniado, y los que se aprovechan de la nueva situación creada por la liberación del pueblo y tratan de comprometerlo pública y políticamente. – Y nosotros, ¿nos sentimos también enmudecidos por el cúmulo de normas y leyes que nos impiden seguir más libre y alegremente a Jesús?
 

Viernes 8 de marzo

Juan de Dios, religioso (a. 1550)


Os 14,2-10: No volveremos a llamar Dios a la obra de nuestras manos
Salmo 80: Yo soy el Señor, Dios tuyo: escucha mi voz
Mc 12,28b-34: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y lo amarás



Contemplemos la anchura del amor que Jesús proclama. Ser cristiano es vivir en profundidad el amor. Sin amor es imposible seguir a Jesús y proseguir su obra. Hoy por hoy, entre los cristianos, el gran peligro no está tanto en el posible olvido de esa centralidad del amor, como en reducirlo a una de sus dimensiones. Porque el amor evangélico es tridimensional: Hay un amor que viene de Dios al ser humano (Jesús descubre que Dios nos ama); hay un amor que sube del ser humano a Dios (Jesús recuerda que ese Dios quiere ser amado); y hay un tercer amor de los hermanos entre sí (Jesús recuerda que el amor al hermano y a Dios son inseparables). Y hoy en la Iglesia parece como si nos hubiéramos repartido ese triple amor, en lugar de sumar los tres amores. Ciertos grupos de corte carismático parecen poner todo su entusiasmo en exaltar el amor de Dios al ser humano. Están luego los piadosos, que sólo se preocupan por su amor a Dios. Y están las personas de talante netamente social, que centran y reducen todo su amor al amor a los hermanos. Tres maneras de mutilar y por tanto de falsificar el auténtico amor evangélico. 
 

Sábado 9 de marzo

Francisca Romana, religiosa (a. 1440)


Os 6,1-6: Quiero misericordia, y no sacrificios
Salmo 50: Quiero misericordia, y no sacrificios
Lc 18,9-14: El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no


Un cristianismo marcado por el signo de la piedad moralizante hace creer que unos cristianos son mejores que otros. Lucas viene contraponiendo dos maneras de acercarse a Dios. El juez y la viuda, primera pareja que muestra que Dios está de parte de los oprimidos; la siguiente pareja está compuesta por Juan el Bautista y el mismo Jesús. En cada una de ellas, Lucas contrapone dos maneras de orar. En el texto de hoy contrapone la oración arrogante del fariseo a la sencilla y confiada del recaudador de impuestos. El fariseo, satisfecho por su condición de hombre justo, no pide nada a Dios. Por su fidelidad a la observancia religiosa, es Dios quien le tendría que estar agradecido. La otra figura es el recaudador de impuestos. Su oración es una petición, reconociendo su condición de pecador. Su petición confiada obtendrá la misericordia de Dios, mientras que la acción de gracias arrogante del fariseo, que cree que se lo merece todo por sus obras, será rechazada. Lucas contrasta la figura del creyente seguro de sí mismo con la del marginado religiosamente, que confía en el amor y misericordia de Dios. – ¿Qué actitud predomina en nuestra oración? ¿La arrogancia del fariseo o la humildad del publicano? 
 

Domingo 10 de Marzo

Domingo 4º de Cuaresma
Juan de Mata, fundador (a. 1213)

Jos 5,9-12: El pueblo de Dios celebra la Pascua
Salmo 33: Gusten y vean qué bueno es el Señor
2 Cor 5,17-21: Dios, por medio de Cristo, nos reconcilió consigo
Lc 15,1-3.11-32: “Tu hermano estaba muerto y ha revivido”



Análisis
La primera lectura, del libro de Josué, nos presenta un elemento fundamental para la liturgia, que es la celebración de la Pascua en el desierto. El texto presenta una serie de elementos que pueden discutirse desde una perspectiva “histórica”: el nombre Guilgal seguramente no se remite a lo que dice aquí el texto sino a un “círculo” de piedras que puede haber dado origen a un sitio que hoy no conocemos con seguridad (hay diferentes locaciones posibles). Pero no es esto lo importante, sino que algo importante ha terminado. Esto es presentado como “el oprobio” de Egipto. Dado que el término oprobio se usa en Gn 34,17 para hablar de la circuncisión se ha pensado en que se refiere a haber estado bajo el dominio de “incircuncisos”. Esto ha sido cuestionado porque los egipcios se sometían a la circuncisión, pero no es a la “sola circuncisión” que debemos referirnos, no se ha de olvidar que esta es signo de la alianza de Dios con su pueblo (Gn 17,2.11) y ciertamente los egipcios no participan de esta alianza. Por otra parte, el v.9 pertenece de hecho a la unidad anterior (5,1-9) donde la circuncisión es el tema fundamental. Haber estado dominados por un pueblo “incircunciso” constituye un verdadero oprobio, pero el fin del éxodo (que de eso se trata esta unidad) marca también el fin de esta etapa.
En los vv.10-12 se trata de otra temática estrechamente ligada a lo anterior: el fin del maná, que es el símbolo de la peregrinación por el desierto. Egipto y desierto han llegado a su fin, ahora se está en la tierra que nos alimenta y donde debemos ser fieles a la alianza expresada en la circuncisión, alianza que ha hecho que dejen de ser “gentiles” (goy) para pasar a ser “pueblo” (‘am). La temática de la alimentación (“comer”, “pascua”, “maná”) marca esta unidad. Es interesante que el éxodo comienza con una pascua y finaliza con otra, como la peregrinación está marcada por la aparición del maná y clausurada por su culminación.
No interesa, en este comentario, la parte histórica de notar que todavía no se han unido en la fiesta pascual la comida del cordero y la comida de los panes sin levadura., Esto parece haber ocurrido en tiempos de Josías (622 a.e.c.; 2Re 23,21-23: ¿Josué = Josías?), lo importante es que la celebración no sólo marca la culminación de un período sino el comienzo de uno nuevo, y este período está marcado por la memoria de los acontecimientos salvadores de Dios en el éxodo y el desierto. Es interesante notar la importancia que da esta unidad a los tiempos: “catorce del mes”, “día siguiente”, “ese mismo día”, “al día siguiente”, “aquel año”, un tiempo nuevo ha comenzado, y la celebración de la pascua es signo de ello.

El Salmo 34 (33) es un salmo “acróstico”, es decir, un salmo “alfabético”, donde cada verso comienza con una letra del “alfabeto” ordenadamente. La liturgia finaliza en el v.7 con lo que sólo tenemos hoy la primera parte del texto. Como muchos salmos de este tipo, la necesidad de encontrar palabras y llenar espacios los torna a veces monótonos, a veces poco creativos en lo literario. Veamos algunos elementos:
El que reza es un individuo que está ante la comunidad. En todo momento es él quien alaba a Dios. Expresamente nos dice que su oración es de “alabanza”, un himno (de aquí toma su nombre el Salterio, “libro de himnos”) y que quiere repetirlo constantemente (la idea de “totalidad” es frecuente en el salmo, vv.5.7.18.20.21).
Su motivo de gloria es Dios mismo, algo que repetirá con alguna frecuencia el AT (ver Jr 9,22s) y que Pablo resume con la idea “el que se gloría, que se gloríe en el Señor” (1 Cor 1,31; 2 Cor 10,17). Si el que reza afirma que los pobres (‘anawîm) se alegran, es porque él está dentro de esa categoría (ver v.7: “cuando el pobre [‘ani] grita...”). La humildad, o abajamiento contrasta con el engrandecer y ensalzar a Dios (v.4).
La distancia entre el orante y Dios no le impide la búsqueda (muchas veces en los salmos es sinónimo de ir al Templo), sabiendo que responde y eso tranquiliza. 
En v.6 hay un contraste entre “refulgir” y “opacarse”. En Is 60,5 se dice que la ciudad que está en lo alto “brilla”, “refulge” en medio de la oscuridad al salir el sol, en tanto que la luna se opaca en un eclipse (Is 24,23; ver Jer 15,9); esto se dice de la nueva Sión en Is 54,4 y 60,5. Este triple elemento mirar - brillar - no opacarse, recuerda a Moisés y su encuentro con Dios del que salía con el rostro resplandeciente hasta el punto que el pueblo no puede mirarlo sin que use un velo (Ex 34,29-35). La oración humilde y confiada nos pone como Moisés ante Dios y el orante saldrá radiante del encuentro, el privilegio que era de Moisés se extiende ahora a toda la comunidad.
A lo largo del Salmo encontraremos otros elementos característicos del Éxodo y Moisés (en v.8, “acampar”; v.10, “santos”; “enseñanza”; v.21: “romper los huesos”) con lo que la comunidad en oración sabe que alabando a Dios vuelve a vivir los momentos originarios y puede encontrarse con el Señor que escucha y salva de los peligros a los pobres (hay momentos del salmo de clara influencia en el Magnificat, ver v.11 y Lc 1,53).

En el texto de la 2º carta a los Corintios, Pablo nos ha dicho cómo se ve él ante Dios. Ahora señala que todo esto es obra de Cristo. Estamos ante una de las unidades más cristológicas de la carta. Un nuevo juego de opuestos (que volveremos a encontrar en Rom 5,12-21) entre uno y todos da sentido a la muerte de Cristo. Es una muerte de uno por (hyper), palabra que se repite seis veces en esta unidad y parece provenir de la lectura cristológica del canto del Siervo de Is 53 y señala la acción en favor de todos nosotros (cf. Rom 5,6.8). El efecto de esta muerte es la reconciliación (también en Rom 5,6.8). Y porque estamos reconciliados -se reconcilia el mundo, cf. v.19, se nos confía, a los ministros de la palabra, el ministerio de la reconciliación. La misión del apóstol parece claramente hacer realidad (imperativo) lo que ya ocurre (indicativo) por obra de Cristo: estamos reconciliados, ¡reconciliémonos! Y lo que nos debe mover (a todos nosotros) es el amor, que nos apremia, nos oprime y compele (a anunciarlo a todos) por eso el efecto reconciliador busca que los que viven no vivan para sí, sino para el Señor. Solidarios con la muerte de Cristo, como su muerte es solidaria con nosotros, no debe preocuparnos que se desmorone el hombre exterior; por el contrario, eso significa una muerte a ese hombre y la irrupción de la novedad de Cristo, novedad que es presentada como nueva creación. Una nueva paradoja: pecado-justicia se revela en esta ‘solidaridad por’. Jesús fue hecho pecado por nosotros (se supone: hecho por Dios, es un “pasivo divino”) y en él venimos a ser justicia, así como en él somos nueva creación. 
Estar en Cristo, muestra una in-corporación, entrar en un cuerpo, fundirse en la realidad que es Cristo, lo que se logra por el bautismo. La preposición en, en este caso, está cargada de sentido. Por eso puede decir algo tan terminante, aplicado a los cristianos lo que no ha de entenderse de un modo individualista: si alguno (está) en Cristo, (es) nueva creación. Así lo primero, lo viejo, lo anterior a Cristo y según la carne, ya pasó (aoristo, ¿refiere al bautismo?), y ya estamos (y seguimos estando, tiempo perfecto) en el nuevo tiempo.
Siguiendo en el mismo contexto, ahora Pablo pasa a desarrollar algo nuevo: cinco veces usa el término reconciliar/reconciliación en esta unidad, pero siempre la iniciativa parte de Dios y la reconciliación es con él. No se entiende que Dios se reconcilie con nosotros, sino nosotros con él. Como se ve en esta perícopa (y también en Rom 5,10-11) la reconciliación con Dios es el fruto por excelencia de la muerte y resurrección de Cristo (5,15), y por lo tanto es el contenido principal de la predicación apostólica; el ministerio de la reconciliación es aquí sobre, acerca de, la reconciliación predicada como efecto de la Pascua. Los apóstoles deben ser ministros, deben comunicar esta novedad comenzada y que ya podemos conocer. Sumergiéndonos en Cristo ya viviremos para él y seremos justicia de Dios. 
El acento está puesto en la obra de Dios, obra siempre caracterizada por la gratuidad, por eso no cuenta los delitos. Con el lenguaje económico se contrasta nuevamente por un lado, la gratuidad de Dios -que no saca cuentas-, y que Pablo quiere imitar, y por otro la explotación o paga que pretenden los adversarios. Reconcíliense está en aoristo, lo que supone una urgencia; sin embargo los corintios ya estaban reconciliados - convertidos. ¿Entiende Pablo que los adversarios han deshecho la obra de Dios y deben renovar la reconciliación? El uso del término embajadores parece que debe entenderse como un reclamo de status, seguramente en comparación con el que la comunidad da a los otros; y pretende también tener en cuenta el lugar que debe ocupar el mensaje, la liturgia y beneficencia, que debe transmitir el embajador de parte del Emperador (embajadores de Cristo). Lo evidente es la instancia mediadora entre Cristo y los corintios.
Es extraña la frase que indica que fue hecho pecado. Conocer el pecado es un semitismo por experimentarlo en la vida. Es un tema frecuente en el Nuevo Testamento la afirmación de que Jesús no pecó (cf. Jn 9,16.31; Rom 6,10; Heb 4,15; 1 Pe 2,22; 1 Jn 3,5), mientras que manifiesta solidaridad con el pecador. La frase, sin embargo, no parece remarcar esta solidaridad sino que fue hecho pecado; la voz pasiva -como es frecuente- remite a Dios (pasivo divino). Este tipo de paradojas son habituales en Pablo para señalar los frutos reconciliadores de la obra de Cristo (ver también 8,9; Gal 3,13; Rom 8,3-4; el tiempo pasado en hecho pecado parece remitirnos a la Pascua). Preposiciones como para (hina) y también por (hyper) apuntan a dar un sentido a la muerte de Jesús que no ha perdido su dimensión de escándalo. El mismo Pablo en la carta a los romanos nos da una clave de lectura: Dios ha “enviado a su propio Hijo de modo semejante a la carne de pecado (sarkòs hamartías) y con respecto al pecado, condenó el pecado en la carne” (Rom 8,3). Es un “hecho carne” en el sentido de “solidario con” la carne de pecado, es representante de todos los pecadores. En este sentido es semejante a murió por todos - todos pecaron de v. 14 y forma inclusión literaria con ellos enmarcando el relato.

Sabemos el lugar central que da el evangelio de Lucas a la “misericordia”. Se ha de ser misericordioso como lo es el Padre (6,36), y -como el “buen samaritano”- el oyente debe “hacer lo mismo”. En el capítulo 15, después de una presentación de la situación que causa escándalo: “recibe a los pecadores y come con ellos” Jesús pone 3 parábolas. La idea es la misma en las tres, aunque en la última se incorpora un nuevo elemento en el debate. La idea principal es la de una cosa querida que es perdida, buscada y encontrada. El acento recae en la alegría que causa el encuentro de la cosa perdida, sea esta una oveja, una moneda, o un hijo. Las dos primeras, como es frecuente en Lucas, presenta un par donde se integran un varón y una mujer: el pastor y la mujer (recordar el profeta y la profetisa de Lc 2,25-38, o las parábolas de la mostaza y la levadura en 13,18-21). La liturgia de hoy ha omitido este “par mixto” y se ha detenido -luego de la introducción, que le da el marco a la parábola- en la así llamada “del hijo pródigo”.
Veamos brevemente el marco redaccional de los vv. 1-2. Se aproximan a Jesús para oirlo “todos” los publicanos y pecadores. No hace falta demasiada imaginación para saber que se trata de una construcción artificial. “Todos” deberían ser mucha gente, pero el acento está puesto en destacar que estos grupos de rechazados escuchan de boca de Jesús una predicación en la que no se encuentran excluidos. Muchas veces se hace referencia en el Tercer Evangelio a grupos que “oyen” a Jesús, pero es evidente que esto no basta, es necesario “ponerlo en práctica” (6,47-49; ver 8,11-15; 11,28) para ser como una casa edificada sobre roca y no sobre arena. Quedarse sólo en las parábolas no sirve, ya que es oír y no entender (8,10), “quedarse en la cáscara” sin ir al nudo , a diferencia de “la madre y los hermanos” que escuchan la palabra y la cumplen (8,21). Pero escuchar es la actitud primera, es signo de reconocerlo como profeta semejante a Moisés (9,35); luego se trasladará a los suyos: quien los escucha, escucha al Hijo (10,16). Oír es la actitud del discípulo que elige la mejor parte, la única importante (10,39), y por eso los buenos judíos deben “oír" a Moisés y los profetas (16,29.31). El rico no sigue a Jesús al oír sus exigencias y no estar dispuesto a “vender todo” (18,23). Los adversarios no pueden deshacerse públicamente de Jesús porque el pueblo lo oye atento (19,48; ver 20,45; 21,38). Podemos decir, entonces, que “oír” es el primer paso del discipulado, y en esta etapa están “todos los cobradores de impuestos y pecadores”.
Por otra parte encontramos a fariseos y escribas (5,21.30; 6,7; 11,53), siempre los encontramos mirando “de afuera” a Jesús y confrontando con sus opiniones y actitudes. Los escribas, por otra parte, cuando los encontramos con los sacerdotes ya es para conspirar contra Jesús buscando matarlo. Son expresión de lo que en cierta manera podríamos llamar “ortodoxia” judía, los fieles a la ley y las tradiciones, y por ello cuestionan lo “heterodoxo”, lo que no corresponde, como “recibir” a los pecadores. Como es frecuente en Lc, los fariseos se escandalizan de las actitudes de Jesús frente a los pecadores, y murmuran (diagong_zô). El término vuelve a aparecer en 19,7 por única vez en Lc y todo el NT, Jesús se hospeda en lo de Zaqueo y “murmuran”: ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador”; también lo encontramos como murmurar (gong_zô) en 5,7 (8 veces en el NT, Mt 1 Lc 1 Jn 4 Pablo 2): “comen y beben con publicanos y pecadores”. El término es frecuente en las tradiciones del desierto (en ese sentido también en Jn y Pablo) donde el pueblo “murmura” contra Dios y Moisés (Ex 16,7; 17,3; Num 11,1; 14,27-29) y en caso de Jesús, van en aumento. La acusación es que Jesús prosdéjetai: acepta favorablemente, recibe, espera a los pecadores, y -seguramente lo más grave- “come con ellos”.
El tema de las comidas de Jesús es sumamente interesante e importante. La actitud de synesthíô (literalmente “comer con”) marca una actitud. Es la única vez que lo encontramos en los Evangelios, y se repite otras dos veces en Hechos y otras dos en Pablo; los apóstoles se presentan como los que “comieron y bebieron con el resucitado” (Hch 10,41) y Pedro recibe una reprimenda de “los apóstoles y hermanos de Judea” porque “has entrado en casa de incircuncisos y comido con ellos” (11,3), como se ve, en este caso el marco es semejante al de los Evangelios. 1 Cor 5,11 habla de no comer con los que se llaman hermanos y viven como paganos, y Ga 2,12 recuerda a los cristianos de Antioquía que comían juntos, pero cuando llegaron “los de Santiago”, los judíos se separaron de la mesa... Como se ve, la imagen es que sólo se puede comer con los que son puros, y la comida con impuros nos vuelve impuros también a nosotros. La comida de Jesús con pecadores es una expresión evidente de que no vino “a llamar a los justos sino a los pecadores” (5,32); es su costumbre contraria a la religiosidad “tradicional” la que está en cuestión; Jesús quiere cambiar el rostro de Dios como se ha dicho más de una vez, quiere reemplazar el Dios de la pureza por el Dios de la misericordia, sus comidas reflejan ese Dios que Jesús propone, uno que recibe a pecadores, a “todos”. Este marco de las comidas de Jesús que revela un nuevo rostro de Dios es el que el Señor quiere ahora mostrar en la parábola.

No vamos a desarrollar un comentario a toda la parábola sino a detenernos en lo fundamental. El movimiento de la parábola es sencillo: presentación de los personajes (vv.11-12), actitud del hijo menor (vv.13-20a), actitud del padre frente al hijo perdido (vv.20b-24), actitud del hijo mayor frente al hijo perdido (vv.25-32). Como se ve, las tres primeras escenas son paralelas a las actitudes del pastor y la mujer ante el objeto perdido, la novedad viene dada por la actitud del hijo mayor. Ciertamente este refleja la actitud de los fariseos y escribas ante los pecadores. No deja de ser interesante el lenguaje de la comida en la parábola, lo que nos recuerda el contexto: “hubo hambre” (v.14), deseaba comer las algarrobas (v.16), los jornaleros del padre “tiene pan en abundancia” (v.17), el padre manda “matar el novillo engordado, comamos y celebremos una fiesta” (v.23), “nunca me diste un cabrito para una fiesta con mis amigos” se queja el mayor (v.29) y aclara “ese hijo tuyo que devoró tus bienes con prostitutas” (v.30); además, en vv.23.24.29.32 utiliza eufrainô que como vimos es festejar en un banquete...
Como se ve, el contraste es entre dos personajes con respecto a una misma situación: el hijo/hermano menor. Como otras parábolas de dos personajes, quizá el título debería reflejar estas dos actitudes más que remitir al “hijo pródigo”. 
Por una parte, se ocupa de mostrar qué bajo cayó el hijo menor con una serie de elementos muy críticos para cualquier judío: “país lejano”, “vida libertina/prostitutas”, “pasar necesidad”, “cuidar cerdos”, no le dan ni siquiera algarrobas, que es comida preferentemente de animales (¿las debe robar?), hasta el punto que pretende volver “a su padre” como un asalariado. Hay que prestar atención a palabras como “no merezco” (vv.19.21) y “es bueno/conviene” (v.32), a las que volveremos. Descubriendo su miseria el hijo parte “hacia su padre” (no dice a su casa, aunque se supone “pros”; vv.18.20), el hijo mayor es quien no entra “en la casa” (v.25). El movimiento de partida y regreso del hijo es semejante al perder-encontrar, y más aún a la muerte-resurrección (con este paralelismo termina la intervención del padre y vuelve a repetirse al intervenir el hijo mayor).
El hijo ha preparado un discurso, pero el padre no le permite terminarlo, no se le gana en generosidad e iniciativa: no sólo -contra las costumbres orientales- “corre” al encuentro del hijo al que ve de lejos, sino que le devuelve la filiación que había “perdido”: eso significan el anillo (sello), las sandalias y el mejor vestido, digno de un huésped de honor. La alegría del padre queda reflejada, además, en la fiesta por “este hijo mío”.
El hermano mayor, que viene de cumplir con sus responsabilidades de hijo no quiere ingresar a la casa y participar de la fiesta. Nuevamente el padre sale al encuentro de un hijo y debe escuchar los reproches. El mayor se niega a reconocerlo como hermano (“ese hijo tuyo”) cosa que el padre le recuerda (“tu hermano”). El padre no le niega razón a que el hijo mayor “jamás desobedeció una orden”, es un “siempre fiel”, uno que “está siempre con el padre” y todo lo suyo le pertenece, pero el padre quiere ir más allá de la dinámica de la justicia: el menor “no merece”, pero “es bueno” festejar. La misericordia supone un salir hacia los otros, los pecadores que -por serlo- no merecen, pero el amor es siempre gratuito y va más allá de los merecimientos, mira al caído. Los fariseos y escribas son modelos de grupos “siempre fieles”, pero su negativa a recibir a los hermanos que estaban muertos y vuelven a la vida los puede dejar fuera de la casa y de la fiesta. Los mayores también pueden irse de la casa si no imitan la actitud del padre, o pueden ingresar y festejar si son capaces de recibir a los pecadores y comer con ellos.

Comentario

En nuestra vida cristiana solemos movernos con caricaturas de Dios; sea por lo que creemos, por lo que mostramos, o por lo que nos enseñaron. Sea un Dios bonachón, un cascarrabias eterno que espera nuestra equivocación para quebrarnos, un distraído y olvidado de las cosas de los humanos a los que creó “hace tanto tiempo", un "padre" autoritario y caprichoso que decide arbitrariamente y no permite discusiones en la realización de su voluntad... ¿Cómo es nuestro Dios? 
Es importante saber cómo es el Dios en el que creemos, pero más importante es saber cómo es el Dios en el que creyó Jesús, cómo es el Dios que Él nos reveló. Como siempre, Jesús nos hablaba de Dios no sólo con palabras, sino también con lo que hacía. Haciendo, Jesús nos mostraba al Padre Dios, ¡al verdadero! Hoy Jesús nos cuenta una parábola, una parábola que nos habla de Dios, pero una parábola que nace de una actitud de Jesús, y él nos dice que frente a los hermanos despreciados, podemos obrar de dos maneras diferentes, como Dios -que es también como obra Jesús- o también como los judíos religiosos, los “separados” del resto, los puros.
El pecado es el no-amor-dado, y el amor no-dado, y por eso nos aleja de Dios, que es amor; nos separa de su casa paterna. Pero con su amor, que se sigue derramando, y de un modo preferencial por los pecadores, Dios sigue tendiendo constantemente su mano amiga, a la espera de la vuelta de sus hijos. Nosotros, en una frecuente caricatura de Dios, solemos rechazar, juzgar y condenar a los que creemos pecadores. Nosotros, al igual que Jesús, también mostramos con nuestras actitudes al Dios en el que creemos; pero, a diferencia de Jesús, mostramos un Dios que en nada se asemeja al Eterno Buscador de Hijos Perdidos.
El Jesús que ama y prefiere a los pecadores, y come con ellos, no hace otra cosa que conocer la voluntad del Padre y realizarla concretamente, sus mesas compartidas y sus comidas nos hablan de Dios, ¡claramente! En el comportamiento de Jesús se manifiesta el comportamiento de Dios, Jesús mismo es parábola viviente de Dios: su acción es entonces una revelación. ¿Qué Dios, qué Iglesia, qué ser humano revelamos con nuestra vida? Con frecuencia, como hermanos mayores estamos tan orgullosos de no haber abandonado la casa del padre, que creemos saber más que Él mismo: “Dios es injusto”, para nuestras justicias; Dios es "de poco carácter" para nuestra inmensa sabiduría. Quizá, Dios ya esté viejo, para dedicarse a su tarea y debería jubilarse y dejarnos a nosotros...
Frente a tanta gente que rechaza la Iglesia ("creo en Dios, no en la Iglesia"), a veces decimos "pero Dios sí quiere la Iglesia", ¿no debemos preguntarnos constantemente qué Iglesia es la que Él quiere? ¿No debemos preguntarnos, en nuestras actitudes, qué Iglesia mostramos? Esta Iglesia, la que yo-nosotros mostramos, ¿es como Dios la quiere? Jesús, con su vida, y hasta con sus comidas, muestra el rostro verdadero de Dios, muestra la comunidad de mesa en la que él participa; hasta comiendo Él revela al verdadero Dios. Quizá debamos, de una buena vez, dejar nuestra actitud de hijo mayor, y ya que nos sale tan mal el papel de Dios, debamos asumir el papel de hijo menor; debemos volver a Dios para llenarlo de alegría, para participar de su fiesta; y, participando de su alegría empecemos a mostrar el rostro de la misericordia de este Dios de puertas abiertas.
La misma cena eucarística es expresión de la universalidad del amor de Dios: es comida para el perdón de los pecados. El Dios de la misericordia, no quiere excluir a nadie de su mesa; es más, quiere invitar especialmente a todos aquellos que son excluidos de las mesas de los hombres por su situación social, por su pobreza, por su sexo o por cualquier otro motivo; y va más allá, no ve con buenos ojos que crean participar de su cena quienes no esperan a sus hermanos excluidos de la mesa por ser pobres. El Dios que no hace distinción de personas, ama dilectamente a los menos amados. Sin embargo, muchas veces tomamos la actitud del hermano mayor. ¿Cuándo nos sentaremos en la mesa de los pobres, y abandonaremos nuestra tradicional postura soberbia y sectaria de "buenos cristianos"? ¿Cuándo nos decidiremos a participar de la fiesta de Dios reconociéndonos hermanos de los rechazados y despreciados? Jesús nos invita a su comida, una comida en la que mostramos -como en una parábola- cómo es el Dios, como es la fraternidad en la que creemos. Y nos mostraremos cómo somos hermanos, cómo somos hijos en la medida de participar de la alegría del padre y del reencuentro de los hermanos. 

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 34 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. LÓPEZ VIGIL, titulado «Los hijos de Efraín». El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: www.untaljesus.net/texesp.php?id=1200034 Puede ser escuchado aquí: www.untaljesus.net/audios/cap34b.mp3  

Para la revisión de vida
¿Qué hay en mi corazón de hijo pródigo… huidizo respecto al Padre, dilapidador de la herencia gratuitamente recibida? ¿Qué hay en mí de hijo mayor que se cree mejor, con más derechos, irreprochable, despectivo hacia los demás hermanos? ¿Qué hay en mí que evoque la misericordia paciente y madura del Padre?

Para la reunión de grupo
- Ver quiénes son los actores de la parábola y ordenarlos de mayor a menor protagonismo. 
- Esta parábola del evangelio de hoy era conocida hasta hace poco como "del hijo pródigo"; nuestro comentario la llama de otra manera... ¿Qué pensar de ese cambio? 
- Calificar el significado de cada actor. ¿Qué actitudes actuales podrían representar estos actores?

Para la oración de los fieles
- Por todos los que padecen hambre en este mundo en el que sin embargo el problema no es de producción sino de distribución; para que seamos capaces de llevar a la práctica la confesión teórica de que somos hermanos por ser hijos de Dios, roguemos al Señor. 
- Por las relaciones familiares entre padres e hijos, para que estén presididas por las “entrañas de misericordia” que Dios tiene para con todos nosotros...
- Para que caigamos en la cuenta de que Dios es tanto Padre como Madre; para que poco a poco vaya calando en nuestra iglesia una conciencia crítica respecto a la masculinización que hemos proyectado sobre la imagen de Dios...
- Para que tengamos un corazón amplio que se alegra por el bien de los demás y nunca tiene celos de las alegrías ajenas...
- Para que “nos dejemos reconciliar con Dios”, que de tantas y tan suaves maneras nos llama a la conversión en este tiempo cuaresmal...

Oración comunitaria
Dios nuestro, a quien podemos llamar verdaderamente Padre y Madre, lleno de entrañas de misericordia, dispuesto siempre a la acogida y al perdón, a pesar de nuestra ingratitud o infidelidad; danos imitarte en ese tu amor, para que podamos llamarnos honradamente y ser en verdad “hijos tuyos” y “hermanos unos de otros”. Te lo pedimos en el nombre de Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro.
 

Lunes 11 de marzo

4ª semana de Cuaresma
Eulogio de Córdoba, obispo (España, a. 859)

Is 65,17-21: Ya no se oirán gemidos ni llantos
Salmo 29: Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
Jn 4,43-54: Anda, tu hijo está curado



La fe es una realidad transformadora: es una adhesión a una persona y a un programa de vida. Esta adhesión total y existencial hará posible, como anuncia Isaías, “un cielo nuevo y una tierra nueva”. Entonces el creyente experimentará que con Dios todo se vuelve nuevo. Al estar el creyente adherido a un proyecto mayor, todo lo mira con ojos nuevos, se arriesga a proponer caminos alternativos, no se aferra a lo caduco y cree en la utopía aun en medio de las contradicciones de la historia. El verdadero creyente no pide a Dios pruebas; más bien, a partir del compromiso de fe que asume, el creyente le cree a Dios y se compromete para hacer posible el sueño de lo novedoso, de lo bello, de lo alternativo. La fe es la base fundamental para salir de lo cambiable, de lo monótono; para soñar nuevos sueños y para creer en un tiempo nuevo. Sabemos que llegará un nuevo día, un nuevo cielo, una nueva tierra. Y, en ese día de nuestro Dios, los oprimidos de la tierra proclamarán a una voz su libertad. – En esta Cuaresma, ¿estoy profundizando mi fe? ¿Me lleva mi fe a hacer “nuevo” el mundo en el que vivo? 
 

Martes 12 de marzo

Abrahán, patriarca (siglo XV aC)


Ez 47,1-9.12: Vi que manaba agua del lado derecho del templo, y habrá vida
Salmo 45: El Señor de los ejércitos está con nosotros; Dios es Nuestro alcázar
Jn 5,1-3.5-16: Al momento aquel hombre quedó sano



El tema del agua es columna vertebral de las lecturas de este nuevo día de Cuaresma. Pero percibimos que el evangelio de Juan nos presenta una novedad sorprendente: Jesús sana a los enfermos no por la fuerza del agua, sino por la fuerza amorosa de Dios Padre. El Evangelio nos indica que Jesús curó a un enfermo que llevaba treinta y ocho años postrado, pero lo curó sin necesidad del agua, sin necesidad de fuerzas extrañas, sin ningún acto mágico. Sólo su Palabra basta para sanar. – Es importante pasar de experiencias de fe que buscan sólo milagros que nos muevan a creer, a avanzar por caminos que, basados en la fidelidad, el seguimiento y el testimonio de vida misionera, nos conduzcan a una experiencia de conocimiento profundo de Dios. Ese ha sido el papel que han jugado los místicos a lo largo de la historia: pasar de creer en Dios a conocer a Dios. Recordemos que toda experiencia de Dios o con Dios tiene una tarea y un objetivo concreto, que no puede ser cambiado o adulterado: conocer más y mejor a Jesús, para seguirle en fidelidad, lealtad, apertura y de manera militante y comprometida. – ¿Estamos profundizando en ese conocimiento vivencial de Dios? 
 

Miércoles 13 de marzo

Humberto, cazador y obispo (a. 727)


Is 49,8-15: Te he constituido alianza del pueblo, para restaurar el país
Salmo 144: El Señor es clemente y misericordioso
Jn 5,17-30: Como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida



La original ética cristiana es una alternativa de vida, justicia, verdad y paz en medio del mundo. Los cristianos de primera hora verdaderamente se arriesgaron al llamar Hijo de Dios a un hombre campesino, sin prestigio, sin poder, sin pertenecer a las élites religiosas. Es importante recordar que, durante toda su vida, Jesús nunca dijo que él era Dios. Es complejo acercarnos a este tipo de temas, pero no es imposible abordarlos con ternura y con serenidad, para que podamos asumir una lógica nueva de la realidad cristiana y de la reflexión teológica que terminó proclamando a Jesús como Hijo de Dios, como Dios mismo. El mensaje de Jesús de Nazaret es dar vida en abundancia a todo hombre y mujer que se adhieran a su persona y a su causa. Su acción y su palabra trascienden los límites y fronteras de la historia, de las culturas, y también de las religiones. Jesús es Palabra autorizada de Dios; es vida en abundancia para la humanidad; es esperanza para toda la creación; es la carta de navegación que Dios nos ha dado para llegar a vivir en plenitud nuestra vocación de hijos queridos del Padre Dios. – ¿Creemos de verdad en este Jesús? 
 

Jueves 14 de marzo

Matilde, reina (a. 968)


Éx 32,7-14: Arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo
Salmo 105: Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo
Jn 5,31-47: Hay uno que los acusa: Moisés, en quien ponen ustedes su esperanza



En el debate de Jesús con las autoridades religiosas de Jerusalén, el tema más fuerte y neurálgico era el de la identidad de Jesús. Sólo el Espíritu Santo de Dios hará posible –y éste es el verdadero milagro– que un creyente vea en las obras de Jesús la obra del buen Padre Dios. Es el Espíritu de Dios quien podrá revelarnos el misterio de la divinidad de Jesús. El Padre quiere que todos los seres humanos lleguen al conocimiento de la verdad. – En este tiempo de Cuaresma estamos llamados a hacer un proceso profundo de conversión. Esta conversión no está tanto en pasar de pecadores a justos, sino en pasar de justos a hijos, y si somos hijos, también seremos herederos del misterio de Dios revelado en la persona de Jesús. – Que en esta Cuaresma logremos la aniquilación de los ídolos que nos impiden encontrarnos con Jesús, el Dios encarnado, la Palabra autorizada del Padre. Recordemos que no es tanto el ateísmo el que nos aleja de Dios como la idolatría. Comencemos por reconocer desde el fondo de nuestro ser a Jesús como el Señor de la vida y de la historia, y seamos fieles a su mandato. 
 

Viernes 15 de marzo

Luisa de Marillac, fundadora (a. 1660)


Sab 2,1a.12-22: Lo condenaremos a muerte ignominiosa
Salmo 33: El Señor está cerca de los atribulados
Jn 7,1-2.10.25-30: Intentaban agarrarlo, pero todavía no había llegado su hora



Todos los hombres y mujeres que, a lo largo de la historia, han sido fieles al proyecto de Dios han experimentado, de un modo u otro, la incomprensión y la persecución por parte de las instituciones que tienen el poder y hasta del mismo pueblo que no alcanza a comprender la fidelidad de los seres humanos a un proyecto mayor. Jesús incomodó, y mucho, a la sociedad de su tiempo. Su presencia en medio de la gente provoca interrogantes e inquietud. Jesús asume su responsabilidad frente a la historia. Comprende que su papel es importante y crucial frente a los sistemas de muerte que imponían la religión hipócrita e inmoral del judaísmo y el sistema egoísta y opresor del imperio romano. Dios no le ahorró a Jesús la angustia, el dolor, la soledad, el llanto, la duda, ni siquiera la muerte. – Hoy más que nunca, estamos llamados a asumir el cristianismo con la radicalidad que implica el seguimiento de Jesús. Pero sobre todo hemos de saber que seguir el proyecto de Dios al estilo de Jesús, no es esperar que Dios solucione nuestros problemas; por el contrario, es echarnos un problema más complejo encima. En eso consiste el verdadero seguimiento de Jesús. 
 

Sábado 16 de marzo

Clemente Hofbauer, religioso (a. 1820)


Jer 11,18-20: Yo, como cordero manso, seré llevado al matadero
Salmo 7: Señor, Dios mío, a ti me acojo
Jn 7,40-53: ¿Es que de Galilea va a venir el Mesías?



El mesianismo de Jesús fue cuestionado por sus propios paisanos. La gente tenía una manera particular de ver el mundo; se habían habituado a ver la historia desde unas lógicas propias y desde unos esquemas ya preestablecidos. Es un problema que vivió Jesús y que se vive igualmente en nuestro tiempo. Podríamos decir que uno de los fenómenos humanos más increíbles es el de la costumbre. Acostumbrarse a pensar de cierta manera y a ver el mundo de una manera particular, creyendo que es la única válida, es una actitud común a lo largo de la historia. Esto muchas veces nos cierra a la diferencia, nos vuelve enemigos de lo novedoso, hace que perdamos la posibilidad de vivir aprendiendo. Eso le sucedió a la gente del tiempo de Jesús: “De Galilea no puede salir algo bueno”. La actitud de aquella gente era propia de los que se sienten ya terminados en su proceso, los que creen que Dios no tiene ya nada más que decirles. Jesús, con su propuesta liberadora, sigue tocando nuestras vidas, nuestro corazón, nuestra historia. Hoy estamos llamados a acogerlo, a recibirlo en nuestra vida, y a estar abiertos a la novedad de cada tiempo y de cada lugar. 
 

Domingo 17 de marzo

5º de Cuaresma
Patricio, obispo (a. 461)

Is 43,16-21: Apagaré la sed de mi pueblo
Salmo 125: ¡El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres!
Flp 3,8-14: Por Cristo lo perdí todo, muriendo su misma muerte
Jn 8,1-11: En adelante no peques más



Análisis
El texto del discípulo de Isaías es característico de su teología. Se lo ha llamado con frecuencia el “profeta del nuevo éxodo” (35,6; 41,18ss) y el texto que comentamos lo muestra claramente. Con la fórmula clásica del “enviado” (“así dice...”) comienza la unidad; como ocurre con mucha frecuencia Dios es presentado por lo que “hace”. La misma concluye en el v.21 ya que en v.22 comienza un nuevo oráculo de estilo muy diferente, con lo que el texto de la liturgia presenta claramente una unidad “redonda”. El estilo es hímnico, como se nota en los paralelismos (semejante a 40,22s; Sal 104,2ss; 136,5ss). 
Es interesante que presenta una larga introducción (vv.16-17) sobre el pasado haciendo memoria de los acontecimientos del éxodo (Ex 13-14), pero con una serie de tiempos verbales que debemos tener presentes ya que se los dos primeros son participios (que traza, que hace salir), los dos segundos son imperfectos (se echarán, no se levantarán) y recién los dos últimos son imperfectos, y claramente pasados (se apagaron, se extinguieron), por lo que el marco principal es el presente que pone al lector “en medio” de los acontecimientos, con lo que recuerda a Israel que su fe no radica en los acontecimientos del pasado sino en Dios que “hace” esas cosas.
Lo llamativo es que después de toda esta introducción nos viene a decir en v. 18: “no se acuerden de las cosas pasadas” (no debe leerse como pregunta, como hacen algunas Biblias); las cosas “pasadas” son las del éxodo, como vemos en 41,22; 42,9; 43,9; 49,9; 48,3. ¿Por qué no recordar lo que acaba de poner en la memoria? La memoria (“¡recuerda!”) es fundamental en Israel (Sal 78), y por eso es importante la historia. Ciertamente porque lo que viene “es nuevo”, ya no estamos ante un río que se seca para que un pueblo pase, sino ante un desierto que se llena de agua para que el pueblo beba; lo nuevo es el camino en el desierto (35,8-10; 40,3-4), y el agua y la vegetación en ese lugar (35,6-7; 41,18-19). Es interesante recordar que el desierto es -para el tiempo del éxodo- un lugar terrible (“enorme y temible”, Dt 1,19; 8,15), allí Dios dio agua de la roca, y alimento del cielo; lo que ahora va a realizar —y realiza— es notablemente superior que hace empalidecer lo “antiguo”. Los acontecimientos que narra nos recuerdan lo que nos dice que no debemos recordar, y ahora en imperfecto: es algo que “se está haciendo”. Entre la doble referencia al agua en el desierto, aparece una extraña imagen: los que glorifican a Dios son los animales del desierto, no el pueblo (aunque estos parecen ocupar su lugar, como es frecuente, por ejemplo en los sacrificios, y se confirma en el relato con la doble referencia “mi pueblo, mi elegido”). Es este pueblo el que contará las alabanzas de Yavé (ver 43,10; 44,8), y es presentado como el pueblo que “me modelé”, con lo que regresamos a las imágenes de creación, muy frecuentes en el discípulo de Isaías (ver 43,1.7).
Lo que quiere destacar el autor es que no hay que quedarse en los acontecimientos del pasado por más maravillosos que hayan sido; quedarse en los acontecimientos y no en Dios es una forma sutil de idolatría, lo que hay que recordar es a Dios que es quien las hizo, hace y hará. El éxodo es el acontecimiento arquetípico y por eso es modelo de acontecimientos nuevos, no es algo en lo que Dios se ha estancado en el pasado. La “sola memoria” puede ser peligrosa, no puede ser un permanecer “estancados”, no tiene valor si no va acompañada de la esperanza, si no prepara futuro.

La carta a los Filipenses presenta un problema con respecto a la unidad de su composición. No sólo porque Ignacio de Antioquía en su carta a los filipenses (3,2) les habla de “las cartas que Pablo les escribió”, sino porque el mismo dice “volver a escribirles las mismas cosas (?) no me es molestia” (3,1b). Pablo no les había escrito que nosotros sepamos. Dado que muchos han pensado (quizá por no poder aceptar que si esas cartas existieron podrían estar perdidas) que muchas de esas cartas “perdidas” se encuentran en los “pliegues” de la misma carta, veamos brevemente esto: la frase “alégrense en el Señor” (3,1a) parece dar un tema por terminado, y sin embargo comienza abruptamente una apología de Pablo que aparentemente no tenía sentido por el tono de la carta; 4,2-3 tiene apariencia de conclusión y saludo y en 4,4 retoma “estén siempre alegres en el Señor, se los repito”. Por eso muchos han pensado que 3,1b-4,3 representan una breve esquela separada que Pablo les envía alertado por algunos peligros que se han introducido en la comunidad, y que al reunirse el “corpus” de las cartas paulinas se introdujo en el medio de la carta “para que no se perdiera”. Sea como fuere, lo que aquí nos interesa es que 3,1b-4,3 parece una unidad (ya literaria, ya cronológica) alertando sobre los peligros en la comunidad preferida de Pablo (“mi gozo y mi corona”, 4,1). El texto de la segunda lectura de hoy pertenece a una parte de esta “carta 2" o “paréntesis apologético”.
Dentro de esta unidad, Pablo pone en estado de alerta a los filipenses poniéndose él mismo como ejemplo (vv.2-17), y criticando abiertamente la posición de los adversarios (vv.18-21). Dentro de la primera unidad, una primera parte (vv.2-3) alerta sobre los adversarios, que parecen judeo-cristianos que quieren insistir en la circuncisión y las leyes judías insistiendo que los cristianos que provienen del mundo pagano deben hacerse primero judíos para poder gozar der las bendiciones de Dios. Pablo se presenta a sí mismo (de vv.4 a 14 se usa la 1ª persona del singular) como verdadero judío fiel (vv.4-7) y desvaloriza todo eso que había vivido porque Cristo Jesús da plenitud a todo lo pasado (vv.8-14) y relaciona -como al principio- esto con los discípulos (1ª persona del plural, vv.15-17) que deben imitar a Pablo. Este es el contexto del párrafo que ahora debemos comentar brevemente:
Lo que ha cambiado a Pablo dando un nuevo enfoque a su vida es el “conocimiento de Cristo Jesús”. Es cierto que otro “conocimiento” puede ser inútil o hasta perverso, pero si de conocimiento de Cristo se trata, ese llegará a su plenitud al final de los tiempos donde “conoceré, como soy conocido (por Dios)”, 1 Cor 13,12. Todo es “a causa de Cristo” (v.7). La esperanza judía en el mesías era ciertamente futura, pero Pablo es consciente que ya ha conocido. Sin embargo, todas las esperanzas de Israel, que tan bien quedan expresadas en Rom 9,4-5 no han “conocido” y han quedado al margen. Esto es, para Pablo, un motivo de gran dolor, como lo manifiesta especialmente (9,3). Pero para Pablo, todo lo que preparaba la llegada de Cristo, ya no tiene sentido, como el pedagogo (Gal 3,24-25) no tiene sentido una vez que el niño ha llegado a la escuela a la cual él lo llevaba. Es importante notar como Pablo empieza a poner los cimientos para una marcada separación entre Israel y la Iglesia, todo lo anterior, en comparación con Cristo es nada menos que estiércol.
El lenguaje que Pablo destaca es económico “pérdida - ganancia” pero sobre todo deportivo. Pablo pretende (notar la semejanza con el lenguaje de 1 Cor 13 que acabamos de mencionar): “ganar a Cristo y ser encontrado por él”. Las imágenes deportivas no son extrañas a Pablo (1 Cor 9,24-27; 2 Cor 4,8-9), y le sirven a Pablo como un ejemplo más para destacar algo que ya ha comenzado pero aún no ha concluido. Sin embargo, Pablo no pretende que las imágenes sean suficientes, él no corre con sus propias fuerzas, no espera llegar con su “justicia”, no lo ha alcanzado sino que fue él mismo alcanzado por Cristo . Aunque más “al pasar” que en Gálatas y Romanos, queda planteado el tema de la fe y las obras. Pablo sabe que colabora con la obra de Dios, pero sabe que no son sus fuerzas las que le permiten alcanzar la meta (notar esto tan característico de Pablo: conocer - ser conocido, ganar - ser hallado, alcanzar - ser alcanzado). La justificación -la meta- sólo puede venir de la iniciativa de Dios, no por la ley sino por la fe.
Notemos dos cosas más: los adversarios de Pablo parecen creer “haber llegado ya a la meta”, por eso el apóstol insiste tan vehementemente en que todavía no ha llegado, que sigue en carrera. Por otra parte, los adversarios parecen rechazar la imagen que da Pablo (esto ocurre en otros textos, particularmente en la gran apología de 2 Cor 10-12), parece que la “debilidad” la “comunión en sus padecimientos” causa rechazo. Pablo, sabe ver en su propia persona alguien que puede ser imitado, pero no por su “confianza en sus capacidades” sino por su confianza en la cruz, cruz que se manifiesta en sus incapacidades. Sólo haciéndonos semejantes a él en la muerte podremos participar de su resurrección, con lo que alcanzaremos la meta. En realidad, ambas cosas son una misma mirada: estar en camino es participar de la cruz, creer que ya hemos llegado a la meta es creer que ya hemos resucitado. Esta sensación de “haber llegado” es lo que adormece la vida creyente, adormece la colaboración con la que Dios cuenta en su gracia para anunciar el evangelio a los hermanos. Porque pone su confianza en Dios y no en sus fuerzas, Pablo es un modelo creíble (v.17), la gracia actúa en él y se derrama -por su intermedio- a toda la querida comunidad de Filipos. Los adversarios, confiando en sus propias fuerzas, y creyendo haber llegado a la meta, terminan siendo “enemigos de la cruz de Cristo” (v.18), la misma cruz que Pablo lleva en su vida.

El evangelio de hoy, de Juan, es un texto ligeramente complicado. Veamos algunos elementos aislados antes de introducirnos en lo fundamental.
Para comenzar, el texto no se encontraba originalmente en el Evangelio de Juan, sino que circuló “aislado”. De hecho el vocabulario, el estilo y algunos temas no son propios de Juan, y son más semejantes a Lucas. No es improbable que -para que no se perdiera- haya terminado donde ahora lo tenemos por la idea del juicio, de que Jesús no vino a condenar, que se desarrollan en Jn 7-8. Es posible que el texto no fuera incorporado en los primeros tiempos y anduviera errante debido a una posición muy rígida de la Iglesia frente al adulterio (ver 1 Cor 6,9s; Hb 13,4; 2 Pe 2,14; Mt 19,19 y Lc 16,18) que acá parece mitigada. Jesús es dador de perdón gratuito de parte de Dios.
Al recibir un texto aislado, hay muchas cosas que nos quedan “en el aire” y no las comprendemos ni tenemos forma de descubrirlas, por ejemplo: ¿dónde está el amante con el que fue “sorprendida” la mujer?; ¿dónde está el marido?; todo parece indicar que la mujer era casada, pero puede haber sido “comprometida”; ¿cuál es la “trampa” que le ponen a Jesús?; ¿por qué llevan la mujer a Jesús (no es una discusión de escuelas lo que se plantea, como otras veces)?; ¿qué escribe o que significa que Jesús escriba en tierra?; ¿Jesús debe intervenir en la sanción o esta ya fue decidida por el Sanedrín?; ¿el marido -en connivencia con escribas y fariseos- prepara una trampa a la mujer?; ¿Jesús rechaza que alguien pueda ser juez de otro por el hecho de ser aquel un pecador?; ¿la lectura es simbólica, legendaria o histórica? ¿los judíos podían aplicar pena de muerte?... las preguntas podrían multiplicarse, pero muchas respuestas sólo quedan en el terreno de las hipótesis. Veamos algunos elementos del relato y avancemos un poco en su interpretación.
El relato comienza en 7,53, donde “cada uno va a su casa y Jesús -como es claro en Lc 21,37- va al Monte de los Olivos. La presencia en el Templo es coherente con los últimos días de Jesús (Lc 21,1.37; 22,1.53), y va al amanecer (orthrou sólo lo encontramos en Lc y Hch, ver Lc 21,38).
La mujer que le es presentada es una mujer casada o comprometida ya que no se consideraba adulterio que un casado fuera con una mujer soltera; la mujer es propiedad del esposo, pero el esposo puede moverse con libertad. Una duda es si era casada o “comprometida” ya que la Mishna establece estrangulamiento para la casada adúltera y apedreamiento para la comprometida; pero no parece que las leyes de la Mishna se aplicaran ya en el NT, sino más tarde. La ley habla de apedrear (Lv 20,10 no aclara el tipo de muerte; Dt 22,21 manda apedrear a la comprometida; pero por Ez 16,38-40 sabemos que se aplicaba la lapidación).
No sabemos con certeza si los romanos impiden a los judíos aplicar la pena de muerte o no; una tradición en sentido negativo se ve en Jn 18,31; en sentido positivo, en 8,59 y Lc 4,29; las opiniones de los estudiosos no son unánimes; parece que en algunos momentos y para algunos temas los judíos podían aplicarla y no en otros. La trampa podría ser, si Jesús dijera que debe ser apedreada, estaría violando una prohibición romana, si dijera que no, violaría un mandato de la ley de Moisés. Sin embargo, es más probable que la trampa fuera: o no es obediente a la ley, o no es tan misericordioso como dice. El esquema, de todos modos, es semejante al de la moneda del impuesto al César (Mc 12,13-17p).
La pregunta por la escritura de Jesús es complicada. Lo más simple es pensar que su actitud es de desentenderse de una trampa que quieren aplicarle, pero algunos -es la lectura más común dentro de las diversas lecturas simbólicas- creen que Jesús escribe el texto de Jer 17,13: “Esperanza de Israel, Yavé: todos los que te abandonan serán avergonzados, y los que se apartan de ti, en la tierra serán escritos, por haber abandonado el manantial de aguas vivas, Yavé”. Otros piensan que la insistencia en “inclinar” (vv.6.8) e “incorporarse” (vv.7.10) alude simbólicamente a Jesús que se inclina hacia nuestra naturaleza caída por el pecado para levantarnos, pero no parece que se haga referencia a eso, además se inclina para escribir, no sobre la mujer. Muchas de estas lecturas, por ingeniosas, olvidan que Jesús escribe dos veces, por lo que difícilmente se aluda a un texto particular. Personalmente nos parece que un signo de no querer inmiscuirse en una trampa, con una ligera desatención es la lectura más simple.
Cuando alguien es acusado a muerte, los testigos son responsables de la primera piedra, con lo que quedan comprometidos con esa muerte (Lv 24,10-16;: Dt 17,2-7); es una nueva manera de garantizar que el testimonio sea verdadero y no cargar con una sangre inocente en la espalda cuyo clamor sería escuchado por Dios... 
La frase “el que no tenga pecados...” se puede prestar a malos entendidos, como por ejemplo rechazar cualquier capacidad judicial, o ser libertinos con cualquier tipo de pecados. Hay que notar que, sea cual fuera la situación, la mujer no está allí porque preocupe su pecado, sino que ella es una excusa para poner una trampa a Jesús. La mujer no interesa. Una vez que Jesús se queda a solas con la mujer, ahora sí se dedica a ella; hasta ahora Jesús estaba cara a cara con los acusadores. Que la mujer es culpable no cabe duda, y no es tema en cuestión (no hay una sospecha de falso testimonio, como es el caso de Susana, en Dn 13), Jesús mismo sabe que ha pecado y la invita a no repetir el pecado. Pero Jesús, frente a la mujer, no toca el tema de su culpa o no, sino de la acusación, suyo sentido ha caído al no quedar nadie que la sostenga. La ausencia de acusadores hace que se levante la sesión, Jesús no la condena, pero invita a la mujer a que “no vuelva a pecar”. La mujer estaba preparada -al menos narrativamente- para la muerte, pero Jesús la despide viva. Propiamente, Jesús no la perdona, pero no la condena, que es lo que estaba en juego en el relato, él vino a salvar, no a condenar. Es notable cómo Jesús encarna la actitud de rechazo al pecado y amor al pecador. Esto fue magistralmente expresado por Agustín que dice, cuando quedan solos Jesús y la mujer: “sólo quedaron dos, la miserable y la misericordia”.

Comentario

Como no conocemos el contexto de este relato, que es añadido al Evangelio, no sabemos las razones por las cuales a Jesús quieren “ponerle una trampa”. Pero dada la semejanza con los acontecimientos del final de la vida de Jesús, según nos cuentan los Sinópticos, podemos pensar que el drama ya se ha desencadenado y se pretende por todos los medios encontrar argumentos para un juicio que ya está decidido. En ese sentido, el texto es semejante al de la moneda del impuesto al César. Tampoco es fácil saber exactamente cuál es la trampa, pero parece ser ponerlo en la disyuntiva entre ser fiel a la ley de Moisés, y consentir en que la adúltera sea apedreada, con lo que su insistencia en la misericordia se revela “hipócrita”, o insistir en la misericordia con lo que se manifiesta como infiel a lo mandado por Moisés.
A Jesús no van a buscarlo porque confíen en su buen criterio o porque reconozcan autoridad a su palabra, o porque él pueda decidir la suerte de la mujer. En realidad, en este drama ni Jesús ni la mujer son importantes. Ambos son rechazados por los escribas y fariseos. Jesús, porque buscan atraparlo, la mujer porque es una simple excusa para ese objetivo. Por eso, porque su palabra en realidad no importa es que el Señor se inclina para escribir en tierra. Manifiesta su desinterés por la cuestión, como ellos también la manifiestan.
Somos tan prontos a juzgar y condenar, nosotros los hombres. ¡Es tan fácil en este caso! Nada menos que una adúltera, descubierta en plena infidelidad. Hay que aplicarle el rigor de la ley: ¡debe ser apedreada! De paso, veremos cuánto de fiel a la ley es Jesús. La actitud del Señor no parece ser muy atenta; casi, hasta parece indiferente ... Juzgar y condenar, en nuestras actitudes, muchas veces van de la mano, se le parecen. Los hombres ya condenaron, falta que hable Jesús, para condenarlo también a él.
¿Sexo? ¡Horror! Para tantos, todavía sigue siendo el más grave y horroroso de los pecados. Es cierto que muchas veces nos hemos ido al otro extremo, y no hablamos ya del tema, pero cuántas veces nos encontramos con actitudes o comentarios que parecen que el único pecado existente es el pecado sexual. La envidia, la ambición, la falta de solidaridad, la injusticia, la soberbia, y tantos otros, parecen no existir en la “lista”. El sexo es "el" pecado. Esa es, también, la actitud de los acusadores de la mujer: fue descubierta en pleno pecado, ¡debe ser apedreada! "-Muy bien, el que no tenga pecado, tire la primera piedra". Y, casualmente, los primeros en retirarse son los ancianos, los que ya no tienen "ese" pecado. Muchos pecados hay, no uno, pero nosotros juzgamos, ¡y hasta condenamos!
Sería casi sin sentido hacer una lista de todos los pecados de nuestro presente; sería sin sentido porque sería interminable: basta con leer casi cada página de los diarios... ¿Quién considera pecado sus opciones políticas que miran sus intereses y no lo que mejor beneficie la causa de los pobres? ¿Quién considera pecado su falta de solidaridad con los marginados de su mismo barrio o región? ¿Quién considera pecado su "no te entrometas", o su falta de compromiso político para que los pecados desaparezcan?... Y, en esa misma línea: ¿quién no considera un pecado atroz y gravísimo a una madre soltera, o todo lo relacionado con el sexo?, ¿quién no considera verdaderamente intolerable toda cercanía siquiera con prostitutas...? Este, que hoy leemos, fue el texto comentado por monseñor Romero en su célebre última homilía: “No encuentro figura más hermosa de Jesús salvando la dignidad humana, que este Jesús que no tiene pecado frente a frente con una mujer adúltera... Fortaleza pero ternura: la dignidad humana ante todo... A Jesús no le importaban (los) detalles legalistas... Él ama, ha venido precisamente para salvar a los pecadores... convertirla es mucho mejor que apedrearla, ordenarla y salvarla es mucho mejor que condenarla... Las fuentes (del) pecado social (están) en el corazón del hombre... nadie quiere echarse la culpa y todos son responsables... de la ola de crímenes y violencia... la salvación comienza arrancando del pecado a cada hombre." "-No peques más".

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 76 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. LÓPEZ VIGIL, titulado «La primera piedra». El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: www.untaljesus.net/texesp.php?id=1400076 Puede ser escuchado aquí: www.untaljesus.net/audios/cap76b.mp3 
La serie «Otro Dios es posible», de los mismos autores, tiene varios capítulos que pueden ser útiles para suscitar un diálogo-debate sobre el tema. Su guión y su audio puede recogerse en www.emisoraslatinas.net 
  

Para la revisión de vida
¿Cómo va mi esperanza? ¿Qué es lo que yo realmente más valoro? 
¿Cómo va mi Utopía? ¿Cuál es mi sueño loco... aquello con lo que sueño cuando se me adelanta el corazón...?

Para la reunión de grupo
- Si quiero ser boxeador me preocupo por mis músculos; si cambio de esperanza y decido ser maestro de escuela, ya no me preocuparán mis músculos, sino mi buena o mala letra… Es decir: valoramos nuestro presente en función de nuestra esperanza. Según eso, a la luz de lo que ocupa y preocupa a la sociedad de hoy, ¿cuál es su esperanza? 
- “Consolad a mi pueblo”... ¿Necesita hoy el Pueblo ser consolado? ¿Qué Pueblo? ¿Por qué? ¿En qué? ¿Cómo se le puede consolar?
- Se dice que hace unos años los cristianos buscaban libros religiosos para alimentar su “compromiso”, mientras que ahora leen “para tranquilizarse, para aumentar su autoestima…”. ¿Es cierto este cambio? ¿A qué se debe esta apreciación? ¿Es bueno o es malo el fenómeno?

Para la oración de los fieles
- Responderemos: “Despierta, Señor, nuestra solidaridad y nuestra esperanza”
- Para que tengamos entrañas de misericordia ante todos los que sufren…
- Para que sintamos como en la propia carne las alegrías y tristezas de los hombres y mujeres que nos rodean…
- Para que seamos especialmente sensibles al dolor y el sufrimiento de los más pobres…
- Para que nuestra vida sea “consuelo” de todos los que se crucen con nosotros en el camino de la vida…
- Para que tengamos claros nuestros valores y nuestras opciones fundamentales según el evangelio…

Oración comunitaria
Oremos. Haz Señor que en medio de los tiempos que vivimos, que no los sentimos tanto como una época de cambios cuanto como un cambio de época, nuestros corazones estén firmes en las grandes Causas y Opciones que nos orientan, para que entre las dudas y las sombras, siempre encuentren “aquella Paz” que consuela con consuelos inefables. Nosotros te lo pedimos inspirados en Jesús, nuestro hermano mayor, Transparencia tuya.
 

Lunes 18 de marzo

Cirilo de Jerusalén, obispo y doctor (a. 387)

Dn 13,1-9.15-17.19-30.33-62: Ahora tengo que morir, siendo inocente
Salmo 22: Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo
Jn 8,12-20: Yo soy la luz del mundo



El pecado es señal de que caminamos en la oscuridad. Ser cristiano es vivir en la Luz, reconocer que Dios es Luz y que Jesús es la luz de Dios. La Luz siempre traerá conflicto, contradicción, problemas. Por eso, la invitación a vivir una experiencia de Cuaresma es, en definitiva, caminar preparándonos al encuentro de la luz; es caminar hacia Aquel que es la luz verdadera; luz que el sábado de gloria irradiará sobre nosotros sin ocaso, sin fin. Jesús es la luz del mundo. Esta es la gran revelación del Evangelio. En Mateo y en Lucas, se nos dice que las tinieblas y el caos estaban antes de la crucifixión de Jesús. Con la muerte de Jesús la humanidad conoce la nueva luz y llega el fin del imperio de la muerte. – Estamos a las puertas de los días santos, en los que recordamos la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Intentos vivir estos días con el gozo y la alegría necesarios, pero sobre todo con la preparación debida, para que Jesús alumbre nuestra vida y, desde nuestra vida, llegue la luz a la humanidad. Entonces podremos decir que la Cuaresma ha sido luz para nuestras vidas. 
 

Martes 19 de marzo

José, Esposo de la Virgen María


2 Sam 7,4-5a.12-14a.16: El Señor Dios le dará el trono de David, su padre
Salmo 88: Su linaje será perpetuo
Rom 4,13.16-18.22: Apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza
Lc 2,41-51ª: Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados



Jesús vive y actúa con la libertad que viene de Dios. Está convencido de que su tarea misionera y mesiánica la recibe de Dios. Una tarea que lo impulsa a anunciar la Buena Noticia a la humanidad, a rescatar a los hombres y mujeres perdidos por el pecado, a devolver la vista a los ciegos, la salud a los enfermos, la libertad a los oprimidos y a ser fuente de alegría y de gozo para los pobres y sencillos de la tierra. – La liturgia de hoy nos presenta el texto que tradicionalmente denominamos “la pérdida y hallazgo de Jesús en el templo”. Este fragmento del evangelio es verdaderamente significativo. Llegar a entenderlo es señal de adultez en la fe y en el seguimiento de Jesús. Jesús sabe que su ministerio se centra y hunde su razón de ser en “las cosas de su Padre”: el anuncio y la instauración del Reino de Dios. Esta tarea está por encima de los nexos de la carne y de la sangre. En el Reino es, urgente, oportuno y necesario pasar de los nexos de carne y sangre, de parentesco y familiaridad, a la alegría y a al compromiso por la causa del Reino.  
 

Miércoles 20 de marzo

Daniel, profeta (año 525 aC)


Dn 3,14-20.91-92.95: Envió un ángel a salvar a sus siervos
Dn 3: A ti gloria y alabanza por los siglos
Jn 8,31-42: Si el Hijo los hace libres, serán realmente libres



Las religiones viven normalmente bajo la tentación de vivir de la gloria del pasado y se aferran de tal manera a las tradiciones, muchas veces caducas, que cierran toda posibilidad a las novedades del espíritu. La consigna es que nada se ha de cambiar. Cierto que las tradiciones son importantes, pero sin fanatismos ni fundamentalismos. Eso le pasó al pueblo judío. El sentirse hijos de Abrahán se había convertido en una frase de cajón. Pero aun en la vaciedad de tal tradición, muchos le sacaban partido a dicha sentencia, para aparecer como mejores o como superiores. Son innumerables las formas y muchos los caminos por los que podemos volvernos ciegos. ¡Hemos de estar atentos! Al interior de la Iglesia, muchos cristianos, personal o comunitariamente, pasan por la situación que hoy Jesús condena con dureza. Hemos de estar muy atentos a los modelos de renovación eclesial que están surgiendo en medio de nuestras comunidades cristianas. Hay que volver sobre todo a la tradición auténtica del evangelio, más que a las tradiciones superadas del medioevo, de las cruzadas o de la cristiandad. ¡Cuidado no estemos pareciéndonos al pueblo de Jesús, que aparentaba ser hijo de Abrahán, pero la vida que llevaban desdecía de esa relación con Abrahán! 
 

Jueves 21 de marzo

María Francisca de las Cinco Llagas, mística (a. 1791)


Gn 17,3-9: Serás padre de una muchedumbre de pueblos
Salmo 104: El Señor se acuerda de su alianza eternamente
Jn 8,51-59: Abrahán, el padre de ustedes, saltaba de gozo pensando ver mi día



Este capítulo octavo del Evangelio de Juan es clave para que el creyente cristiano comprenda el sentido de la Buena Noticia y a Jesús como la encarnación de esa Buena Noticia de parte de Dios. El Evangelio presenta un conflicto entre Jesús y las autoridades judías. De parte y parte hay argumentos sumamente interesantes que hay que leer con cuidado para entender la conclusión a la que llegó la comunidad del cuarto evangelio. La conclusión a la que llega el Evangelio de Juan es fundamental para saber quién es Jesús. La controversia entre Jesús y las autoridades judías pone básicamente dos cuestiones a Jesús. La primera: ¿Eres tú más grande que nuestro Padre Abrahán? La segunda cuestión, desde la lógica de la tradición judía, es más lógica y contundente que la primera: Tú no tienes aún cincuenta años, ¿y has conocido a Abrahán? En este debate el evangelista deja claro dos realidades no negociables para la vida de un cristiano: Jesús es más grande que Abrahán y que cualquier otra tradición religiosa del mundo judío. Y Jesús es anterior a Abrahán, es decir, Jesús es el mismo Dios hecho hombre. – ¿Es Jesús y su proyecto de Reino, lo primero en nuestra vida? 
 

Viernes 22 de marzo

Lea, penitente (a. 384)


Jr 20,10-13: El Señor está conmigo, como fuerte soldado
Salmo 17: En el peligro invoqué al Señor y me escuchó
Jn 10,31-42: Intentaron detenerlo, pero se les escabulló de las manos



En muchos hombres y mujeres la religión se convierte en una realidad alienante, que se expresa en el mero cumplimiento de normas, disciplinas, ritos, tradiciones carentes de vida y sin fuerza transformadora en la propia vida, la vida de la familia o de la sociedad. A este tipo de creyentes se les hace imposible aceptar la invitación a un compromiso mayor. Jesús se da cuenta de que sus conciudadanos viven efectivamente una experiencia religiosa alienante. Viven la experiencia de fe como una realidad inmanente, individual, sin compromiso histórico. Jesús mueve el piso de la gente, pero la gente siente rabia contra él. Por eso no encuentran otra salida que apedrearlo y acabar con su vida. – Vivir en fidelidad a Dios es colocarse en contravía del mundo y, muchas veces, de la propia religión. La Cuaresma, al ser un tiempo de encuentro con Dios y de revisión profunda, nos exige nuevas actitudes en el creer, en el vivir y en el compromiso por la transformación del mundo y de la propia Iglesia. No desperdiciemos esta Cuaresma, como tantas que anteriormente hemos vivido sin pena ni gloria. Adquiramos en este tiempo de gracia la fuerza de Jesús y de los mártires: la confianza en Dios. 
 

Sábado 23 de marzo

Toribio de Mogrovejo, obispo, (Perú, a. 1606)


Ez 37,21-28: Los haré un solo pueblo
Interleccional: Jr 31: El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño
Jn 11,45-57: Jesús morirá para reunir a los hijos de Dios dispersos



Jesús es conducido a la muerte. Las autoridades políticas y religiosas de su época no aceptaban a Jesús actuando en nombre de Dios. Los signos y prodigios que hacía dejaban en evidencia que el sistema religioso era caduco y distante de la novedad que traía Dios a través de Jesús de Nazaret. La muerte de Jesús es fruto de un complot de aquellos que se hicieron los ciegos ante los signos que hacía Jesús y que se negaron a reconocer el rostro misericordioso de Dios. Esos hombres, en su cerrazón, prefirieron el camino equivocado, negándose a redescubrir y sentirse fascinados por el Dios vivo y verdadero que Jesús acercaba a la humanidad. La muerte de Jesús en la cruz no fue un acto de masoquismo. Vemos constantemente a Jesús angustiado frente a la muerte. Esto sucedía porque él amaba la vida. Tampoco fue un acto planeado por Dios; fue más bien la consecuencia de su radicalidad, de la opción por el proyecto del Reino, de su amor a los más vulnerables; fue el resultado de mostrar la novedad del rostro de Dios: un rostro amoroso, misericordioso, cercano a los pobres y al servicio de la vida de los más desprotegidos de la historia.
 


Domingo 24 de marzo

Domingo de Ramos
Catalina de Suecia, religiosa (a. 1381)
Mons. Romero de América (1980, San Salvador).

Is 50,4-7: No me tapé el rostro ante los ultrajes
Salmo 21: ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?
Flp 2,6-11: Se humilló, por eso Dios lo ensalzó sobre todo
Lc 22,14–23,56: Hagan esto en memoria mía



El tema central de las lecturas del Domingo de Ramos, como bien puede verse, es el del Mesianismo. Éste tiene varias etapas en la Biblia. «Mesías» significa ungido, siervo, enviado, pero en sí, la idea más profunda de «Mesías» que el pueblo de Israel asumió es la espera de la aparición salvífica de un líder carismático descendiente de David que habría de instaurar definitivamente en la tierra «el derecho y la justicia».
En el Primer Testamento es Isaías el profeta quien más profetiza y anuncia la llegada del Mesías de Dios. Mesías que él entiende como el Siervo de Yavé que llega. El Mesías es para el profeta la gran realidad de Dios viviendo con nosotros, la realidad del gran restaurador que libera de la esclavitud, de la gran violencia (violencia estructural diríamos hoy), de la gran miseria (pobreza extrema y masiva diríamos actualmente) a la que ha sido condenado el pueblo de Dios (los muchos pueblos de Dios). El Mesías, en su calidad de Ungido de Yavé, no es sino su enviado, su representante, el encargado de promulgar sus designios.
La idea del Mesías y de los tiempos mesiánicos estaba fundada en la esperanza de que Dios cumpliera plenamente las promesas hechas al pueblo elegido, a la nación que se creía a sí misma la elegida por Dios. La llegada del «Mesías» es la instauración del reinado de Dios en la historia y en el tiempo, y es allí donde, según la concepción judía (según, pues, un pensamiento muy humano, no según una revelación divina), Israel se vengaría de los «paganos» (la mayor parte de ellos tan religiosos como los propios israelitas), de los no judíos.
La idea mesiánica del Primer Testamento está basada en la fuerza político-militar de un enviado del Dios de Israel para dominar a todas las naciones de la tierra y hacer que Israel se convierta en una nación fuerte y poderosa capaz de someter a todos los pueblos que no tienen a Yavé por Dios. Como se ve, un mesianismo muy humanamente comprensible... 
El Mesianismo es una de las herencias que el Segundo Testamento recibe de la tradición veterotestamentaria. En tiempo del Nuevo Testamento, gobernado el mundo de entonces por Roma con toda su fuerza, riqueza y pretensiones, también hay grupos mayoritarios que esperan la llegada definitiva del Mesías que los liberará del domino explotador romano. Todos esperaban entonces la intervención de Dios en la historia a través de un líder que fuera capaz de derrocar el poder imperial y hacer de Jerusalén la gran capital de Israel. 

En el ciclo C de la liturgia leemos el relato de la Pasión del Señor según Lucas. Consideremos las características teológicas que nos presenta este relato. 
Lucas, como es sabido, es considerado como el evangelista de la misericordia, o lo que es lo mismo, como el evangelista que ha marcado toda la tradición que nos entrega, con el pensamiento del amor infinito de Dios que se ha manifestado en Jesucristo. Ninguno de los evangelistas ha percibido como él la sensibilidad del amor del Padre, que se deja sentir de manera especial entre los pobres, entre los que sufren, entre los marginados. No es difícil constatar en el evangelio de Lucas la preocupación de Jesús por los débiles, por las viudas, por los huérfanos, por los pecadores, por las mujeres. 
Este mismo interés se manifiesta en la narración de los acontecimientos de la Pasión del Señor. En primer lugar, porque todo este relato está sustentado por un conocimiento del alma de Jesús, cuya intimidad nos es desvelada por el evangelista cuando nos deja ver su estrecha relación con el Abba misericordioso, en los momentos de oración (Lc 22,42); o cuando su Padre le da valor en medio del sufrimiento (Lc 22,43).
En segundo lugar, la cruz aparece en este relato de la Pasión como un verdadero sacramento del amor divino: la revelación de la misericordia en medio del sufrimiento. Lucas no pone la atención en los aspectos negativos y crueles de esta situación. En su narración se omiten recuerdos o referencias que aparecen en los otros evangelistas como la flagelación o la coronación de espinas que sirven para inculpar a los que llevaron a Jesús a la muerte. Lucas nos quiere hacer descubrir el amor del Padre hacia su Hijo y hacia todos los hombres, aún en esta situación de dolor. Jesús no aparece abandonado en el Calvario (no se cita a Zac 13,6 sobre la dispersión del rebaño): está acompañado de amigos y conocidos (Lc 23,49 en contraposición con Mt 27,55-56 y Mc 15,40-41). Y reemplaza el grito del Salmo 21 (22) que cita Mateo por la manifestación ilimitada de confianza del Salmo 30,6 (31,6): “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
A la luz de todo esto es comprensible el papel que desempeña en este relato de la Pasión la actitud del perdón, sólo explicable desde el misterio de la misericordia. En definitiva todo el mundo queda limpio y se insiste en hechos positivos, sólo explicables desde la virtud reconciliadora del sufrimiento de Jesús o desde su actitud de perdón: el caso de Pilato (Lc 23,4.13-15.20-22); el del agresor a quien Pedro cercenó una oreja y que es sanado por Jesús (Lc 22,51); el de Pedro (Lc 22,61); el de todos los judíos (Lc 23,34); el del malhechor bueno (Lc 23,39-43); el del centurión (Lc 23,47); el de la reconciliación entre Herodes y Pilato (Lc 23,6-12).
Jesús aparece claramente como el inocente, el justo perseguido. Aun en el proceso de los romanos, Pilato proclama la inocencia de Jesús. El centurión también reconoce su inocencia.
Sólo en Lucas Jesús se dirige con palabras consoladoras a las mujeres que de lejos los siguen. Realmente, Lucas ha sido llamado el evangelio de las mujeres y de la misericordia con los más pobres e ignorados, y las mujeres hacían parte de la clase marginada en Israel. Pero para Jesús, en todo el evangelio de Lucas, las mujeres hacen parte del discipulado y merecen un trato respetuoso. Ahora, camino del Calvario, la fidelidad de las mujeres a su maestro es reconocida por el Señor.
La Pasión y la muerte de Jesús son una verdadera revelación: la manifestación de la misericordia del Padre. Sólo quien ha comprendido una actitud tan conmovedora, como la que nos trae este evangelio en la parábola del padre misericordioso, podrá entender por qué el evangelista ha mirado así el misterio del sufrimiento y de la muerte de Jesús.
Lucas concibió el relato de la Pasión como una contemplación de Jesús. Por eso este relato es una invitación al lector-oyente a aproximarse al Señor, a seguirlo, a llevar con él la cruz de cada día (9,23). En la palabra que dirige en la cruz al malhechor arrepentido, ese ‘hoy’ nos remonta a Lc 4,21 cuando en la sinagoga de Nazaret, Jesús declara que “hoy se ha cumplido” el pasaje de Is 61,1-2 que acababa de leer. El tiempo se ha cumplido y él, que ha venido para anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos y para proclamar el año de gracia del Señor” ha cumplido su misión, porque va a morir colgado de la cruz pero seguirá viviendo en medio de nosotros. 

Nota para lectores críticos
El evangelio de hoy es más largo que de ordinario: toda la Pasión de Jesús, por lo que muchas homilías hoy serán más breves. Por otra parte, la homilía debería enfocarse pues hacia el conjunto de la Pasión y su significado. También el viernes santo se leerá la Pasión, según san Juan. Y durante toda la semana, el trasfondo litúrgico-espiritual es ése: la pasión y muerte de Jesús. Es pues un momento apropiado para plantearse algunos criterios críticos respecto a la interpretación de la pasión de Jesús en su significado de conjunto. 
Si somos cristianos, y si el cristianismo profesa la convicción de la significación salvadora de Jesús, necesitamos tener un «modelo soteriológico» («sotería» = salvación), o sea, una explicación de cómo Jesús salva a la humanidad y en qué consiste esa salvación. Es claro que esto es el corazón de la fe cristiana. 
Pues bien, en la historia ha habido varios «modelos soteriológicos». 
El modelo que nos ha llegado a nosotros es el que elaboró fundamentalmente san Anselmo de Cartebury en el siglo XI, sobre la tradición jurídica del derecho romano. El ser humano ofendió a Dios con el pecado original, y con ello se rompieron las relaciones de Dios y la humanidad. Dios fue ofendido en su dignidad, y el ser humano, por su parte, quedó privado de la gracia de la relación con Dios y no tenía capacidad para superar esta situación, pues aunque había ofendido a Dios, no tenía capacidad para reparar una ofensa de carácter infinito. En su obra Cur Deus homo? (¿Por qué Dios se hizo hombre?) Anselmo elabora la teoría de la «satisfacción penal sustitutoria»: Jesús muere en sustitución de la humanidad pecadora culpable, para satisfacer con ello la dignidad ofendida de Dios, y restablecer así las relaciones de Dios con la humanidad. 
Por una parte, hay que hacer notar que esta explicación, que nos ha llegado a todos nosotros en una tradición tan longeva, no deja de ser «una» explicación, la del siglo XI en concreto; es decir: no es «la» explicación, no es la única. Además, no está en el Nuevo Testamento: es una elaboración teológica, muy posterior, que asume las categorías y la lógica del derecho romano recepcionado en el mundo feudal europeo de la alta Edad Media: el derecho inapelable y absoluto de los señores, la servidumbre de los siervos, las obligaciones jurídicas relativas a la ofensa y a la satisfacción o reparación. Es la teología de la «redención» («re-d-emere»), re-comprar al esclavo para liberarlo de su antiguo dueño. 
Esta teología, hoy ya insostenible, es, sin embargo, la que la mayor parte de los cristianos y cristianas, incluyendo a muchos agentes de pastoral tienen todavía hoy día en su conciencia, en su comprensión del cristianismo, o en su subconsciente incluso. Y es para muchos de ellos «la» explicación mayor del misterio cristiano, el misterio de la «redención». 

Hay que recordar que los modelos soteriológicos, como todo el resto de la teología, no dejan de ser un lenguaje metafórico, y que la metáfora nunca debe ser tomada literal ni metafísicamente, sobre todo en el segundo término al que traslada el sentido (“meta-fora” = cambio, traslado de sentido). Las teologías y los modelos soteriológicos se apoyan sobre las lógicas y los símbolos de las culturas en las que son creados. Por eso, cuando la evolución cultural cambia de lógica y de símbolos, esos modelos soteriológicos o, en general, esas teologías, aparecen crecientemente desfasadas, se hacen incluso ininteligibles, y finalmente quedan obsoletas. La visión de Dios como «Señor» feudal irritado por una ofensa de la primera pareja humana... para cuyo aplacamiento habría sido necesaria la reparación de la ofensa por medio de la muerte cruel y cruenta de su Hijo, es una imagen de Dios hoy sencillamente insostenible, e inaceptable. La sola idea de que un mítico pecado de Adán y Eva hubiera torcido los planes de Dios, y hubiera sumido en las tinieblas del pecado y del alejamiento de Dios a toda la humanidad desde la primera pareja, durante miles y miles de años –hoy sabemos que serían millones de años-, hasta la aparición de Jesús, es absolutamente inaceptable para la mentalidad actual. La misma fórmula jurídica de la «satisfacción sustitutoria» resulta hoy día inviable desde los mínimos éticos de nuestra época. Un Dios así resulta increíble, provoca ateísmo, con razón. 
Si este modelo nos parece hoy día sobrepasado, no debemos dejar de considerar que ha habido otros modelos todavía más inadecuados. En el primer milenio la teología dominante, en efecto, no fue la de la «satisfacción sustitutoria», sino la del «rescate»: por el pecado de Adán la humanidad había quedado «prisionera del demonio», literalmente bajo su poder (sic). Según san Ireneo de Lyon (+ 202) y Orígenes (+ 254) el Diablo tendría un derecho sobre la humanidad, debido al pecado de Adán. Jurídicamente, la humanidad estaba bajo su dominio, le pertenecía, y Dios «quiso actuar con justicia incluso frente al diablo» (Ireneo, Adversus Haereses, V, 1,1), al anular tal derecho sólo mediante el pago de un rescate adecuado. Para ello, entregó a su Hijo a la muerte, a fin de liberar a la humanidad del dominio «legítimo» del diablo. San Agustín lo dice aún más explícitamente: Dios decretó «vencer al Diablo no mediante el poder, sino mediante la justicia» (De Trinitate XIII, 17 y 18). 
Este modelo del «rescate pagado al Diablo» para rescatar a la humanidad, aún resuena en las personas que tuvieron una formación cristiana. Pero hoy nos resulta no sólo inaceptable, sino inimaginable, y hasta grotesco: no podemos aceptar un Diablo, concebido como un contra-poder cuasi-divino, que está apostado frente a Dios y que retiene a la humanidad bajo su poder, durante milenios, hasta que es resarcido «justamente» por Dios, nada menos que con la muerte del Hijo de Dios, un Diablo que sólo así será «derrotado por la victoria de Cristo». 

¿Qué queremos decir con todo esto? Muchas cosas:
-que las teologías son metafóricas, no narraciones históricas ni descripciones metafísicas;
-que las teologías son muchas, variadas, no sólo una... y que cuando adoptamos una de ellas no debemos nunca perder de vista que se trata sólo de «una» teología, no de «la» teología;
-que las teologías son contingentes, no necesarias; 
-que son elaboraciones humanas, no revelaciones divinas bajadas en directo del cielo, y que están construidas con elementos culturales de la sociedad en la que han sido concebidas; 
-que son también transitorias, no eternas, y que con el tiempo y los correspondientes cambios culturales pierden plausibilidad y hasta inteligibilidad y pueden acabar resultando inaceptables y hasta desechadas; 
-que los agentes de pastoral que atienden al Pueblo de Dios han de estar muy atentos a no prolongar la vida de una teología sobrepasada, superada, que ya no habla de un modo adecuado a las personas de hoy;
-que pueden (y deben) tratar de encontrar nuevas imágenes, nuevos símbolos, nuevas respuestas interpretativas de parte de nuestra generación actual a las preguntas de siempre. 
La Semana Santa no es el único momento en el que debemos referirnos a la significación de la salvación operada por Cristo, pues ésta es una referencia central de la fe cristiana; pero sí es una ocasión privilegiada para plantearnos la conveniencia de la revisión de nuestros esquemas teológicos al respecto. 

- Aunque los señalaremos concretamente en los próximos días, recordamos que los temas de la Pasión de Jesús están recogidos ampliamente en la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, principalmente en los episodios 106 a 126. Los audios y los guiones de estos episodios pueden recogerse libremente de www.untaljesus.net 
- La serie «Otro Dios es posible», de los mismos autores, tiene un capítulo, el 85, titulado «¿Los judíos mataron a Cristo?», que puede ser útil para suscitar un diálogo-debate sobre el tema. Su guión y su audio puede recogerse en www.emisoraslatinas.net/entrevista.php?id=180085 
- Como bibliografía para recuperar lo mejor de la visión clásica de la teología respecto a la pasión y muerte de Jesús, recomendamos el excelente libro de BOFF Pasión de Cristo, Pasión del mundo (Sal Terrae en España, Indoamerican Press en Colombia, Vozes en Brasil... y también en inernet). Del mismo autor, el artículo 217 en la RELaT (http://servicioskoinonia.org/relat): Cómo anunciar hoy la Cruz de nuestro señor Jesucristo. Para el estudio de la sucesión de interpretaciones de las fiestas a lo largo de la historia de Israel, se puede recurrir al ya citado Fiesta en honor de Yavé, de Thierry MAERTENS (disponible en la biblioteca de Koinonía: servicioskoinonia.org/biblioteca). También: Problemas en torno a la idea de expiación/satisfacción, de Robert J. DALY, en «Selecciones de Teología» 47/188(2008)310-324 (disponible en el portal de la revista, www.seleccionesdeteologia.net). También, véase: John Shelby SPONG, Jesús como Rescatador y Redentor: una imagen que debe desaparecer, en RELaT (servicioskoinonia.org/relat/380.htm). Sobre mesianismo, véase: Jon SOBRINO, Mesías y mesianismos (servicioskoinonia.org/relat/069.htm). 

Este año, el domingo de Ramos coincide con el 33º aniversario del asesinato de Mons. Romero, san Romero de América. No deje de visitar su página en internet (servicioskoinonia.org/romero), donde encontrará materiales sobre su persona y el significado de su martirio. Busque en google y verá que hay muchas otras páginas a él dedicadas.  

Para la revisión de vida
Jesús fue, ante todo, históricamente hablando, un Mesías. Y a ese Mesías histórico es al que confesamos como símbolo especial de Dios. El Jesús que guía mi forma de ser religioso, ¿es también mesías? ¿Mi concepción de Jesús, es mesiánica, tiene algo de mesiánica, o pienso que eso del mesianismo es un concepto bíblico que hoy ya no tiene relevancia ni aplicación? ¿Mi seguimiento de Jesús, es “mesiánico”, está centrado en una esperanza para los pobres? ¿Prolongo el mesianismo de Jesús aquí y ahora, «viviendo y luchando por la Causa de Jesús», por una gran Utopía –como la que él llamaba malkuta Yahvé, Reino de Dios?

Para la reunión de grupo
- La escena de la entrada triunfal en Jerusalén es uno de los símbolos mesiánicos más claros que nos presentan los evangelios sobre la vida de Jesús. Tomar el artículo de Jon Sobrino «Mesías y mesianismos. Reflexiones desde El Salvador» (RELaT: http://servicioskoinonia.org/069.htm ) y montemos una reunión de estudio teórico y aplicado, con estas preguntas sugeridas (u otras): 
- Nuestro Cristo, al que nosotros rezamos y seguimos, ¿es en verdad «mesías», o lo hemos desmesianizado? ¿Es acaso un Cristo sin Reino? ¿Es el nuestro un cristianismo sin utopía, sin lucha por la verificación histórica de una utopía? 
- La devoción personal a Jesús, la «concentración en la persona» de Jesús (esa afirmación de que el cristianismo no sería una doctrina ni una religión... sino el «encuentro con la persona viva de Jesús»), lleva a veces a muchos cristianos al olvido de «la Causa» de Jesús, el Reino. Poner ejemplos de esta situación. Explicar/discernir ese conflicto. ¿Es nuestro caso? 
- ¿Influye en todo esto el lugar geográfico del mundo en el que vivamos, o/y el “lugar social” al que pertenecemos? 
- Abordar en el grupo la “nota para lectores críticos”: ¿Qué tipo de explicación de la salvación (soteriología) nos fue transmitido en la catequesis infantil? ¿Nos sirvió? ¿Nos planteó dudas? ¿Cuáles? ¿Nos sirve hoy? ¿Por qué? ¿Tenemos respuestas adecuadas y actualizadas? ¿Qué podemos hacer?

Para la oración de los fieles
- Hoy responderemos: -Te amamos, Dios nuestro, creemos en Ti. 
- Contemplando una vez más tu pasión y tu muerte, Jesús, nos sentimos llamados a hacer nuestra tu Causa, tu esperanza, tu labor de Mesías venido para todos los que tienen esperanza. Por eso decimos:
- Observando también tu pasión y tu muerte realizadas hoy día, en los hombres y mujeres que sufren cualquier situación de injusticia, opresión o exclusión, nos sentimos interpelados a intervenir en esas situaciones, y a consagrar nuestra vida a la tarea de ser y dar esperanza para los demás. Por eso decimos:
- Al entrar en la “semana mayor” del año, nos sentimos unidos a todos los hombres y mujeres que creen en Cristo, esperando y deseando que llegue el día en que, más allá de cualquier frontera de separación religiosa, podamos decir todos juntos:
- Al saber por Jesús que el amor es el criterio supremo por el que serán juzgadas todas las naciones, soñamos con que llegue el día en que los hombres y mujeres de todos los Pueblos y Religiones invoquemos al “Dios-amor, de todos los nombres” y le digamos a una sola voz:
- Al comenzar una semana que también es para muchos de descanso, de interrupción del ritmo semanal ordinario, de vacaciones o incluso de turismo, queremos sentirnos unidos a todos los que en medio de esas actividades “profanas” no van a dejar de saber encontrarse consigo mismos y con lo divino que llevan dentro, por otras formas que las habituales; y con ellos queremos proclamar:

Oración comunitaria
Oh Misterio infinito, que, de muchas maneras y de una forma constante a lo largo de la Historia, has hecho surgir nuevos Mesías para salir al encuentro de las esperanzas de la Humanidad de todos los tiempos y de todas las religiones, especialmente al encuentro de las esperanzas de los pobres. Haz que los que nos sentimos iluminados por Jesús, admiremos consecuentemente su espíritu mesiánico de servicio y de lucha esperanzada, para que huyendo de toda imposición o arrogancia, y de toda alienación o resignación, pongamos siempre en el centro, por encima de todo, como él, la esperanza de un “cielo nuevo y tierra nueva donde more la Justicia”. Te lo queremos expresar con la esperanza misma de todas las personas y pueblos que hoy siguen necesitando y esperando un mesías salvador. Inspirados por Jesús, te lo pedimos a ti, que vives y haces vivir, en plenitud, por los siglos de los siglos.
 

Lunes 25 de marzo

Lunes Santo
Beato Hilario Januszewski, mártir (a. 1945)

Is 42,1-7: Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones
Salmo 26: El señor me ha coronado; sobre la columna me ha exaltado
Jn 12,1-11: María tomó una libra de perfume y con él ungió los pies de Jesús



Ya estamos en Semana Santa. Estamos en los días santos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Vamos a experimentar en estos días la plenitud del amor de Dios. El Evangelio de hoy nos introduce en la intimidad de la casa de Betania, lugar donde viven Marta, María y Lázaro, tres amigos entrañables de Jesús. El gesto de María, que podría ser leído como signo de despilfarro y de derroche, Jesús lo lee como una premonición de lo que ha de suceder después de su muerte: ser embalsamado en la tumba. Celebrar la muerte de Jesús es celebrar la generosidad de un Dios que derrocha amor por la humanidad. Semana Santa es celebrar el exceso del amor de Dios. El amor de Dios a los hombres y mujeres de todo tiempo, raza y nación no tiene medida. Sin el amor de Dios ¿qué sería de nuestra vida? Hay tanto amor en Jesús, que se prepara para dar la vida por cada uno de nosotros. Estamos ante una lección que todos debemos aprender y transmitir. – Que la experiencia de estos días nos haga transparentar en nuestra vida el amor generoso e ilimitado del buen Padre Dios. 
 

Martes 26 de marzo

Martes Santo
Braulio, obispo (a. 651)


Is 49,1-6: El Señor me llamó en las entrañas maternas
Salmo 70: Mi boca contará tu auxilio
Jn 13,21-33.36-38: Les aseguro que uno de ustedes me va entregar



En la intimidad de una comida con los discípulos Jesús muestra su relación íntima con el Padre, relación que no lo exime del dolor ni de la angustia. Jesús fue totalmente hombre y en el propio proceso de su humanidad tuvo que aprender, muchas veces con dolor y angustia, a discernir la voluntad de Dios y a rechazar la tentación como realidad que se opone al proyecto de humanización de Dios. Esta Semana Santa es el tiempo justo para sentir el amor de Dios en nuestras vidas, para unirnos a la agonía y al dolor de Jesús, para descubrir a Jesús en el sufrimiento de nuestros hermanos. – Jesús es obediente al Padre. Y él quiere que nuestra vida sea también una verdadera obediencia al buen Padre; que nuestra vida se configure con su plan, con su designio y con su voluntad. Jesús aprendió a asumir en el camino de la vida la tentación, la traición y el abandono. – ¿Estamos dispuestos a asumir con radicalidad el seguimiento de Jesús y asumir todo lo que implica dicho seguimiento? Que durante estos días santos podamos experimentar la decisión de ser fieles a Dios en el dolor, en la alegría y en la entrega a los demás.  
 

Miércoles 27 de marzo

Miércoles Santo
Ruperto, obispo y misionero (a. 710)


Is 50,4-9: Ofrecí la espalda a los que golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba
Salmo 68: Señor, que tu bondad me escuche en el día de tu favor
Mt 26,14-25: ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?



Los últimos días de Jesús fueron un tiempo de contradicción, angustia y drama. Jesús se enfrenta al dolor y a la muerte y se dispone a obedecer la voluntad del Padre. Durante estos días santos celebramos ante todo el amor eficaz de un Jesús que fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Parte de la obediencia que Jesús tuvo que aprender fue la de aceptar la fragilidad humana, la de asumir el conflicto y la contradicción propia de todo hombre y de toda mujer. Pero la fragilidad que Jesús tendría que asumir no sólo era la propia, sino la fragilidad del grupo de sus discípulos, de los seguidores de su propuesta: Judas como traidor, Pedro como cobarde, los apóstoles todos que se duermen y no logran vigilar. Jesús, a pesar de todo esto, asume la cruz con criterio de amor y de entrega generosa. Lo importante es que durante esta semana, cada creyente aprenda a vivir como Jesús vivió y gastar la vida como él la gastó. Sólo así se le encontrará el sentido pleno a la vida. Que en esta Semana Santa logremos transparentar en nuestra propia vida el itinerario de entrega generosa de Jesús de Nazaret. 
 

Jueves 28 de marzo

Jueves Santo
Beato Enrique Susso, religioso (a. 1365)


Éx 12,1-8.11-14: Prescripciones sobre la cena pascual
Salmo 115: El cáliz de la bendición es comunión con la sangre de Cristo
1 Cor 11,23-26: Cada vez que coman y beban, proclamarán la muerte del Señor
Jn 13,1-15: Los amó hasta el extremo



Jesús pasó la última tarde de su vida en Jerusalén en el círculo de sus discípulos, probablemente también en compañía de las mujeres que habían ascendido a la ciudad santa con él. Fue esa tarde, la tarde de una fiesta pascual? Parece superflua la pregunta. Sin embargo hay razones para establecerla. Y de la relación que se establezca entre el ambiente pascual y la cena de Jesús depende en gran parte la interpretación que se deba hacer del acontecimiento histórico de la muerte y resurrección del Señor.
Si de todos modos aceptamos que Jesús y sus discípulos se reunie¬ron para celebrar una cena pascual, entonces conviene que recordemos los pormenores de esta celebración. En Num 9,13 se deja entrever la seriedad que reviste para un judío celebrar la fiesta: no celebrarla es como no pertenecer ya al pueblo. Según Ex 12,3, la fiesta debía ser una fiesta familiar. La inmolación y el ofrecimiento del cordero, que debía ser realizada por algunos de los miembros de la familia en representación de la comunidad, debía tener lugar en el atrio de los sacerdotes "entre las tardes", es decir, en el tiempo que precedía al comienzo de la puesta del sol. (cfr Ex 12,6). La Haggada pascual orientaba la celebración, en el sentido de la memoria de la liberación de la esclavitud de Egipto (Ex 12,26s). Comer las carnes del cordero, beber el vino, compartir el pan sin levadura, que debía recordar con las hierbas amargas la miseria vivida en el Egipto, constituían el ritual que estaba acompañado de bendiciones y de la recitación de los salmos del Hallel.
En la cena festiva, el ambiente estaba impregnado por el recuerdo alegre y confiado de la liberación, que tuvo siempre una eficacia esperanzadora en épocas difíciles. En estas circunstancias Jesús tenía conciencia de su muerte y habló de ella. Los textos de Mc 14,25 y Lc 22,18 constituyen una profecía de la muerte. Jesús expresa, ante la probabilidad de su muerte, la confianza y la confirmación de su mensaje del Reino. No es necesario señalar que en esta sentencia de Jesús hubiera otras intenciones que tener en cuenta. Es suficiente y fundamental pensar, al leer estos textos, la intención escatológica de Jesús, que él relaciona estrechamente con la convicción de la posibilidad de su muerte.
En estas circunstancias, Jesús ha realizado una verdadera interpretación teológica de su propia muerte, en un sentido salvífico, indisolublemente ligada con su proyecto del Reino de Dios. Y, de nuevo, en este contexto tiene una importancia muy grande la relación que Jesús establece entre su muerte, así interpretada, y los elementos de la cena: el pan y la copa de vino. Comer el pan y beber la copa constituyen algo completamente comprensible en el contexto de una cena judía, pero ahora esta acción tiene que ver con la interpretación de la muerte de Jesús, que él mismo ofrece. Jesús debió haber dicho otras cosas y debió haber compartido otros sentimientos con sus discípulos. Pero la tradición ha con¬servado sus sentimientos ligados principalmente con la acción del pan y de la copa. En cuanto a la última, no sabemos con seguridad si en la cena pascual, en tiempos de Jesús, se utilizaba o no una sola copa, en un momento determinado, pues todos tenían sus propias copas. La tradición cristiana recuerda, en todo caso, la utilización de una sola copa como característica de la cena del Señor (cfr 1 Cor 10,16).
Las palabras de Jesús que nos han sido conservadas para comprender el sentido del pan y de la copa compartidos, implican pues una interpretación salvífica de su muerte, tanto en el sentido de al expiación y de la representación ("morir por", "para el perdón de los pecados"), como en el sentido de una nueva alianza.
Jesús, que interpretó así su muerte y la relacionó intrínsecamente con los dones de la cena, le dejó a la comunidad de sus discípulos la posibilidad de vivir siempre la realidad de una nueva alianza con el Dios salvador, en el sentido del Reino definitivo que había anunciado. La relación entre alianza y Reino ya tenía una tradición importante, pero en la acción de Jesús adquirió una importancia trascendental y original para sus seguidores.
Haced esto en memorial mío: Este mandamiento del Señor es verdaderamente sagrado para los seguidores de Jesús. La experiencia comunitaria vivida originalmente por los discípulos se convierte en algo posible en todos los tiempos para los cristianos. Se trata de entrar en el destino histórico de Jesús, que es la historia misma de Dios, su Reino, que acontece definitivamente en la manifestación suprema del amor.
Participar así en el destino del Maestro significa hacer, de manera insuperable, la fraternidad humana. La cena del Señor es la asunción, por parte de los cristianos, de lo que nos une más profundamente: la vida misma del Maestro, la historia del Hijo del Padre en la que participamos todos como hijos también y como hermanos los unos de los otros.
Y la cena Pascual cristiana fue originalmente una pascua judía. Para los cristianos es el modelo de la celebración eucarística, el modelo de la celebración del misterio de la Pascua. Cada uno de nosotros somos los protagonistas de la Cena del Señor. Y cuando celebramos hoy una comida juntos, tenemos que hacerlo con la mentalidad de Jesús, una comida que anticipa el reino de Dios, una comunidad dispuesta al servicio que la fortalece y enriquece, pero sobre todo una comunidad de todos los hombres unidos por el lazo más fuerte: el amor.

Primera lectura:
Éxodo 12,1-8.11-14: De la esclavitud a la libertad
La Pascua siempre ha sido una fiesta de liberación cuyos orígenes se remontan a costumbres anteriores ala Pascua del pueblo judío. En efecto, los pastores nómadas antes de emprender su viaje, en busca de mejores pastos para sus rebaños en la noche de luna llena, más cercana al equinoccio de primavera, sacrificaban un cordero o un cabrito nacido el año anterior, macho, sin defecto; para que no perdiera su energía vital, al comerlo no podían romperle ningún hueso. Además como estaban en una región desértica, sin agua, el animal no era cocido en agua, sino asado al fuego. Con su sangre rociaban las entradas de sus tiendas de campaña para evitar la entrada de los espíritus malignos portadores de enfermedades y desgracias. Como debían partir antes de la salida del sol, comían de prisa, calzadas las sandalias, el bastón en la mano y listos para partir. El sacrificio y la comida tenían como fin asegurarse la protección de sus dioses en el camino que iban a emprender, donde podían encontrar salteadores y otros peligros.
Estos mismos ritos fueron adoptados por los israelitas cuando celebraron la Pascua; pero para ellos cambiaron de significado. Con la sangre del cordero marcan sus puertas para evitar la entrada del ángel exterminador; el cordero no sólo era inmolado, sino también comido; de esta manera los comensales se comprometían aún más con el misterio de la fiesta. La Pascua entre los judíos, unida indisolublemente a la liberación de Egipto, se reactualizaba en la liturgia, es decir se hacía presente como si ellos fueran los protagonistas y de esta manera el pasado se mantuvo vivo y los proyectaba hacia el futuro.
La mención de la sangre nos introduce en pleno sacramentalismo del Antiguo Testamento y por ella se opera la continuidad entre la Pascua judía y la Pascua cristiana. Pascua es la gran fiesta de la liberación de la servidumbre y de la muerte, donde la sangre del cordero juega una función redentora; más aún, como Egipto en el Antiguo Testamento es la tierra del pecado, la salida de Egipto es una liberación de la esclavitud material y de la del pecado. La Biblia concibe la salvación a medida que se desarrolla la revelación como una salvación del pecado. San Pedro desarrollando esta idea nos dice: habéis sido rescatados de vuestro vano vivir según la tradición de nuestros padres, no con plata y oro, sino con la sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto ni mancha (1Pe 1,18b-19). 

Salmo 115 (116): Señor, yo soy tu siervo, hijo de esclava, pero rompiste mis cadenas.
Este salmo es un cántico de acción de gracias y de confianza en el Señor que le ha librado de las cadenas de la esclavitud. Este salmo lo podemos leer a tres niveles: el canto del pueblo de Israel que en la libertad sabe que el Señor lo ha librado de la esclavitud en que vivía en Egipto. También es el canto de Cristo resucitado, que sabe que su Padre lo ha liberado de las cadenas de la muerte. Pero también es el canto de toda la Iglesia cristiana, liberada de las cadenas del pecado por la Pascua de su Salvador. 
La respuesta del orante a la liberación con el voto de alabanza y sacrificio de acción de gracias, parece privilegiar la alegría y el agradecimiento del pueblo cristiano liberado definitivamente del pecado, de la muerte y de la ley, que celebra esta reconciliación en la eucaristía en presencia de su Señor muerto y resucitado por él.

Segunda lectura: 
1Cor 11,23-26: Cada vez que comen de ese pan y beben de esa copa, proclaman la muerte del Señor.
Encontramos aquí el testimonio más antiguo de la celebración eucarística. Pablo transmite la tradición que él recibió de los discípulos de Jesús, al mismo tiempo que muestra que la eucaristía no es una celebración que recuerda un hecho pasado, sino que está abierta al futuro, a todos los tiempos, porque en ella anunciamos la muerte del Señor, la obra salvífica de Dios que ofrece a todos, en todas las épocas.
La Pascua judía tiene para los cristianos un nuevo sentido; como el texto del éxodo narraba la celebración litúrgica judía, Pablo muestra la celebración litúrgica cristiana como una nueva pascua, con el anuncio de la liberación bajo el signo de la sangre que ahora se ha transformado en pan y vino. Es el mismo rito de la alianza y de la reconciliación, con paralelos que permiten comprender la celebración cristiana desde el sentido de la Pascua judía:
la noche de la salida de Egipto/la noche de la Pasión
el cordero del éxodo/el cordero pascual
memorial de las pruebas del desierto/memorial del sacrificio de Jesús 
Pablo dirige su atención sobre todo a la asamblea y muestra como una celebración indigna de la Eucaristía desemboca en el menosprecio del Cuerpo místico de Cristo constituido por la asamblea y cómo ésta es el símbolo de la reunión de todos los hombres y mujeres en el reino y en el Cuerpo de Cristo. Una comunidad dividida por el odio y el desprecio a los demás no puede dar testimonio de esa unión, es más bien un escándalo. 

Evangelio: 
Juan 13,1-15: ¿Comprenden lo que hecho por ustedes?
Jesús antes de partir de esta vida, quiere que sus discípulos comprendan, con un gesto simbólico, lo que significa su misión: el lavatorio de los pies es la expresión del compromiso por el servicio a la comunidad que se le ha encargado. Es muy significativo que en el lugar en que los evangelios sinópticos colocan la última cena, Juan, sin decir una palabra sobre esta cena, describe el signo más diciente del amor y del servicio, porque cuando había llegado la hora, en el momento en que su misión termina, Jesús quiere demostrar su compromiso definitivo con la humanidad por medio del servicio. 
El lavado de los pies era un gesto que en la antigüedad mostraba acogida y hospitalidad; de ordinario lo hacía un esclavo o una mujer, la esposa a su marido, los hijos o las hijas al padre un gesto de deferencia o de consideración excepcional para con los huéspedes. Jesús rompe con la tradición: no pide ayuda. Él, que preside la cena y dentro de ella, realiza el lavatorio de los pies, demostrando que no hay alguno mayor que pudiera ser el primero; la comunidad de sus discípulos se conforma en la igualdad y en la libertad como fruto del amor; y el Señor se convierte en el servidor, porque la verdadera grandeza no está en el honor humano sino en el amor que transforma a los hombres y mujeres en la presencia de Dios en el mundo. Dicho gesto se comprende bien dentro de la teología de la encarnación del mismo Juan y también en el sentido de la misma en Pablo (cfr. Flp 2,5-8). Pero el gesto no apunta simplemente a presentarnos una teología propia de Juan, puesto que no es difícil encontrar en la otra tradición evangélica, la de los sinópticos, la misma inspiración naturalmente no dramatizada: por ejemplo en Lc 22,27, en el contexto de la cena, nos son transmitidas palabras muy significativas de Jesús en el mismo sentido: Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.
Por otra parte, el mismo relato indica que el lavato¬rio de los pies es un medio por el cual los discípulos "tienen parte con" su Maestro (Tendrás parte conmigo: 13,8), lo que nos hace comprender que dicho gesto pertenece al cuerpo general de los preceptos destinados a los discípulos como comunidad cristiana, aunque no sea difícil referirlo a la actitud de quienes son asociados a la misión del Maestro en cuanto tal. 
Estaba cenando con sus discípulos, nos dice el evangelista Juan que se levantó de la mesa, dejó el manto y, tomando un paño, se lo ató a la cintura. Minuciosamente nos describe la escena porque cada uno de estos detalles revelan el verdadero sentido de la acción que Jesús va a ejecutar: el verdadero amor se traduce en acciones concretas de servicio. Cuando se dice que Jesús dejó el manto se expresa cómo deja de lado su vida, la vida que él da por sus amigos. Luego toma un paño, como el que usaban los sirvientes que es, por lo tanto, símbolo del servicio.
Jesús niega la validez de los valores que el mundo ha creado; al ponerse de rodillas ante sus discípulos, Jesús, Dios entre los hombres, destruye la imagen de Dios creada por la religión: Dios recupera su verdadero rostro con el servicio. Dios no actúa como un soberano celeste, sino como un servidor del hombre porque el Padre que no ejerce dominio sino que comunica vida y amor, no legitima ningún poder ni dominio. Lo que Dios hace por el hombre es levantarlo a su propio nivel; Jesús es el Señor, pero al lavar los pies a los suyos haciéndose su servidor, les da también a ellos la categoría de señores. Su servicio por tanto elimina todo rango porque en la comunidad que él funda cada uno ha de ser libre; son todos señores por ser todos servidores, y el amor produce libertad.
Sus discípulos tendrán la misma misión: crear una comunidad de hombres y mujeres iguales y libres porque el poder que se pone por encima del hombre, se pone por encima de Dios. Jesús destruye toda pretensión de poder, ya que la grandeza y el poderío humanos no son valores a los que él renuncia por humildad, sino una injusticia que no puede aceptar.
Pedro rechaza que el Señor le lave los pies lo que indica que éste no ha entendido la acción de Jesús. Él piensa en un Mesías glorioso, lleno de poder y de riqueza y no admite la igualdad. Aún no sabe lo que significa amor, pues no deja que Jesús le manifieste la grandeza de su amor y su medida: igual que yo he hecho con vosotros, hagáis también vosotros. La medida de nuestro amor a los demás es la medida en que Jesús nos ha amado y esto que parece imposible, se puede hacer realidad si nos identificamos con él. Deberíamos poder decir como Pablo: No soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí (Gal 2,20).
En cuanto a su significación, cada vez tenemos que repetir con el mismo entusiasmo que este relato del evangelio de San Juan nos transmite un mensaje verdaderamente central de la existencia en Jesucristo: la vida del Maestro ha sido un testimonio constante de la inversión de valores que hay que establecer para poder hacer parte del Reino de Dios. No es el poder, ni la dignidad accidental, ni ningún otro motivo de dominación lo que constituye el secreto de la verdadera sabiduría de Dios. El gran valor que ennoblece al hombre es el de tener la disposición permanente para servir. Jesús lo ha proclamado, según el evangelio de Juan, por medio de una parábola que tiene fuerza incomparable: el Maestro se ha convertido en un esclavo. El verdadero sentido profundo de la existencia del Maestro es el de ser servidor. Una lógica así se convierte en el secreto para edificar un mundo, cuya razón de ser no nos puede ser revelada sino por Dios mismo.
No celebramos la ceremonia del lavatorio de los pies simplemente para recordar un episodio interesante y conmovedor de la vida de Jesús, sino para reconocer en una expresión sacramental la única manera posible de ser discípulos del Maestro.
También Jesús nos enseñó que hay más gozo en dar que en recibir; hermosamente lo expresó Rabindranath Tagore: "Dormí y soñaba que la vida era alegría. Me desperté y vi que la vida era servicio. Serví y vi que el servicio era alegría".
También hoy es la fiesta de los ministros en la Iglesia. Es el día de recordar el espíritu del Señor en el servicio. El no vino para ser servido sino para servir. Una Iglesia pobre, que sirve, estará siempre cerca de los que aspiran a una liberación material y espiritual, de los que han emprendido el camino del éxodo.

El evangelio de hoy está recogido en la serie «Un tal Jesús» de los hermanos López Vigil, en el capítulo 110, que puede ser escuchado aquí (www.untaljesus.net/audios/cap110b.mp3)  y cuyo guión –con un comentario bíblico-teológico incluido- puede ser recogido aquí (www.untaljesus.net/texesp.php?id=1600110). También el capítulo siguiente se refiere al Jueves santo.  
La serie «Otro Dios es posible», de los mismos autores, tiene un capítulo, el 64, que se titula «¿El Cuerpo y la Sangre de Cristo?», que puede ser útil para suscitar un diálogo-debate sobre el tema. Su guión y su audio puede recogerse en www.emisoraslatinas.net/entrevista.php?id=160064 Hay varios otros varios guiones con temas relacionados, que se prestan a un debate-catequesis. 
 

Viernes 29 de marzo

Viernes Santo
Jonás y Baraquicio, mártires (siglo III)


Is 52,13–53,12: Él fue traspasado por nuestras rebeldías
Salmo 30: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu
Heb 4,14-16–5,7-9: Se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación
Jn 18,1–19,42: Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según san Juan



Is 52,13-53,12: Cuarto canto del Siervo de Yavé.
El cuarto poema del siervo muestra un personaje paciente y glorificado. Se trata de la narración que se hace de la pasión, muerte y triunfo del personaje, enmarcada por una introducción y epílogo que el autor pone en boca de Dios. 
El contenido es clarísimo. Un inocente que sufre, dejando de lado la doctrina de la retribución que considera el sufrimiento como consecuencia del pecado; mientras que los culpables son respetados. Más sorprendente es aún, que el humillado triunfe y que un muerto siga viviendo. El mismo texto proclama que se trata de algo inaudito.
La biografía del siervo se presenta de una manera escueta: nacimiento y crecimiento (15,2), sufrimiento y pasión (3,7) condena y muerte (8), sepultura (9) y glorificación (10-11a). Los que narran los acontecimientos participan en ellos; son transformados y dan cuenta de esta transformación.
Dios confirma el mensaje con su oráculo. Anula el juicio humano declarando inocente a su siervo. Este sufrimiento del inocente servirá para la conversión de los demás. Su vida, pasión y muerte han sido como una intercesión por los demás y el Señor lo ha escuchado. El triunfo del Siervo es la realización del plan del Señor (v. 10).
Si después de leer el texto nos preguntamos ¿quién es este personaje que sufre hasta la muerte y sigue vivo? ¿a quién nos recuerda? Sin duda que la figura se parece a Moi¬sés, o a Josías, quizás a Jeconías el desterrado, o al profeta Jeremías. Algunos piensan que es el mismo siervo de los cantos precedentes, otros que el profeta Isaías II, otros lo identifican con el pueblo judío o el pequeño resto. Una cosa si es evidente. Jesús, el Mesías quiso modelar su vida de acuerdo con el siervo de Is 53.
Cristo tenía muy clara la idea que El debía sufrir y morir y estos eran elementos de su misión redentora. Su identificación con el siervo de Yahveh en Mc 14,24 y sus paralelos, sacrificado por todos, es evidente. El Hijo del Hombre viene a cumplir su misión de Siervo de Yahveh. Desde qué momento se reconoció Cristo como Siervo de Yahveh? Desde el Bautismo (Mc 1,11 par. Is 42,1). En San Juan también aparece mucho la idea de la identificación de Cristo con el Siervo. Entonces no es una identificación posterior que hizo la comunidad cristiana, sino que es anterior. Es posible que el autor no hubiera comprendido la significación completa y total, tal vez no pensó en Cristo, pero sí en un personaje posterior que haría la intercesión total.
El Siervo de Yahveh es una personalidad corporativa. Es Cristo que actúa personalmente y su actuación repercute en toda la comunidad.

Salmo 30 (31): A ti Señor me acojo, no quede yo nunca defraudado.
Se trata de un salmo de súplica y una acción de gracias. En medio de la angustia, el salmista mezcla los gritos de socorro con las expresiones de confianza porque está seguro de que el Señor es su roca y su fortaleza. Esta confianza del salmista en el momento de la prueba nos invita a evocar en nosotros ese mismo sentimiento, seguros de que Dios escuchará nuestras súplicas.

Hebreos 4,14-16; 5,7-9: Dios lo proclamó sacerdote en la línea de Melquisedec.
El autor de la carta a los Hebreos presenta a Jesús como Sumo Sacerdote, no solamente como el responsable del sacrificio como lo era en el antiguo testamento, sino como el hombre lleno de misericordia, que asumió todos los sufrimientos del ser humano hasta la muerte, de tal manera que se convirtió en el modelo para todos los hombres. Su vida estuvo siempre condicionada a la voluntad del Padre, aún en el sufrimiento.
A este sumo sacerdote podemos acercarnos con libertad, sin miedo, porque en su trono abunda la gracia y por su misericordia conseguiremos el apoyo necesario.
Cristo fue llamado por Dios de la misma manera que Aarón y según el orden de Melquisedec, pero ya no para ofrecer el sacrificio y las oblaciones, porque él mismo es la víctima. Es un nuevo tipo de sacerdote que proporciona la salvación a cuantos se aproximan a él y su gran tarea es conducirlos al Padre.

Lectura de la Pasión: Jn 18,1-19,42
La narración de la pasión según San Juan nos presenta la imagen de Jesús que el evangelista ha querido forjar a través de todo su evangelio: un Jesús que es la revelación del Padre, al mismo tiempo que en él se revela la plenitud del amor. Aún pendiente de la cruz su vida y su muerte es una victoria, porque "todo se ha cumplido" como era la voluntad del Padre.

Las oraciones comunitarias 
Las oraciones que la liturgia nos propone expresan los sentimientos que mueven a la comunidad cristiana. La universalidad de esta oración incluye aún a las personas que no pertenecen a la Iglesia y que no creen en Dios. La muerte de Jesús es una propuesta para que todos unidos participemos realmente de la nueva historia que surge de la cruz victoriosa.

Reflexión para hoy
La muerte ha sido el gran misterio que ha preocupado al hombre a través de toda su historia. Porque aunque éste ha pretendido negar todas las verdades, sin embargo hay una que siempre le persigue y nunca ha podido rechazar: la realidad de la muerte. Ni siquiera los ateos más recalcitrantes se han atrevido a negar que ellos también han de morir.
Para el pagano la muerte era toda una tragedia; no tenían ideas claras sobre el más allá, por eso no obstante que admitían una existencia más allá de la tumba, dicha existencia estaba rodeada de oscuridad y enigmas. Además no todos admitían una vida después de la muerte porque ésta era un desaparecer total, el fin de todas las esperanzas, la frustración de todos los anhelos. Los mismos judíos aceptaban la resurrección pero la dilataban hasta el fin de la historia. 
Para los discípulos la situación era muy desalentadora; ellos esperaban un Mesías terreno que iba a revivir las glorias del reinado de David y Salomón y he aquí que sus ilusiones se desvanecieron como la espuma. Esa sensación de desaliento está claramente expresada en uno de los discípulos de Emaús:
Nosotros esperábamos que sería él quien rescataría a Israel; más con todo, van ya tres días desde que sucedió esto. (Lc 24,21)
La muerte de Jesús había sido un acontecimiento trágico; sus enemigos habían logrado lo que querían: quitarlo de en medio; los fariseos, porque había desenmascarado su hipocresía, los sacerdotes porque había denunciado la vaciedad de un culto formalista; los saduceos porque había refutado la negación de la resurrección; los ricos porque les había echado en cara la injusticia de sus actuaciones; los romanos porque pensaron que era un sedicioso. 
Jesús murió abandonado por todos; sus discípulos huyeron, los judíos lo despreciaban; el Padre se hizo sordo a su clamor; esa tarde en la cruz colgaba el cuerpo de un ajusticiado, condenado por la justicia humana y rechazado por su pueblo. Parecía que el odio hubiera vencido sobre el amor; el poder sobre la debilidad de un hombre; la tinieblas sobre la luz; la muerte sobre la vida. Aquella tarde cuando las tinieblas cayeron sobre el monte Calvario parecía que todo había terminado y los enemigos de Jesús podían por fin descansar tranquilos.
Pero he aquí que en lo más profundo de los acontecimientos, la realidad era distinta. Jesús no era un vencido, sino un triunfador; no lo aprisionaba la muerte, sino que se había liberado de su abrazo mortal; lo que parecía ignominia se transformó en gloria; lo que muchos pensaban que era el fin, no era sino el comienzo de una nueva etapa de la historia de la salvación. La cruz dejó de ser un instrumento de tortura, para convertirse en el trono de gloria del nuevo rey y la corona de espinas que ciñó su cabeza es ahora una diadema de honor.
Al morir Jesús dio un nuevo sentido a la muerte, a la vida, al dolor. La pregunta desesperada del hombre sobre la muerte encontró una respuesta. Pero esto no significa que podamos cruzarnos de brazos y contentarnos con enseñar que la muerte de Jesús significó un cambio en la vida de la humanidad. Ese cambio debe manifestarse en nuestra existencia porque él no aceptó su muerte con la resignación de quien se somete a un destino ineludible, sino como quien acepta una misión de Dios. Por eso su muerte condena la injusticia de los crímenes y asesinatos, pero nos pide hacer algo contra la injusticia porque no solo condena la explotación de los oprimidos, sino que nos pide mejorar su situación; la muerte de Jesús no solo es un rechazo del abandono de las muchedumbres, sino que nos exige que nos acerquemos al desvalido.
Su muerte no es solamente un recuerdo que revivimos cada año, sino un llamado a mejorar el mundo, a destruir las estructuras de pecado; a restablecer las condiciones de paz; a construir una sociedad basada en la concordia, la colaboración y la justicia.
Jesús sigue muriendo en nuestros barrios marginados, en los soldados y guerrilleros que yacen en las selvas, en los secuestrados y prisioneros, en los enfermos y en los ignorantes. A nosotros nos toca hacer que se grito de desesperación que Jesús pronunció cuando dijo “Padre, por qué me has abandonado” se convierta en el grito de esperanza: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Siendo el evangelio de hoy todo el relato de la Pasión según san Lucas, pueden ser muchos los episodios de la serie «Un tal Jesús» que podrían ser escuchados. Puede elegirse en la página habitual: www.untaljesus.net
La serie «Otro Dios es posible», de los mismos autores, tiene un capítulo, el 85, que se titula «¿Los judíos mataron a Cristo?», que puede ser útil para suscitar un diálogo-debate sobre el tema. Su guión y su audio puede recogerse en www.emisoraslatinas.net/entrevista.php?id=180085 Hay varios otros varios guiones con temas relacionados, que se prestan a un debate-catequesis. 

Recomendamos: "¿Cómo predicar hoy la cruz de nuestro Señor Jesucristo?", de Leonardo Boff, en "Pasión de Cristo, pasión del mundo" (ediciones en Sal Terrae de España, Indoamerican Press de Bogotá 1978, original portugués en Vozes, Petrópolis 1977). Es un texto corto que se presta muy bien para una reunión de estudio o reflexión del grupo bíblico o de toda la comunidad. Está disponible en la Revista Electrónica Latinoamericana de Teología, RELaT, nº 217: servicioskoinonia.org/relat/217.htm 
 

Sábado 30 de marzo

Sábado Santo
Zósimo, obispo (a. 418)


VIGILIA PASCUAL EN LA NOCHE SANTA

Gen 1, 1 – 2, 2: La creación
Sal 103
Gn 22, 1-18: El sacrificio de Isaac
Sal 15
Ex 14, 15 – 15, 1: Paso del Mar Rojo
Interleccional: Ex 15, 1-2.3-4.5-6.17-18
Is 54, 5-14: Las aguas del diluvio no volverán a cubrir la tierra
Sal 29
Is 55, 1-11: Venid por agua, trigo, vino y leche de balde
Interleccional: Is 12, 2-3.4.5-6
Bar 3, 9-15.32 - 4,4: Escucha, Israel, mandatos de vida
Sal 18
Ez 36, 16-28: Derramaré sobre vosotros un agua pura
Sal 41
Rom 6, 3-11: Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más
Sal 117
Mt 28, 1-10: Resurrección de Jesús según san Mateo



La vigilia pascual se inicia con la experiencia del fuego nuevo, y la luz que con este fuego va iluminando poco a poco el recinto sagrado. Nuestra historia ha sido una historia de tinieblas y de muerte, una historia que parece no poder ver un camino de salida. Pero de la tumba vacía surge la luz, de la muerte surge el fuego-luz que anuncia que podemos creer en la vida, que podemos encontrar el camino en medio de la oscuridad, que la muerte no es la última palabra para el hombre. Por el fuego nuevo, por la luz del Cirio Pascual, por la luna llena que ilumina el firmamento en esta noche pascual, empezamos a experimentar en nuestra vida las consecuencias de la Resurrección de Jesús.
Las lecturas nos conducen desde la experiencia de la creación hasta la tumba vacía, porque Resurrección es agradecer los hermosos dones gratuitos de Dios que rodean nuestra existencia. Es vivir como el pueblo de Israel, la experiencia de la salida de la esclavitud a la libertad, una experiencia que pasa por el contacto con el agua del Mar Rojo y para nosotros por la de las aguas bautismales; un camino guiado por la columna de fuego y por la nube que conduce a Israel de la experiencia de muerte a la de la vida.

La Bendición del fuego nuevo 
En medio de las tinieblas del pecado y de la muerte, la bendición del fuego nuevo tiene como finalidad proporcionar la llama para encender el cirio pascual, que representa a Cristo Resucitado. A medida que el cirio avanza se va iluminando el templo, y de la llama del cirio se van encendiendo las velas de los presentes en el templo; se disipan las tinieblas cuando se propaga la salvación a partir del Resucitado. El Cirio Pascual permanecerá todo el año en el templo, como símbolo memorial de la celebración pascual.

La proclamación de la Resurrección
El canto del Pregón pascual (Exultet), es el punto culminante de la liturgia de la luz. En él se proclama la propagación de la luz en el mundo que disipa las tinieblas del pecado, guía a los hebreos en la salida de Egipto, vuelve a los hombres a la gracia, devuelve la inocencia a los caídos y a los tristes la alegría, destierra los odios, prepara la concordia y doblega el orgullo.

La Liturgia de la Palabra
Las diferentes lecturas del Antiguo Testamento permiten contemplar a través de la historia de Israel cómo se ha propagado la luz salvífica desde la creación. Estas lecturas nos recuerdan también que la historia de la salvación es nuestra propia historia y exhortan al compromiso de todos y cada uno con esta historia.

Primera lectura: Génesis 1,1-2,2a: La Creación 
El primer relato de la creación 
Toda la creación es la obra del amor de Dios Padre que quiso preparar para el hombre un lugar hermoso y adaptado a su dignidad de imagen de Dios. Al ser humano le corresponde el compromiso de continuar y conservar esta creación. 
Desde nuestra sensibilidad ecológica actual, esta lectura debería asumir de alguna manera toda la inabarcable visión que la ciencia nos ha dado sobre la naturaleza. Una buena proyección, que recorra las etapas del desarrollo de la cosmogénesis (hay muchos, y fácilmente localizables en internet) puede reemplazar con ventaja la simple proclamación oral de esta lectura. También, se puede sustituir, con ventaja, debidamente justificada la sustitución ante el público, por la lectura de la página neobíblica «Génesis 1, narrado hoy», de Manuel Gonzalo (http://servicioskoinonia.org/neobiblicas/articulo.php?num=022). 

Segunda lectura: Génesis 22,1-18: El Sacrificio de Isaac 
La lectura de la salvación de Isaac nos coloca frente a las exigencias de la experiencia de fe de Abraham: aceptar que sólo Dios sabe cómo dirige la historia de salvación. De la misma manera que para el pueblo de Israel, para nosotros nuestra historia se funda única y exclusivamente en la voluntad de aquél que libremente dispone de la historia, y en virtud de esa libertad dejó vivir a Isaac.

Tercera lectura: Éxodo 14,15-15,1 El Paso del Mar Rojo
Los israelitas eran esclavos en Egipto, eran un pueblo sometido a otro pueblo. Pero Dios vio la miseria y las penalidades del pueblo, escuchó sus clamores y le abre un camino de salvación al pueblo esclavo y salva a Israel del poder del faraón.

Cuarta lectura: Isaías 54,5-14: Con misericordia eterna te quiere el Señor
El Profeta Isaías nos describe con bellas figuras una vida nueva, esa nueva creación que Dios Padre llevó a su plenitud en su Hijo Jesús Resucitado.

El canto del Gloria 
La alegría de la comunidad por la resurrección del Señor se expresa con el himno del Gloria, himno de acción de gracias que el pueblo entona al mismo tiempo que resuenan las campanas del templo y vuelve a escucharse la música. Con el canto de los ángeles estamos confesando que Jesús, el Mesías que fue crucifi¬cado, sigue viviendo porque fue resucitado por Dios quien lo ha glorificado por siempre.

Epístola, Romanos 6,3-11: Cristo, una vez resucitado ya no muere más
En la carta a los Romanos el apóstol Pablo nos enseña que por el bautismo también el cristiano pasa de la muerte a la vida. Ese misterio pascual de Jesús, misterio de muerte y resurrección es nuestro propio misterio, porque el cristiano, mediante el bautismo, está muerto al pecado y vivo para Dios. En Cristo Jesús el cristiano vive el misterio de Cristo muerto y resucitado cada día en los momentos de tristeza y gozo, de enfermedad y salud, cuando pecamos y sentimos que Dios Padre nos acoge con misericordia. Lo vivimos especialmente en los sacramentos. Cada sacramento que recibimos es una reactualización del misterio Pascual, y esto lo vemos muy clara en el texto de Romanos que acabamos de escuchar. 

Salmo 117,1-2.16-17.22-23
Sólo sentimientos de gratitud a Dios se experimentan al considerar su obra en Jesucristo. La piedra angular del templo de Jerusalén reconstruido, fue piedra de escándalo. Ahora un univer¬so nuevo construido sobre la piedra angular, Cristo, se ha establecido el día en que Jesús resucitó. 

Evangelio: Lucas 24,1-12: No está aquí, ha resucitado.
La narración de la tumba vacía del Evangelio de Lucas pone en la boca de los ángeles vestidos de blanco, el significado de la Resurrección de Jesús para las mujeres que fueron al sepulcro al amanecer del primer día de la semana, y para todos nosotros: no podemos buscar a Jesús entre los muertos, porque está vivo, en medio de nosotros. Sólo nos corresponde descubrir el rostro de Jesús en las miles de personas que pasan por la calle, en los niños tristes y desnutridos, en las mujeres que necesitan un trozo de pan para ellas y sus hijos; en el hombre maloliente que está a nuestro lado en el templo, en todos los hombres y mujeres que por diferentes caminos buscan a Jesús.
La tumba vacía no es una prueba de la resurrección de Jesús, sino la pregunta que sólo tendrá respuesta cuando se logre vivir la experiencia de Jesús resucitado.
Los apóstoles no creyeron en lo que las mujeres les narraron. Entre los judíos las mujeres no eran personas creíbles: mucha mujer, mucha mentira, se afirmaba entre los judíos. Mientras habían vivido la experiencia de Jesús vivo, Pedro comprueba que la tumba está vacía, se asombra, pero no ha logrado vivir la experiencia pascual. 

El evangelio de hoy está recogido en la serie «Un tal Jesús» de los hermanos López Vigil, en el capítulo 124, que puede ser escuchado aquí (www.untaljesus.net/audios/cap124b.mp3)  y cuyo guión –con un comentario bíblico-teológico incluido- puede ser recogido aquí (www.untaljesus.net/texesp.php?id=1600124). También el capítulo 123 sirve.  

La liturgia bautismal
¿Qué mejor ocasión para ser incorporados a Cristo y para hacer memoria de nuestra incorporación a él, que la vigilia pascual? La Vigilia Pascual es también celebración bautismal: celebramos los bautismos, renovamos las promesas bautismales.
En este momento tenemos que tener en la mente la mejor explicación del bautismo, que se pueda dar, la. que nos ofrece el apóstol Pablo en la epístola a los romanos que se ha leído en la liturgia de la Palabra en la vigilia. San Pablo nos enseña que ser bautizados significa pasar con Cristo de la muerte a la vida y señala las consecuencias éticas de esta conformación con el destino histórico de Cristo: si hemos muerto con Cristo, ya no debemos pecar más, porque hemos entrado en una nueva vida.

La liturgia eucarística
Con los sentimientos de alegría que nos embargan, compartimos la Eucaristía, por medio de la cual realizamos el mandamiento que recibimos del Señor de hacer memoria de él: Haced esto para recordarme.
El recuerdo que ahora hacemos de Jesús, el Señor, no consiste en la pura evocación de una historia perdida en el pasado. Recordar ahora significa para nosotros hacer la experiencia de la vida nueva: Jesús, aunque ha muerto, vive para siempre. Jesús, así resucitado, está vivo desde Dios, el Padre, en medio de todo el cosmos. Cada vez que compartimos este pan y esta copa, como hermanos, queremos comulgar con la vida que Él vive y que Él quiere también para todos para siempre.
En el hemisferio norte, al que pertenece el escenario de la vida histórica de Jesús, la primavera llega ahora a su plenitud: estamos en lo que se llama el equinoccio de la primavera. La celebración de la resurrección de Jesús tiene por eso sabor a primavera; a agua fresca; a retoños que revientan por todas partes en las plantas; y olor a flores de todos los colores. La naturaleza nos quiere regalar también ella la impresión de un mundo en el que comienza a germinar la vida nueva. La celebración de la resurrección de Jesús tiene lugar también en el día de la luna llena: es la fiesta de la luz.
Con los cristianos de todos los tiempos queremos ver amanecer en esta fecha un mundo nuevo, que podrá hacerse realidad si nosotros asumimos el proyecto de Jesús de Nazaret, que es el evangelio. Dios es el fundamento de la permanencia de la vida aún desde la muerte, de una forma que no conocemos, y que no es expresable.  
 

Domingo, 31 de marzo

Pascua de Resurrección

Hch 10,34a.37-43: Hemos comido y bebido con él después de su resurrección
Salmo 117: Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo
Col 3,1-4: Busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo 
Jn 20,1-9: Él había de resucitar de entre los muertos



A) Primer comentario
Para este domingo de Pascua nos ofrece la liturgia como primera lectura uno de los discursos de Pedro una vez transformado por la fuerza de Pentecostés: aquél que pronunció en casa del centurión Cornelio, a propósito del consumo de alimentos puros e impuros, lo que estaba en íntima relación con el tema del anuncio del Evangelio a los no judíos y de su ingreso a la naciente comunidad cristiana. El discurso de Pedro es un resumen de la proclamación típica del Evangelio que contiene los elementos esenciales de la historia de la salvación y de las promesas de Dios cumplidas en Jesús. Pedro y los demás apóstoles predican la muerte de Jesús a manos de los judíos, pero también su resurrección por obra del Padre, porque “Dios estaba con él”. De modo que la muerte y resurrección de Jesús son la vía de acceso de todos los hombres y mujeres, judíos y no judíos, a la gran familia surgida de la fe en su persona como Hijo y Enviado de Dios, y como Salvador universal; una familia donde no hay exclusiones de ningún tipo. Ese es uno de los principales signos de la resurrección de Jesús y el medio más efectivo para comprobar al mundo que él se mantiene vivo en la comunidad. 
Una comunidad, un pueblo, una sociedad donde hay excluidos o marginados, donde el rigor de las leyes divide y aparta a unos de otros, es la antítesis del efecto primordial de la Resurrección; y en mucho mayor medida si se trata de una comunidad o de un pueblo que dice llamarse cristiano. 
El evangelio de Juan nos presenta a María Magdalena madrugando para ir al sepulcro de Jesús. “Todavía estaba oscuro”, subraya el evangelista. Es preciso tener en cuenta ese detalle, porque a Juan le gusta jugar con esos símbolos en contraste: luz-tinieblas, mundo-espíritu, verdad-falsedad, etc. María, pues, permanece todavía a oscuras; no ha experimentado aún la realidad de la Resurrección. Al ver que la piedra con que habían tapado el sepulcro se halla corrida, no entra, como lo hacen las mujeres en el relato lucano, sino que se devuelve para buscar a Pedro y al “otro discípulo”. Ella permanece sometida todavía a la figura masculina; su reacción natural es dejar que sean ellos quienes vean y comprueben, y que luego digan ellos mismos qué fue lo que vieron. Este es otro contraste con el relato lucano. Pero incluso entre Pedro y el otro discípulo al que el Señor “quería mucho”, existe en el relato de Juan un cierto rezago de relación jerárquica: pese a que el “otro discípulo” corrió más, debía ser Pedro, el de mayor edad, quien entrase primero a mirar. Y en efecto, en la tumba sólo están las vendas y el sudario; el cuerpo de Jesús ha desaparecido. Viendo esto creyeron, entendieron que la Escritura decía que él tenía que resucitar, y partieron a comunicar tan trascendental noticia a los demás discípulos. La estructura simbólica del relato queda perfectamente construida. 
La acción transformadora más palpable de la resurrección de Jesús fue a partir de entonces su capacidad de transformar el interior de los discípulos -antes disgregados, egoístas, divididos y atemorizados- para volver a convocarlos o reunirlos en torno a la causa del Evangelio y llenarlos de su espíritu de perdón. 
La pequeña comunidad de los discípulos no sólo había sido disuelta por el «ajusticiamiento» de Jesús, sino también por el miedo a sus enemigos y por la inseguridad que deja en un grupo la traición de uno de sus integrantes. 
Los corazones de todos estaban heridos. A la hora de la verdad, todos eran dignos de reproche: nadie había entendido correctamente la propuesta del Maestro. Por eso, quien no lo había traicionado lo había abandonado a su suerte. Y si todos eran dignos de reproche, todos estaban necesitados de perdón. Volver a dar cohesión a la comunidad de seguidores, darles unidad interna en el perdón mutuo, en la solidaridad, en la fraternidad y en la igualdad, era humanamente un imposible. Sin embargo, la presencia y la fuerza interior del «Resucitado» lo logró. 
Cuando los discípulos de esta primera comunidad sienten interiormente esta presencia transformadora de Jesús, y cuando la comunican, es cuando realmente experimentan su resurrección. Y es entonces cuando ya les sobran todas las pruebas exteriores de la misma. El contenido simbólico de los relatos del Resucitado actuante que presentan a la comunidad, revela el proceso renovador que opera el Resucitado en el interior de las personas y del grupo. 
Magnífico ejemplo de lo que el efecto de la Resurrección puede producir también hoy entre nosotros, en el ámbito personal y comunitario. La capacidad del perdón; de la reconciliación con nosotros mismos, con Dios y con los demás; la capacidad de reunificación; la de transformarse en proclamadores eficientes de la presencia viva del Resucitado, puede operarse también entre nosotros como en aquel puñado de hombres tristes, cobardes y desperdigados a quienes transformó el milagro de la Resurrección. 

El evangelio de hoy está recogido en la serie «Un tal Jesús» de los hermanos López Vigil, en el capítulo 125 ó 126, Sus audios, así como los guiones de literarios de los episodios y sus correspondientes comentarios teológicos se pueden encontrar y tomar en http://www.untaljesus.net  


B) Segundo comentario: «El Resucitado es el Crucificado»

Como otros años, incluimos aquí un segundo guión de homilía, netamente en la línea de la espiritualidad latinoamericana de la liberación, que titulamos con ese conocido lema de la cristología de la liberación que encabeza este apartado. 

Lo que no es la resurrección de Jesús
Se suele decir en teología que la resurrección de Jesús no es un hecho "histórico", con lo cual se quiere decir no que sea un hecho irreal, sino que su realidad está más allá de lo físico. La resurrección de Jesús no es un hecho realmente registrable en la historia; nadie hubiera podido fotografiar aquella resurrección. La resurrección de Jesús objeto de nuestra fe es más que un fenómeno físico. De hecho, los evangelios no nos narran la resurrección: nadie la vio. Los testimonios que nos aportan son de experiencias de creyentes que, después, "sienten vivo" al resucitado, pero no son testimonios del hecho mismo de la resurrección. 
La resurrección de Jesús no tiene parecido alguno con la "reviviscencia" de Lázaro. La de Jesús no consistió en la vuelta a esta vida, ni en la reanimación de un cadáver (de hecho, en teoría, no repugnaría creer en la resurrección de Jesús aunque hubiera quedado su cadáver entre nosotros, porque el cuerpo resucitado no es, sin más, el cadáver). La resurrección (tanto la de Jesús como la nuestra) no es una vuelta hacia atrás, sino un paso adelante, un paso hacia otra forma de vida, la de Dios. 
Importa recalcar este aspecto para darnos cuenta de que nuestra fe en la resurrección no es la adhesión a un "mito", como ocurre en tantas religiones, que tienen mitos de resurrección. Nuestra afirmación de la resurrección no tiene por objeto un hecho físico sino una verdad de fe con un sentido muy profundo, que es el que queremos desentrañar. 

La "buena noticia" de la resurrección fue conflictiva
Una primera lectura de los Hechos de los Apóstoles suscita una cierta extrañeza: ¿por qué la noticia de la resurrección suscitó la ira y la persecución por parte de los judíos? Noticias de resurrecciones eran en aquel mundo religioso menos infrecuentes y extrañas que entre nosotros. A nadie hubiera tenido que ofender en principio la noticia de que alguien hubiera tenido la suerte de ser resucitado por Dios. Sin embargo, la resurrección de Jesús fue recibida con una agresividad extrema por parte de las autoridades judías. Hace pensar el fuerte contraste con la situación actual: hoy día nadie se irrita al escuchar esa noticia. ¿La resurrección de Jesús ahora suscita indiferencia? ¿Por qué esa diferencia? ¿Será que no anunciamos la misma resurrección, o que no anunciamos lo mismo en el anuncio de la resurrección de Jesús? 
Leyendo más atentamente los Hechos de los Apóstoles ya se da uno cuenta de que el anuncio mismo que hacían los apóstoles tenía un aire polémico: anunciaban la resurrección "de ese Jesús a quien ustedes crucificaron". Es decir, no anunciaban la resurrección en abstracto, como si la resurrección de Jesús fuese simplemente la afirmación de la prolongación de la vida humana tras la muerte. Tampoco estaban anunciando la resurrección de un alguien cualquiera, como si lo que importara fuera simplemente que un ser humano, cualquiera que fuese, había traspasado las puertas de la muerte. 

El crucificado es el resucitado
Los apóstoles no anunciaban una resurrección muy concreta: la de aquel hombre llamado Jesús, a quien las autoridades civiles y religiosas habían rechazado, excomulgado y condenado.
Cuando Jesús fue atacado por las autoridades, se encontró solo. Sus discípulos lo abandonaron, y Dios mismo guardó silencio, como si estuviera de acuerdo. Todo pareció concluir con su crucifixión. Todos se dispersaron y quisieron olvidar. 
Pero ahí ocurrió algo. Una experiencia nueva y poderosa se les impuso: sintieron que estaba vivo. Les invadió una certeza extraña: que Dios sacaba la cara por Jesús, y se empeñaba en reivindicar su nombre y su honra. "Jesús está vivo, no pudieron hundirlo en la muerte. Dios lo ha resucitado, lo ha sentado a su derecha misma, confirmando la veracidad y el valor de su vida, de su palabra, de su Causa. Jesús tenía razón, y no la tenían los que lo expulsaron de este mundo y despreciaron su Causa. Dios está de parte de Jesús, Dios respalda la Causa del Crucificado. El Crucificado ha resucitado, !vive!
Y esto era lo que verdaderamente irritó a las autoridades judías: Jesús les irritó estando vivo, y les irritó igualmente estando resucitado. También a ellas, lo que les irritaba no era el hecho físico mismo de una resurrección, que un ser humano muera o resucite; lo que no podían tolerar era pensar que la Causa de Jesús, su proyecto, su utopía, que tan peligrosa habían considerado en vida de Jesús y que ya creían enterrada, volviera a ponerse en pie, resucitara. Y no podían aceptar que Dios estuviera sacando la cara por aquel crucificado condenado y excomulgado. Ellos creían en otro Dios. 

Creer con la fe de Jesús
Pero los discípulos, que redescubrieron en Jesús el rostro de Dios (como Dios de Jesús) comprendieron que Jesús era el Hijo, el Señor, la Verdad, el Camino, la Vida, el Alfa, la Omega. La muerte no tenía ningún poder sobre él. Estaba vivo. Había resucitado. Y no podían sino confesarlo y "seguirlo", "persiguiendo su Causa", obedeciendo a Dios antes que a los hombres, aunque costase la muerte. 
Creer en la resurrección no era pues para ellos una afirmación de un hecho físico-histórico que sucedió o no, ni una verdad teórica abstracta (la vida postmortal), sino la afirmación contundente de la validez suprema de la Causa de Jesús, a la altura misma de Dios (a la derecha del Padre), por la que es necesario vivir y luchar hasta dar la vida. 
Creer en la resurrección de Jesús es creer que su palabra, su proyecto y su Causa (!el Reino!) expresan el valor fundamental de nuestra vida. 
Y si nuestra fe reproduce realmente la fe de Jesús (su visión de la vida, su opción ante la historia, su actitud ante los pobres y ante los poderes... será tan conflictiva como lo fue en la predicación de los apóstoles o en la vida misma de Jesús. 
En cambio, si la resurrección de Jesús la reducimos a un símbolo universal de vida postmortal, o a la simple afirmación de la vida sobre la muerte, o a un hecho físico-histórico que ocurrió hace veinte siglos... entonces esa resurrección queda vaciada del contenido que tuvo en Jesús y ya no dice nada a nadie, ni irrita a los poderes de este mundo, o incluso desmoviliza en el camino por la Causa de Jesús. 
Lo importante no es creer en Jesús, sino creer como Jesús. No es tener fe en Jesús, sino tener la fe de Jesús: su actitud ante la historia, su opción por los pobres, su propuesta, su lucha decidida, su Causa...
Creer lúcidamente en Jesús en esta América Latina, o en este Occidente llamado "cristiano", donde la noticia de su resurrección ya no irrita a tantos que invocan su nombre para justificar incluso las actitudes contrarias a las que tuvo él, implica volver a descubrir al Jesús histórico y el sentido de la fe en la resurrección. 
Creyendo con esa fe de Jesús, las "cosas de arriba" y las de la tierra no son ya dos direcciones opuestas, ni siquiera distintas. Las "cosas de arriba" son la Tierra Nueva que está injertada ya aquí abajo. Hay que hacerla nacer en el doloroso parto de la Historia, sabiendo que nunca será fruto adecuado de nuestra planificación sino don gratuito de Aquel que viene. Buscar "las cosas de arriba" no es esperar pasivamente que suene la hora escatológica (que ya sonó en la resurrección de Jesús) sino hacer realidad en nuestro mundo el Reinado del Resucitado y su Causa: Reino de Vida, de Justicia, de Amor y de Paz. 


C) Y una nota para lectores críticos

La homilía de la vigilia pascual o la de la misa del domingo de Pascua no son la mejor ocasión para dar en síntesis un curso teología sobre el tema de la resurrección, pero sí son un momento oportuno para caer en la cuenta de la necesidad de darnos una sacudida en este tema teológico. 
Por una parte, el ambiente litúrgico es tal que permite al «orador sagrado» elaborar libremente su discurso, sin temor a ser interrumpido, ni cuestionado ni siquiera solicitado por sus oyentes para una explicación más amplia. Lo que él diga, por muy abstracto, complicado o inverosímil que sea, va a ser aceptado por los asistentes con una actitud de piadosa acogida, o al menos de silencio respetuoso. No le va a ser necesario «justificar» lo que dice, ni explicarlo de un modo exigente, porque en la celebración litúrgica a veces la palabra tiene un valor ritual, al margen de su contenido real, razón por la que muchos oyentes «se desconectan» mentalmente, pues están conscientes de no estar recibiendo un mensaje interpelador real. 
Éste es un gran peligro para todo agente de pastoral: la utilización de fórmulas fáciles, abstractas, solemnes, que no evangelizan, porque no tratan de dar razón de la fe y de hacerla inteligible –hasta donde se puede-, sino de cumplir un rito. 
Por otra parte, el tema concreto de la resurrección es un tema que está sufriendo en los últimos tiempos una profunda revisión. Algunos teólogos hablan de un «cambio de paradigma»: no se trataría de cambios en detalles, sino de una comprensión radicalmente nueva del conjunto. 
No hay que olvidar que venimos de un tiempo en el que la Resurrección estaba ausente del horizonte de comprensión de la salvación: ésta se jugaba el viernes santo, en la muerte de Jesús; y ahí concluía el drama de nuestra salvación; la resurrección era sólo un apéndice añadido, como para dejar buen sabor de boca. Los mayores de entre nosotros pueden recordar que antes de la reforma de la liturgia de la semana santa de Pío XII, la vigilia pascual había sido olvidada. Los manuales de teología por su parte casi no la contemplaban (cfr por ejemplo, la Sacrae Theologiae Summa, en 3 volúmenes, de la BAC, Madrid, 1956, que de sus 326 páginas dedica menos de una a la resurrección). El libro de F. X. DURWELL, La resurrección de Jesús, misterio de salvación (Herder, Barcelona), fue el libro clave de la renovación de la comprensión teológico-bíblica de la resurrección a partir de los años 60. El Concilio Vaticano II restituyó el misterio pascual en el centro de la liturgia. Y a partir de ahí, se puede decir que hemos vivido de rentas, dejando el tema de la resurrección en el desván de nuestras creencias intocadas, mientras nuestra cultura y nuestra antropología han ido evolucionando sin detenerse… ¿No notamos el desajuste? 
Nos han preocupado otros temas más «urgentes y prácticos». Nuestro pueblo sencillo (y cuántos de nosotros) no sabría dar razón convincente ni convencida de lo que cree acerca tanto de la resurrección de Jesús como de la nuestra. 
Respecto a la de Jesús, la mayor parte de nosotros todavía piensa la resurrección de Jesús como un hecho «físico milagroso». La fuerza imaginativa de las narraciones de las apariciones es tan fuerte, que cuando las proclamamos en las lecturas litúrgicas (o cuando nos referimos a ellas en las homilías) para la mayoría de los cristianos pasan por literalmente históricas. El hecho físico histórico de las apariciones, junto con el sepulcro vacío, la desaparición del cadáver de Jesús, y el testimonio de los testigos privilegiados que lo «vieron» redivivo y comieron con él… es tenido como la prueba máxima de la veracidad de nuestra fe. La resurrección puede acabar siendo un mito anacrónico, momificado en las vendas de conceptos o figuras que pertenecen a una cultura irremediablemente pasada en aspectos fundamentales. Pero la teología actual representa un cambio literalmente espectacular respecto a la teología de ayer mismo. 
Baste pensar lo siguiente: «se ha eliminado todo rastro de concebir la resurrección como la ‘revivificación’ de un cadáver, se insiste en su carácter incluso no milagroso y no histórico (en cuanto no empíricamente constatable), y son cada vez más los teólogos –incluso moderados- que afirman que la fe en la resurrección no depende de la permanencia o no del cadáver de Jesús en el sepulcro, cuando no afirman expresamente tal permanencia. Y es de prever que la permanencia del cadáver no tardará en ser opinión unánime» (Queiruga). 
«Hoy se toma en serio el carácter trascendente, es decir, no mundano y no espacio-temporal de la resurrección, por lo que resulta absurdo tomar a la letra datos o escenas sólo posibles para una experiencia de tipo empírico: tocar con el dedo y agarrar al resucitado, o imaginarle comiendo… son pinturas de innegable corte mitológico, que hoy nos resultan sencillamente impensables. (Para la Ascensión ya se ha asumido generalmente que, tomada a la letra, sería un puro absurdo). No es que las apariciones sean verdad o mentira, sino que carece de sentido hablar de la percepción empírica de una realidad trascendente. No se puede ver al resucitado por la misma razón que no se puede ver a Dios, con quien se ha identificado en comunión total y gloriosa. Si alguien dice que lo ha ‘visto’ o ‘tocado’ no tiene por qué mentir, pero habla de una experiencia subjetiva, como cuando muchos santos dicen haber visto o tenido en sus brazos al Niño Jesús: son sinceros, pero eso no es posible, sencillamente porque el ‘Niño Jesús’ no existe» (Queiruga). 
No podemos extendernos más. Sólo queríamos dar provocativamente una saludable «sacudida» a nuestra fe en la resurrección, llamando la atención sobre la necesidad de no dejarla dormir beatíficamente el sueño de los justos, y de afrontar seriamente su actualización teológica. Por nuestra parte, en los Servicios Koinonía, concretamente en la RELaT (Revista Electrónica Latinoamericana de Teología), hemos puesto en línea el epílogo del libro «Repensar la Resurrección», de Andrés TORRES QUEIRUGA (http://servicioskoinonia.org/relat/321.htm), epílogo que resume el libro y que invita a afrontar esa actualización. Recomendado asumir el tema en la comunidad cristiana como una actividad formativa de actualización teológica. 
Insistimos en que no es un buen servicio evangelizador el mantener al pueblo cristiano ignorante respecto a la actualización de la comprensión de la resurrección que se están dando en la exégesis y en la teología, y que no hace bien el agente de pastoral que se limita a repetir las sonoras afirmaciones de siempre sobre la resurrección, y refiriéndose a las apariciones dando a entender a sus oyentes que se trata de datos históricos indubitables no necesitados de interpretación… Según las estadísticas, no son pocas las personas cristianas que no creen en la resurrección; sin duda, algo tiene que ver con ello el hecho de que carecemos de una interpretación teológica actualizada respecto a este elemento capital de nuestra fe, momificado en las vendas de unas descripciones y supuestos con los que una persona culta de hoy no puede comulgar. La evangelización desactualizada puede convertirse en factor ateizante.  

Para la revisión de vida
¿He vivido esta Semana Santa como el camino que es a la resurrección y a la vida eterna? ¿He apostado por la Vida, en mi vida? Trataré de dedicar un tiempo de soledad e introspección para vivenciar personalmente esta fiesta religiosa que, dentro del cristianismo, es «la madre de las fiestas».

Para la reunión de grupo
- Dado que hoy es un día de fiesta que no suele permitir «reuniones de estudio», prescindimos de esta sección hoy.

Para la oración de los fieles
- Para que la Iglesia dé testimonio de la resurrección trabajando siempre en favor de la vida, y de una vida digna y justa. Oremos.
- Para que todos los pueblos avancen en el camino de libertad, la justicia y la paz. Oremos.
- Para que el esfuerzo personal y colectivo de todos los que buscan una persona más humana y una sociedad más justa y fraterna, no resulte estéril. Oremos.
- Para que todos los que sufren las secuelas de la opresión, la violencia y la injusticia, encuentren más apoyo en nosotros para salir de su situación. Oremos
- Para que nuestra fe en la resurrección nos haga perder todo miedo a la muerte y sus secuelas. Oremos
- Para que el gozo por la resurrección de Cristo nos afiance en nuestro compromiso con el Reino de Dios y su justicia. Oremos.

Oración comunitaria
Dios, nuestro Origen fontal, que nos llenas de gozo con ocasión de las fiestas anuales de Pascua. Ayúdanos para que, renovados por la gran alegría experimentada por la comunidad, trabajemos siempre por vencer a la muerte y hacer crecer la Vida, hasta que la experimentemos en su consumación plena. Nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo, hermano nuestro. 

o bien

Dios, Misterio eterno de Amor, Justicia y Fidelidad, que con tu poder, y con muchos signos ante la conciencia de sus discípulos, avalaste a Jesús de Nazaret tras la muerte que le infligieron sus perseguidores, para poner en claro que estabas de parte de él y que su Causa interpretaba tu misma Voluntad sobre el ser humano y sobre el mundo. Rescata también del sufrimiento, del olvido y de la muerte a tantos hombres y mujeres que, como Jesús, han dado la vida a lo largo de la historia en la defensa de otras tantas Causas como la suya, y haz de nosotros convencidos testigos anticipados del triunfo final de la Justicia, del Amor y de la Vida. Nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo, hermano nuestro. 

Complementamos con este soneto de Pedro Casaldáliga: "Yo mismo Lo veré"

Y seremos nosotros, para siempre, 
como eres Tú el que fuiste, en nuestra tierra, 
hijo de la María y de la Muerte, 
compañero de todos los caminos. 

Seremos lo que somos, para siempre, 
pero gloriosamente restaurados, 
como son tuyas esas cinco llagas,
imprescriptiblemente gloriosas. 

Como eres Tú el que fuiste, humano, hermano, 
exactamente igual al que moriste, 
Jesús, el mismo y totalmente otro,

así seremos para siempre, exactos, 
lo que fuimos y somos y seremos,
¡otros del todo, pero tan nosotros!