"El Rico Epulón y Lázaro: La Eternidad se Decide Hoy"
Esta parábola es única de Lucas y es una de las más impactantes de Jesús. No solo describe el destino después de la muerte, sino que denuncia la ceguera espiritual que produce el egoísmo. Es un llamado urgente a abrir los ojos ante el hermano que sufre "a nuestra puerta".
Jesús presenta dos personajes sin relación aparente, aunque viven a pocos metros de distancia:
El Rico: No tiene nombre (la tradición lo llama "Epulón", que significa banqueteador). Se define por lo que tiene: purpúra, lino fino y banquetes diarios. Su pecado no es ser rico, sino su absoluta indiferencia.
Lázaro: Es el único personaje de una parábola a quien Jesús le pone nombre (Eleazar, que significa "Dios ayuda"). Está cubierto de llagas, hambriento y los perros lamen sus heridas. Es la imagen de la exclusión total.
La muerte iguala a ambos, pero el destino los separa:
Lázaro: Muere y es llevado por los ángeles al "seno de Abraham" (lugar de consuelo).
El Rico: Muere, es enterrado y termina en el "Hades" (lugar de tormento).
La revelación: Solo en el sufrimiento el rico "alza los ojos" y reconoce a Lázaro. En vida, Lázaro era invisible para él; ahora es su única esperanza de alivio.
El rico pide a Abraham que Lázaro moje la punta de su dedo en agua para refrescar su lengua.
La respuesta de Abraham: Recuerda que hubo una compensación de bienes y males.
El muro eterno: Se establece un "gran abismo" que nadie puede cruzar. Este abismo no lo puso Dios en la otra vida; es la solidificación del abismo de indiferencia que el rico construyó en esta vida.
El rico pide entonces que Lázaro vaya a avisar a sus cinco hermanos.
El argumento de Abraham: "Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen". La Escritura es suficiente para saber cómo vivir.
La advertencia final: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto". Jesús señala que el problema no es falta de evidencia, sino la dureza del corazón. Irónicamente, un hombre llamado Lázaro resucitaría más tarde, y muchos tampoco creyeron.
Lázaro a nuestra puerta: Lázaro no está lejos; está en el semáforo, en el vecino que está solo, en el compañero de trabajo que atraviesa una crisis. ¿Estamos viendo a la persona o solo vemos un "obstáculo" en nuestro camino?
El pecado de omisión: El rico no maltrató a Lázaro, no le pegó, ni le robó. Simplemente no hizo nada. La parábola nos enseña que la omisión (no amar cuando podíamos hacerlo) tiene consecuencias eternas.
No esperar a "mañana": La vida eterna comienza hoy. El tipo de persona en que nos convertimos hoy (generosa o egoísta) es la que seremos por la eternidad. El "abismo" se cava día a día con nuestras decisiones.
¿Quién es el "Lázaro" que Dios ha puesto cerca de mi vida últimamente?
¿Estoy esperando una "señal milagrosa" para cambiar algo en mi vida, ignorando lo que ya sé que Dios me pide en Su Palabra?
¿Qué pequeños gestos pueden empezar a cerrar hoy los abismos que he creado con los demás?
Señor, abre nuestros ojos para descubrirte en los hermanos que sufren. No permitas que la comodidad o el egoísmo nos vuelvan ciegos ante la necesidad del prójimo. Danos un corazón sensible a tu Palabra para que, escuchando a los profetas y siguiendo tu ejemplo, aprendamos a amar en vida y a construir puentes en lugar de abismos. Amén.