Eclesiástico 15, 15-20
"La Libertad del Hombre: El Fuego y el Agua"
(15) Si quieres, puedes observar los mandamientos; es cuestión de fidelidad hacer lo que le agrada. (16) Él ha puesto ante ti el fuego y el agua: extiende tu mano hacia lo que prefieras. (17) Ante los hombres están la vida y la muerte, a cada uno se le dará lo que elija. (18) Porque es grande la sabiduría del Señor, él es fuerte y poderoso y lo ve todo. (19) Sus ojos se posan sobre los que lo temen, él conoce todas las obras del hombre. (20) A nadie le ordenó ser impío ni dio a nadie permiso para pecar.
Este pasaje pertenece a la sección del libro de Ben Sira (Eclesiástico) que trata sobre la libertad humana y la responsabilidad personal. El autor responde a una excusa común en su tiempo (y en el nuestro): la idea de que somos "empujados" por Dios al pecado o que el destino es el culpable de nuestras faltas.
Ben Sira utiliza un lenguaje muy gráfico (el fuego y el agua) para explicar que la moralidad no es una imposición arbitraria, sino una elección consciente. Dios respeta tanto la dignidad del ser humano que le permite incluso la posibilidad de elegir aquello que le hace daño.
El libre albedrío. Dios no es el autor del mal; Él es el autor de la libertad. La vida y la muerte están puestas delante de nosotros como opciones reales, y nuestra "mano" (nuestra voluntad) es la que decide hacia dónde extenderse.
En un mundo donde a menudo nos sentimos víctimas de las circunstancias, este texto nos devuelve el protagonismo de nuestra propia vida:
"Si quieres, puedes" (v. 15): La santidad y la integridad no son para "superhombres", sino para personas que deciden querer. Ben Sira nos dice que observar los mandamientos es posible si hay una voluntad decidida. ¿Qué es lo que realmente "quiero" hoy para mi vida?
La responsabilidad no se delega (v. 16): Dios pone los elementos, pero el hombre "extiende la mano". No podemos culpar a Dios, a la educación o a la sociedad por nuestras decisiones más profundas. Somos los arquitectos de nuestro propio destino moral.
La sabiduría que todo lo ve (v. 18-19): A veces elegimos el mal pensando que nadie nos ve o que no tendrá consecuencias. El texto nos recuerda que la mirada de Dios no es la de un juez castigador, sino la de un Padre que "conoce todas las obras" y desea que elijamos la vida. ¿Cómo cambiarían mis actos si fuera consciente de que Dios me mira con amor en cada decisión?
No hay "permiso para pecar" (v. 20): Dios no excluye a nadie, pero tampoco justifica la maldad. A veces usamos la "misericordia" como una excusa para no cambiar. Dios nos da la capacidad de elegir, pero nunca nos da la orden de destruirnos a nosotros mismos o a los demás.
¿Suelo culpar a otros por mis errores o acepto la responsabilidad de haber "extendido la mano" hacia el fuego?
Ante la elección de hoy, ¿qué representa el "agua" (lo que da vida, refresca y limpia) y qué representa el "fuego" (lo que consume y destruye)?
¿Siento que mi libertad es una carga o un regalo de Dios para construir algo bello?
Señor, Dios de sabiduría, gracias por el regalo inmenso de mi libertad. Ayúdame a no usarla para mi propia destrucción, sino para elegir siempre la vida y la verdad. Fortalece mi voluntad para que, ante el fuego y el agua, sepa extender mi mano hacia lo que te agrada. Que tu mirada amorosa me guíe para caminar siempre en la fidelidad a tus mandamientos. Amén.