Marcos 2, 13-17
"El Médico de los Corazones: La Llamada a los que se Sienten Lejos"
(13) Jesús salió de nuevo a la orilla del mar; toda la gente acudía a él, y él les enseñaba. (14) Al pasar, vio a Leví, hijo de Alfeo, sentado en la oficina de impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió. (15) Mientras Jesús estaba a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores se sentaron con él y sus discípulos, porque eran muchos los que lo seguían. (16) Los escribas del grupo de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, decían a sus discípulos: «¿Por qué come con publicanos y pecadores?». (17) Jesús los oyó y les dijo: «No son los sanos los que tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores».
Este pasaje es uno de los más subversivos de los Evangelios. Leví (también conocido como Mateo) era un publicano, es decir, un recaudador de impuestos para el Imperio Romano. En Israel, los publicanos eran doblemente odiados: considerados traidores a su pueblo y ladrones por cobrar de más. Eran religiosamente "impuros".
Jesús no solo lo llama para ser su discípulo, sino que se sienta a la mesa con sus amigos. Para la cultura judía, compartir la mesa significaba comunión y aceptación total. La crítica de los fariseos no es solo por la compañía, sino por la aparente falta de dignidad de Jesús. Su respuesta define toda su misión: Él ha venido a buscar precisamente a quienes los demás descartan.
La misericordia inclusiva. Jesús revela que el Reino de Dios no es un club exclusivo para "perfeccionistas espirituales", sino un hospital de campaña donde el amor sana lo que el juicio condena.
El encuentro con Leví nos desafía a revisar nuestros juicios y nuestra propia posición ante Dios:
Levantarse del "escritorio": Leví tenía un trabajo estable y lucrativo, pero vivía bajo el desprecio de todos. Cuando Jesús le dice "Sígueme", Leví no lo duda: deja sus seguridades económicas por una nueva identidad. ¿A qué seguridades o etiquetas me aferro yo que me impiden seguir a Jesús con libertad?
La mesa compartida: Jesús elige la casa de Leví como su púlpito. Esto nos enseña que Dios quiere entrar en nuestros espacios cotidianos, incluso en aquellos de los que nos avergonzamos. ¿Me atrevo a invitar a Jesús a mi "mesa" (mis problemas, mi pasado, mis errores) o intento presentarle solo mi mejor cara?
El peligro de ser "justos": La respuesta de Jesús es irónica. No es que los fariseos estuvieran "sanos", es que se creían sanos. La mayor barrera para la gracia de Dios no es el pecado, sino el orgullo de creer que no necesitamos perdón. Solo quien se reconoce "enfermo" o necesitado puede ser sanado por el Médico.
Una Iglesia de puertas abiertas: Como seguidores de Jesús, estamos llamados a mirar con Sus ojos. ¿Miramos a los demás por sus errores o etiquetas sociales, o los miramos como personas necesitadas de amor y sanación? Nuestra misión no es juzgar, sino invitar a la mesa del Señor.
Si Jesús pasara hoy por mi lugar de trabajo o mi rutina, ¿qué me pediría que "dejara" para seguirlo mejor?
¿Me siento más identificado con Leví (que reconoce su necesidad) o con los fariseos (que se sienten jueces de los demás)?
¿Hay alguien a quien yo haya excluido de mi "mesa" por considerarlo "pecador" o diferente, y a quien Jesús hoy me invita a mirar con misericordia?
Señor Jesús, gracias porque no viniste a buscar a los perfectos, sino a personas como yo, con fallos y debilidades. Gracias por llamarme por mi nombre incluso cuando me siento indigno. Te pido que seas el médico de mi alma; sana mis heridas, mis miedos y mi orgullo. Enséñame a no juzgar a los demás y a abrir mi corazón para que todos se sientan bienvenidos en tu amor. Amén.