Isaías 6, 1-8
"El llamado al centro de la tormenta: ver, reconocer y responder"
1 El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado en un trono alto y excelso, y la orla de su manto llenaba el Templo. 2 Unos serafines estaban por encima de él... 3 Y uno gritaba hacia el otro: «¡Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos! ¡Toda la tierra está llena de su gloria!». 4 Las bases de los umbrales temblaron con el grito de quien clamaba, y el Templo se llenó de humo. 5 Entonces dije: «¡Ay de mí, que estoy perdido! Porque soy un hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, y mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos». 6 Voló hacia mí uno de los serafines, llevando en su mano una brasa viva, que había tomado del altar con unas tenazas. 7 Tocó mi boca con ella y dijo: «Mira, esto ha tocado tus labios; tu culpa ha sido borrada y tu pecado perdonado». 8 Después oí la voz del Señor que decía: «¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?». Yo respondí: «¡Aquí estoy, envíame!».
Este es uno de los relatos más poderosos de la Biblia: el llamado de Isaías. Ocurre tras la muerte del rey Ozías, un momento de crisis política y vacío de poder. Isaías no encuentra a Dios en el palacio terrenal, sino en el Templo, donde descubre que la verdadera soberanía no reside en los líderes humanos, sino en el "Rey, el Señor de los ejércitos". Es una visión de majestad que purifica.
La experiencia de la "Santidad": Lo "Santo" en la Biblia no es solo bondad moral; es alteridad absoluta, una luz que hace evidente nuestra propia sombra. Al ver la gloria de Dios, Isaías no se siente orgulloso de su contacto con lo divino, sino pequeño y "perdido".
La brasa que purifica: La santidad de Dios no aniquila a Isaías; lo transforma. La "brasa viva" tomada del altar es un símbolo de que el perdón de Dios no es una simple idea, sino un fuego que cauteriza, limpia y prepara para la acción.
El movimiento hacia la respuesta: Dios, en su majestad, no se aísla; pregunta "¿A quién enviaré?". Y el hombre, ya purificado y consciente de su identidad, responde: "Aquí estoy, envíame". El llamado es siempre una invitación a salir de uno mismo.
Encontrar el trono en medio de la crisis: Vivimos tiempos de incertidumbre constante (económica, tecnológica, política). Isaías nos recuerda que, cuando los "reyes" caen o las estructuras fallan, debemos ser capaces de mirar más allá y reconocer quién está realmente en el "trono" de nuestra vida y de la historia. ¿Qué es lo que hoy domina tu perspectiva?
El reconocimiento de lo impuro: En nuestro mundo profesional, a menudo "impurificamos" nuestros labios con el cinismo, la queja constante o la falta de integridad por miedo a no encajar. ¿Necesitas hoy que esa "brasa" toque tus palabras y tus intenciones para recuperar la claridad?
La disposición total: "¿A quién enviaré?". Es una pregunta que resuena en tu trabajo, en tu consultoría y en tus relaciones. A veces esperamos instrucciones detalladas, cuando Dios busca personas con la disposición simple de decir: "Aquí estoy". ¿Qué te impide hoy responder a ese llamado en tu entorno cotidiano?
¿Qué "reyes" o certezas humanas han caído recientemente en tu vida, obligándote a buscar una perspectiva más alta y profunda?
¿Hay alguna área de tu comunicación o de tu actuar profesional que sientas que necesita ser "purificada" para ser un testimonio más honesto de tu propósito?
Cuando escuchas el llamado a la acción en tu vida, ¿qué obstáculos (miedos, dudas, exceso de control) te impiden responder con el sencillo: "¡Aquí estoy, envíame!"?
Señor, en medio de los ruidos y las crisis de mi tiempo, ayúdame a ver tu majestad y a reconocer que Tú eres quien guía la historia.
Perdóname por todas las veces que he hablado con cinismo o falta de propósito; toca mis labios y mi corazón con tu brasa viva, para que mi vida sea limpia y clara.
Hazme sensible a tu pregunta sobre quién irá, y dame la valentía de responderte, sin excusas ni dudas: "¡Aquí estoy, envíame!".
Que mi trabajo y mis palabras sean instrumentos de tu paz y de tu gloria.
Amén.