Mateo 9, 27-31
"La Fe Que Abre los Ojos: Jesús y la Restauración de la Vista"
27 Cuando Jesús se fue de allí, dos ciegos lo siguieron, gritando: "¡Hijo de David, ten piedad de nosotros!". 28 Al llegar a la casa, los ciegos se acercaron a él y Jesús les preguntó: "¿Creen que yo puedo hacer esto?". Ellos le respondieron: "Sí, Señor". 29 Entonces les tocó los ojos, diciendo: "Que se haga en ustedes conforme a su fe". 30 Y al instante se les abrieron los ojos. Jesús, muy severo, les ordenó: "¡Cuidado! ¡Que nadie lo sepa!". 31 Pero ellos, apenas salieron, difundieron su fama por toda aquella región.
Contexto
Este pasaje se sitúa inmediatamente después de la curación de la hemorroísa y la resurrección de la hija de Jairo (Mateo 9, 18-26), continuando la serie de milagros que demuestran la autoridad y compasión de Jesús. Mientras Jesús se aleja, dos ciegos lo siguen y lo invocan como "Hijo de David", reconociéndolo como el Mesías. Jesús los confronta con una pregunta directa sobre su fe y, al confirmarla, los cura con un toque. A pesar de la orden de Jesús de guardar silencio, la alegría y el asombro de los ciegos curados los llevan a difundir la noticia.
Tema Central
El tema central es la importancia de la fe como condición esencial para recibir la curación y la intervención milagrosa de Jesús. Los dos ciegos manifiestan una fe explícita en Jesús como "Hijo de David" y en su poder. Jesús responde a esa fe, restaurándoles la vista, aunque les pide guardar silencio, una orden que no pueden cumplir debido a la magnitud del milagro.
Aplicación a nuestra actualidad
La historia de los dos ciegos que siguieron a Jesús es una lección poderosa sobre la fe y su capacidad para abrir nuestros ojos, no solo físicamente, sino también espiritualmente. En un mundo donde a menudo nos sentimos "ciegos" ante las soluciones, las oportunidades o la presencia de Dios, este pasaje nos invita a clamar a Jesús como "Hijo de David", reconociéndolo como nuestra única esperanza. Nos interpela: ¿estoy dispuesto a seguir a Jesús, incluso cuando las cosas no están claras? ¿Soy capaz de gritar mi necesidad, confiando en su misericordia?
La pregunta de Jesús: "¿Creen que yo puedo hacer esto?", es crucial. No basta con seguirlo o clamar su nombre; se requiere una fe personal y explícita en su poder. "Sí, Señor", es la respuesta que abre la puerta a la acción divina. Este diálogo nos desafía a examinar nuestra propia fe: ¿creo verdaderamente que Jesús puede transformar mi situación, sanar mis heridas, darme la visión que necesito? No se trata de una fe mágica, sino de una confianza profunda en su amor y su poder.
El toque de Jesús y sus palabras: "Que se haga en ustedes conforme a su fe", nos revelan el principio fundamental de la acción divina en nuestras vidas. Dios responde a nuestra fe. Es nuestra apertura y confianza las que permiten que su gracia actúe. Los "ojos" que se abren no son solo los físicos, sino también los del corazón, de la mente, para ver la realidad con la luz de Dios. La orden de Jesús de guardar silencio, aunque desobedecida, nos recuerda que la gloria debe ser para Él, no para el milagro en sí. Sin embargo, la alegría incontenible de los ciegos curados es una invitación a compartir las maravillas que Dios ha hecho en nuestras vidas, con el objetivo de glorificarlo a Él y no a nosotros mismos.
Preguntas para la reflexión
¿Qué "cegueras" (mentales, emocionales, espirituales) tengo en mi vida que necesito que Jesús cure?
¿Estoy dispuesto a clamar a Jesús, reconociéndolo como mi "Hijo de David", y a seguirlo con perseverancia en mis necesidades?
¿Cuál es mi respuesta sincera a la pregunta de Jesús: "¿Crees que yo puedo hacer esto?" en las situaciones más desafiantes de mi vida?
¿Cómo mi fe permite que la gracia de Jesús actúe en mí para "abrir mis ojos" y ver la realidad desde su perspectiva?
¿De qué manera puedo compartir la "fama" de Jesús y las maravillas que ha hecho en mi vida, de forma que Él sea glorificado y no yo?
Oración
Señor Jesús, Hijo de David, ten piedad de nosotros. Reconocemos nuestra ceguera y nuestra necesidad de tu luz. Aumenta nuestra fe, para que creamos verdaderamente en tu poder de transformar y sanar. Toca nuestros ojos, Señor, para que se abran a tu verdad, a tu amor y a tu presencia en nuestras vidas. Que lo que hagas en nosotros, aunque nos pidas silencio, te glorifique y sea testimonio de tu bondad en el mundo. Amén.