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Pentecostés


Contexto

El desenlace ya es una realidad, lo que parecía el final, no lo fue. Jesús fue asesinado por las autoridades y los poderes de su tiempo, su mensaje era demasiado provocador y peligraban los privilegios políticos, económicos, militares y religiosos.  Pero el final de la historia es que Jesús resucita y se hace presente en medio de los apóstoles, en sus vidas para dar testimonio de aquello  y que sepan que el Dios de la vida vence a la muerte, al odio y a la injusticia.


1.    Aparición a los apóstoles. Juan 20, 19-20

19 Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!". 20 Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. 21 Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes!

Contemplo con la imaginación la escena, aplicando mis sentidos. Veo a los apóstoles muertos de miedo. Con razón, podían suponer que ahora los apresarían y matarían a ellos mismos, los seguidores de Jesús. Estaban encerrados, probablemente discutían sobre lo que debían hacer. No se ponían de acuerdo. Observo la habitación… cerrada por todos lados. La puerta con cerrojo. De pronto, sin abrirse la puerta, en medio de ellos, aparece la figura de Jesús. Observo la transformación de sus rostros. De la angustia y el miedo se transforman en alegría, esperanza y paz. Escucho las palabras de Jesús “La paz esté con ustedes” … las repito varias veces ahora dirigida a mi. Es Él, no hay duda. Para mayor comprobación, Jesús muestra sus llagas de la crucifixión. Efectivamente era el mismo que mataron en la cruz quien estaba ahora con ellos, … conmigo.
Aplico esto mismo a mi vida, actual o pasada. Aquellos momentos en que los problemas me superaban  y quería salirme del mundo, encerrarme donde nadie me vaya a encontrar. El fracaso personal por no poder resolver yo con mis habilidades las situaciones. Tantas cosas nos pueden llevar a este estado: duelos, enfermedades, traiciones, problemas económicos, falta de trabajo, malos negocios, desencuentros personales, tanta cosa que puede superarnos y nos aislamos, nos alejamos y nos encerramos en nosotros mismos. Allí mismo en ese encierro es donde Jesús resucitado se introduce aún cuando  le tenga cerrada la puerta. Y me desea paz. Me lleno de alegría de saber que Jesús resucitado quiere sacarme de mis problemas y personalmente estar conmigo y desearme la paz.
Me quedo un rato pensando y sintiendo esa paz que me desea Jesús,  me tranquilizo, me calmo, dejándome inundar por la paz de Cristo.




2.    Envío de los apóstoles. Juan 20, 21-23

21 Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes!  Como el Padre me envió a mí,  yo también los envío a ustedes".  22 Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió:  "Reciban el Espíritu Santo.  23 Los pecados serán perdonados  a los que ustedes se los perdonen,  y serán retenidos  a los que ustedes se los retengan".

Este encuentro con Jesús requiere estar en paz. Hago silencio, me relajo, hago ejercicios de relajación que me ayuden a tener una paz física, previa a la espiritual. Si es necesario me tomo más tiempo para sentir esa paz. Una vez en ese estado, continúo con el texto en que Jesús me envía igual que a los apóstoles a vivir con el Espíritu Santo de Dios. Jesús me llena del Espíritu de Dios para llevar a cabo la misión.
Me envía a perdonar, a practicar la misericordia divina. Para eso necesito de Dios, de su Espíritu. Dios es amor y misericordia, todo amoroso y todo misericordioso. Todo lo que haga en esta vida temporal se proyectará sobre la vida eterna. Todo lo que sane ahora, quedará sanado hacia adelante. Del mismo modo, lo que deje sin sanar se proyectará y donde no perdone me seguirá complicando hacia adelante.
¿Quién me ha ofendido y necesito hacer un esfuerzo para perdonarle? ¿Quién me ha traicionado  y necesito calmar mi espíritu porque me cuesta perdonarle? Pronuncio sus nombres y recuerdo sus rostros, recuerdo la ofensa. Le pido a Dios me ayude a perdonarle, y una vez logrado, me quedo  en la paz infinita de la misericordia divina. Si no me resulta, lo intento nuevamente, todo lo que sea necesario hasta lograr un avance y más adelante seguir hasta que sienta que de verdad le he perdonado. Jesús me ayudará soplando sobre mi al Espíritu Divino. Con El podré lograrlo. Lo  intento con fe.