Lucas 14, 15-24
"La invitación al banquete del Reino"
"15. Al oír estas palabras, uno de los invitados le dijo: «¡Feliz el que se siente a la mesa en el Reino de Dios!». 16. Jesús le respondió: «Un hombre preparó un gran banquete y convidó a mucha gente. 17. A la hora de cenar, mandó a su sirviente que dijera a los invitados: “Vengan, todo está preparado”. 18. Pero todos, sin excepción, empezaron a excusarse. El primero le dijo: “Acabo de comprar un campo y tengo que ir a verlo. Te ruego me disculpes”. 19. El segundo dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos. Te ruego me disculpes”. 20. Y un tercero respondió: “Acabo de casarme y por esa razón no puedo ir”. 21. A su regreso, el sirviente contó todo esto al dueño de casa, y este, irritado, le dijo: “Recorre en seguida las plazas y las calles de la ciudad, y trae aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los paralíticos”. 22. Volvió el sirviente y dijo: “Señor, tus órdenes se han cumplido y aún sobra lugar”. 23. El señor le respondió: “Ve a los caminos y a lo largo de los cercados, e insiste a la gente para que entre, de manera que se llene mi casa. 24. Porque les aseguro que ninguno de los que antes fueron invitados ha de probar mi cena”»."[1]
Contexto
Jesús se encuentra comiendo en casa de uno de los principales fariseos en un día sábado.[2][3] Ha estado enseñando sobre la humildad, advirtiendo a los invitados que no busquen los primeros puestos.[3] En ese ambiente, uno de los comensales, probablemente con buena intención, hace una exclamación piadosa sobre la dicha de participar en el banquete del Reino de Dios.[4][5] En respuesta a este comentario, Jesús narra la parábola del gran banquete para ilustrar cómo es realmente la invitación de Dios y las sorprendentes respuestas que recibe.
Tema Central
El tema central es la generosa y universal invitación de Dios a participar de su Reino, y el rechazo de aquellos que, sintiéndose seguros y ocupados en sus propios asuntos, la desprecian. La parábola muestra el vuelco radical de Dios: ante la negativa de los primeros invitados (símbolo de quienes se consideran con derecho), la invitación se extiende a los excluidos, a los pobres y a los marginados de la sociedad, a aquellos que nunca esperarían ser tenidos en cuenta.[6]
Aplicación a nuestra actualidad
Este pasaje es una poderosa llamada de atención para nosotros hoy. Es muy fácil sentirnos "invitados" por derecho propio, por ser personas de bien, por cumplir con ciertas normas o por pertenecer a un grupo. Sin embargo, nuestras agendas, preocupaciones y posesiones (el campo, los bueyes, las relaciones) pueden convertirse en excusas que nos hacen declinar la invitación más importante: la de sentarnos a la mesa con el Señor cada día.[7]
La invitación de Dios no es un evento futuro, es una realidad presente. Nos invita a su banquete a través de la oración, de su Palabra, de los sacramentos y, de manera muy especial, en el rostro de los necesitados. La parábola nos urge a examinar nuestras prioridades. ¿Qué es lo que realmente llena nuestro tiempo y ocupa nuestro corazón? A menudo, las cosas que consideramos importantes y urgentes nos impiden acoger lo verdaderamente esencial. Dios no se cansa de invitar, y su deseo es que su casa esté llena. Si nosotros, los "primeros invitados", le damos la espalda, Él saldrá a buscar a otros en los márgenes de la vida. Esto nos invita a tener un corazón abierto y a no dar por sentada la gracia, sino a acogerla con un espíritu agradecido y dispuesto.
Preguntas para la reflexión
¿Cuáles son las "excusas" que presentas con más frecuencia para no dedicarle tiempo a Dios, a tu comunidad o al servicio de los demás?
Cuando piensas en la invitación de Dios, ¿te sientes como uno de los primeros convidados o como alguien de los caminos que es llamado por pura gracia? ¿Qué cambia en ti según la respuesta?
¿A quiénes identificas hoy como "los pobres, los lisiados, los ciegos y los paralíticos" que esperan ser invitados a la fiesta? ¿Cómo puedes ser tú el mensajero que los acerca al banquete?
¿De qué manera tus posesiones, tu trabajo o tus relaciones familiares, siendo buenos en sí mismos, podrían estar obstaculizando una respuesta más generosa a la llamada de Dios en tu vida?
Oración
Señor Jesús, te agradezco por la inmerecida invitación a tu banquete. Perdóname por las tantas veces que he rechazado tu llamada, poniendo como excusa mis propias ocupaciones y preocupaciones. Abre mis ojos para ver que "ya todo está preparado" por Ti para mí. Dame un corazón humilde para reconocerme necesitado de tu gracia y un espíritu generoso para salir a los caminos e invitar a aquellos que la sociedad descarta, para que juntos podamos llenar tu casa y celebrar la fiesta de tu Reino. Amén.