Salmo 81 (80), 10-11ab. 12-15
"El Lamento de Dios: La Libertad de Escuchar"
(10) No habrá en medio de ti ningún dios extraño, no te postrarás ante un dios extranjero. (11) Yo, el Señor, soy tu Dios, el que te hizo subir de la tierra de Egipto. (12) Pero mi pueblo no escuchó mi voz, Israel no me quiso obedecer. (13) Por eso los entregué a su propia obstinación, para que siguieran sus propios consejos. (14) ¡Si mi pueblo me escuchara, si Israel caminara por mis senderos! (15) En un instante yo sometería a sus enemigos y volvería mi mano contra sus adversarios.
Este es un salmo festivo, probablemente compuesto para la Fiesta de las Tiendas (Sucot), donde se recordaba el camino por el desierto. Sin embargo, el tono cambia bruscamente de la alabanza a un oráculo profético. Es Dios quien toma la palabra para recordar la esencia de la Alianza.
El v. 13 contiene una de las verdades más profundas y a la vez aterradoras de la Biblia: el respeto de Dios por la libertad humana. Cuando el hombre se empeña en rechazar la guía divina, Dios no lo obliga; simplemente "lo entrega a su propia obstinación". El castigo de Dios no es un rayo que cae del cielo, sino dejar que el hombre viva las consecuencias de sus propias decisiones equivocadas.
La obediencia como camino a la victoria. Dios se presenta no como un tirano que exige reglas, sino como el Libertador de Egipto que sabe cuál es el camino seguro. El drama del salmo es la resistencia del ser humano a confiar en quien ya ha demostrado su fidelidad.
Este salmo resuena con fuerza en nuestra cultura de autonomía absoluta:
Los "dioses extraños" de hoy: Ya no nos postramos ante estatuas de piedra, pero sí ante ídolos modernos: la opinión pública, el consumo desenfrenado o nuestro propio ego. Dios nos recuerda: "No habrá en medio de ti ningún dios extraño". ¿Qué ocupa hoy el centro de mis prioridades?
El peligro de "seguir nuestros propios consejos" (v. 13): En la era del "haz lo que sientas", el salmo nos advierte que nuestra propia obstinación puede ser nuestra peor trampa. A veces, lo que "sentimos" nos lleva a callejones sin salida. ¿Busco el consejo de Dios en la oración o solo confío en mi propio criterio?
El anhelo de Dios (v. 14): "¡Si mi pueblo me escuchara!". Aquí vemos el corazón de un Padre que sufre al ver a sus hijos elegir el camino del dolor. Dios no quiere someternos, quiere protegernos de los "enemigos" que nos quitan la paz (el odio, la ansiedad, la falta de propósito).
La victoria inmediata: El salmo promete que la obediencia trae una liberación "en un instante". Cuando alineamos nuestra voluntad con la de Dios, recuperamos la autoridad sobre nuestras circunstancias internas.
¿Hay algún área de mi vida donde estoy siendo "obstinado" y no quiero escuchar lo que Dios me sugiere a través de mi conciencia o de los demás?
¿Siento que estoy caminando por "mis propios senderos" o por los de Dios?
¿Qué pasaría en mi vida si hoy decidiera, simplemente, empezar a escuchar más y hablar menos en mi oración?
Señor, Dios nuestro, que nos sacaste de nuestras propias esclavitudes, perdona nuestra sordera. Ayúdanos a identificar y derribar los dioses extraños que hemos dejado entrar en nuestro corazón. No nos entregues a nuestra propia obstinación; por el contrario, danos un espíritu dócil para caminar por tus senderos. Queremos escucharte para vivir en la libertad y la paz que solo Tú puedes darnos. Amén.