Salmo 51 (50), 12-17
"La Súplica por un Corazón Nuevo y un Espíritu Firme"
(12) Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva en mi interior un espíritu firme. (13) No me rechaces lejos de tu presencia ni me quites tu santo espíritu. (14) Devuélveme el gozo de tu salvación y sostenme con un espíritu generoso. (15) Enseñaré tus caminos a los pecadores y los rebeldes volverán a ti. (16) Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios de mi salvación, y mi lengua cantará tu justicia. (17) Señor, abre mis labios, y mi boca proclamará tu alabanza.
Tras haber reconocido su pecado en los versículos anteriores, el salmista (identificado por la tradición como David tras su falta con Betsabé) no se queda en el remordimiento, sino que pasa a la petición de transformación.
Lo que pide es radical: usa el verbo hebreo "bará" (crear), el mismo que se usa en el Génesis para la creación del mundo. David sabe que no necesita un "arreglo" superficial, sino una re-creación total de su ser. Solo un espíritu renovado por Dios puede devolverle la alegría y la autoridad moral para guiar a otros.
La regeneración espiritual. La verdadera conversión no consiste solo en dejar de hacer el mal, sino en recibir de Dios un corazón nuevo que ame el bien y un espíritu que no se rinda ante la tentación.
Este salmo es una hoja de ruta para cualquiera que desee empezar de nuevo:
Un corazón puro, no solo una conducta limpia: A menudo nos esforzamos por cambiar lo exterior para que los demás nos vean bien. David pide un cambio en la raíz: el corazón. ¿Qué áreas de mis pensamientos y sentimientos necesitan hoy ser "creadas de nuevo" por Dios?
La firmeza contra la inconstancia: Pedir un "espíritu firme" (v. 12) es reconocer que somos frágiles y que cambiamos de opinión fácilmente. La fe madura es la que se sostiene en el tiempo, no la que depende de la emoción del momento. ¿Cómo puedo alimentar hoy mi constancia en el bien?
El gozo como motor: El pecado entristece y apaga el alma. El "gozo de la salvación" (v. 14) es esa alegría profunda de saberse amado y perdonado a pesar de todo. Una persona amargada difícilmente puede atraer a otros hacia Dios. ¿Reflejo yo la alegría de ser perdonado?
La misión nace del perdón: "Enseñaré tus caminos a los pecadores" (v. 15). El que ha sido perdonado se convierte en el mejor testigo. No hablamos desde una supuesta perfección, sino desde la experiencia de haber sido rescatados. Tu historia de superación puede ser la luz que alguien más necesita.
¿Qué pasaría si hoy dejara de intentar cambiar por mis propias fuerzas y le dijera a Dios: "Crea Tú en mí algo nuevo"?
¿Siento que mi espíritu es firme en mis valores, o me dejo llevar por las circunstancias o el "qué dirán"?
¿Mis palabras suelen ser de queja o, como pide el salmista, mis labios están abiertos para la alabanza y la gratitud?
Crea en mí, Dios mío, un corazón puro. Limpia los rincones de mi alma que aún guardan rencor o egoísmo. No te alejes de mí, aunque yo a veces me distraiga de Ti. Devuélveme la alegría de vivir en tu gracia y dame un espíritu generoso para servir a los demás sin medida. Que mi vida sea un testimonio de que tu amor es capaz de restaurar lo que estaba roto. Amén.