Salmo 40 (39), 2. 4ab. 7-10
"Una respuesta de libertad: Del sacrificio a la entrega personal"
(2) Esperé confiadamente en el Señor: él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor. (4ab) Puso en mi boca un canto nuevo, un himno de alabanza a nuestro Dios. (7) Tú no quisiste sacrificio ni oblación, pero me diste un oído atento; no pediste holocaustos ni sacrificios por el pecado. (8) Entonces dije: «Aquí estoy. En el libro de la Ley está escrito lo que debo hacer: (9) Dios mío, quiero hacer tu voluntad, y tu Ley está en lo más profundo de mi corazón». (10) Anuncié tu justicia en la gran asamblea; no cerré mis labios: tú lo sabes, Señor.
Este salmo es una de las expresiones más profundas de la espiritualidad bíblica. Tradicionalmente, la religión se basaba en ofrecer cosas a Dios (sacrificios de animales, incienso, ritos). El salmista, tras haber experimentado un rescate divino (vv. 2-4), comprende que Dios no busca objetos, sino sujetos.
La frase "me diste un oído atento" (v. 7) es clave: en el original hebreo se traduce como "me has abierto (o perforado) los oídos". Esto hace referencia al esclavo que, por amor a su señor, decidía quedarse a su servicio para siempre. Es el paso de la religión del "cumplimiento" (cumplo y miento) a la religión del compromiso vital.
La disponibilidad absoluta a la voluntad de Dios. El salmo celebra que la verdadera adoración ocurre cuando nuestras decisiones y deseos se alinean con el amor de Dios, transformando nuestra vida en un "canto nuevo".
En un mundo que a menudo valora más el "hacer" y el "tener", este salmo nos invita al "ser":
El poder de la espera confiada: El salmo comienza con paciencia. Hoy todo es inmediato, y la falta de respuestas rápidas nos genera ansiedad. El salmista nos enseña que la oración no es una máquina expendedora, sino un espacio donde Dios "se inclina" a nuestro ritmo humano cuando confiamos.
Menos ritos, más corazón: A veces pensamos que somos "buenos cristianos" solo por ir a misa o cumplir ciertas normas. El v. 7 nos recuerda que si esas acciones no van acompañadas de un cambio en el corazón, no sirven de mucho. Dios prefiere nuestra honestidad y nuestro deseo de ser mejores personas que mil rituales vacíos.
El "Aquí estoy" como estilo de vida: Decir "aquí estoy" (v. 8) significa estar presente en el presente. Es dejar de vivir en los remordimientos del pasado o en la angustia del futuro para decirle a Dios: "¿Qué quieres de mí en este momento, con este problema, con esta persona?".
La Ley en el interior: Cuando la bondad y la justicia están "en lo más profundo del corazón" (v. 9), ya no necesitamos que nadie nos vigile para actuar bien. La ética nace del amor, no del miedo al castigo.
¿Siento que mi relación con Dios es una lista de "trámites" o es una conversación de amor?
¿En qué situación específica de mi vida hoy necesito decirle a Dios: "Aquí estoy, que se haga tu voluntad y no la mía"?
¿Tengo mis "oídos abiertos" para escuchar lo que la realidad me está pidiendo, o estoy demasiado ocupado hablando y pidiendo?
Señor, hoy quiero ofrecerte el canto nuevo de mi vida. Gracias porque no me pides cosas imposibles, sino simplemente mi corazón. Abre mis oídos para reconocer tu voz en los que sufren y en los pequeños detalles del día. Que mi mayor alegría sea buscar lo que a Ti te agrada, y que mis labios no se cierren nunca para dar testimonio de tu bondad. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. Amén.