Levítico 19, 1-2. 11-18
"El Código de Santidad: La Imitación de Dios en lo Cotidiano"
Este pasaje es uno de los cumbres del Antiguo Testamento. A menudo pensamos en el Levítico como un libro de ritos oscuros, pero este capítulo revela el corazón de la fe judía y cristiana: la santidad no es un estado místico, sino una forma de tratar a los demás.
Dios le dice a Moisés: "Sean santos, porque yo, el Señor, su Dios, soy santo".
La Santidad como Imitación: Aquí "santo" (qadosh) significa "separado" o "distinto". Dios no es santo por estar lejos, sino por su calidad ética.
El Puente: La razón de nuestra moralidad no es una ley civil, sino el hecho de que llevamos la "marca de fábrica" de Dios. Estamos llamados a actuar como Él actúa.
Dios desglosa la santidad en prohibiciones muy prácticas que protegen la convivencia:
Integridad: No robar, no mentir, no engañar. La palabra debe ser sagrada.
Justicia Laboral: "No retendrás hasta el día siguiente el salario del trabajador". Dios se preocupa por la economía del vulnerable.
Inclusión y Respeto: No maldecir al sordo ni poner tropiezo al ciego. Es el cuidado absoluto por los que no pueden defenderse.
Ética Judicial: No ser parcial, ni por el pobre ni por el rico. La verdad está por encima del estatus.
El pasaje culmina con una profundidad psicológica y espiritual asombrosa:
La Higiene Mental: "No odies en tu corazón a tu hermano". El pecado empieza en lo invisible.
La Corrección Fraterna: Si alguien hace algo mal, repréndelo con franqueza para no cargar con su pecado, pero no guardes rencor.
La Regla de Oro: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Jesús citará este versículo como el segundo mandamiento más importante.
Santidad de "overol": A veces buscamos la santidad solo en la oración. El Levítico nos dice que somos santos cuando pagamos a tiempo, cuando no hablamos mal del que no está presente y cuando somos honestos en los negocios.
El peligro del chisme (v. 16): "No andes difamando". En la era de las redes sociales, este mandato es más urgente que nunca. La reputación ajena es terreno sagrado.
El "yo soy el Señor": Cada mandato termina con esta frase. Es el recordatorio de que cuando daño al prójimo, estoy ignorando la autoridad del Creador. Mi trato al otro es mi verdadera medida de fe.
¿He separado mi "vida espiritual" de mi "ética diaria"? ¿Soy la misma persona en la iglesia que en el trabajo?
¿Hay algún "salario" o reconocimiento que esté reteniendo injustamente a alguien?
¿A quién me cuesta más amar "como a mí mismo" hoy?
Señor, Dios Santo, tú nos llamas a reflejar tu luz en el mundo. Ayúdanos a comprender que no hay santidad sin justicia, ni amor a Ti sin respeto al prójimo. Danos la fuerza para ser honestos, para proteger al débil y para limpiar nuestro corazón de todo odio y rencor. Que nuestra vida diaria sea el altar donde te demos gloria. Amén.